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Los pobres no son diferentes a nosotros: buscan alguien que les quiera

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Un joven periodista catalán vive ocho días como mendigo y cuenta su impactante experiencia en un libro

Dejó sus comodidades de lado para vivir en cajeros automáticos y mendigar comida. Con tan solo un abrigo, un jersey, un saco de dormir, el DNI y un rosario, además de unas cuantas libretas y bolígrafos para tomar nota, Jaume Vives Vives dejó su hogar y a su familia para sumirse en una de las realidades más crudas de la ciudad de Barcelona: vivir en la calle. Su experiencia quedó relatada en el libro Pobres pobres: 8 días viviendo en la calle que se presenta este miércoles 14 de mayo en el Colegio de Periodistas de Cataluña.
 
Sexo, alcohol, drogas, pobreza, extrema pobreza. A sus 21 años, este estudiante de tercer año de periodismo y director de Diario El Prisma, debió enfrentarse a los males en un submundo que no tiene normas. Durante ocho días, el joven vivió en la calle, compartió con quienes hacen llamar a las calles de Barcelona su hogar y aprendió de ellos.
 
Vives ya se había adentrado en este mundo con su primer libro Las putas comen en la mesa del rey, en el que recopila diez historias de drogadictos, borrachos, mendigos y gente que por distintas razones ha terminado sin hogar. Ahora quiso ir más allá y adentrarse en el problema, vivirlo en carne propia. “Sabía que volvería a casa y nunca sentiría lo que siente un pobre, pero quería ver cómo viven y así explicar el mundo de la pobreza desde adentro”, señala el autor, que ahora lanza Pobres pobres: 8 días viviendo en la calle, disponible en catalán (Editorial Claret) y castellano (Monte Carmelo).
 
– ¿Cómo nace la idea de vivir ocho días en la calle y luego escribir un libro?
 
En primero o segundo de bachillerato, mientras me iba de fiesta, salía con chicas, fumaba y bebía, estaban los Jóvenes de San José, que se dedicaban a repartir comida y mantas a los pobres. Esto me sorprendió, mientras yo vivía la vida, ellos ayudaban a los que más lo necesitan, y entonces hice un trabajo de investigación. Luego en la universidad, en época de exámenes, decidí que quería hacer algo parecido. Me dije: ‘puedes ir por las calles y coger a gente que viva ahí; yonkis, borrachos y mendigos, hablas con ellos, te explican sus vidas y luego las cuentas’.
 
De ahí salió mi primer libro, Las putas comen en la mesa del rey, diez historias de personas de la calle. Para los siguientes exámenes tomé la decisión de irme a vivir como un pobre durante ocho días. Sabía que volvería a casa y nunca sentiría lo que siente un pobre, pero quería ver cómo viven y así explicar el mundo de la pobreza desde adentro. Yo me había escapado de casa dos veces, a los 14 y 19 años, pero ahora era distinto.
 
– ¿Qué pensabas de la gente que vivía en la calle antes de conocerla?
 
Pensaba que están ahí, muchos no se lo merecen y la vida les ha ganado, están pasándolo mal y quieren salir. Esos ocho días me sirvieron para des-idealizar la pobreza. Al verla desde afuera tenemos una idea de ella. Ahí te das cuenta que cada vida es distinta y todos están en la calle por causas completamente diferentes. Unos están en la calle por las drogas y otros al acabar en la calle caen en las drogas. Hay mil historias, no hay un patrón.
 
-¿Cambió la percepción que tenías de la gente que vive en la calle el hecho de estar viviendo con ellos?
 
Me sorprendieron cosas que ves en la calle, pero ya luego reflexionas y dices: ‘un momento, no somos tan diferentes’. Venía uno y te decía que se había masturbado detrás de un árbol al ver a unas chicas que iban de fiesta. Está al que te encuentras borracho a las seis o siete de la mañana cuando bajas a desayunar. Yo pensaba ‘joder, qué vida tan desgraciada’. Pero no son tan diferentes a la gente que vive en una casa. El hombre necesita querer y ser querido, entonces cuando no tiene cariño busca formas de evadirse para llenar este vacío y lo hace a través del sexo, el alcohol o las drogas. En la calle no hay normas y los comportamientos no están normalizados. A nosotros nos sorprende porque nosotros lo normalizamos; normalizamos el botellón el viernes por la noche y el ir con una chica a su casa después de la discoteca, pero en el fondo es lo mismo, son formas de evadir ese vacío que tenemos.

 
– ¿Cuál fue el mejor aprendizaje que obtuviste de esta experiencia?
 
Me integré en un grupo de pobres de las ramblas del Raval y ahí conocí a Cristóbal, un alcohólico. Él tenía un amigo, Manolo, que siempre le ayudaba. Manolo tenía móvil y en él tenía apuntadas las fechas importantes de Cristóbal: renovar papeles, reunirse con la asistenta o ir a buscar las pastillas. Se preocupaba por él y estaban en la misma situación. Ves que entre ellos se quieren, eso me sorprendió mucho. Cristóbal había decidido ir al Cenáculo y curar sus problemas con el alcohol. En mi último día en la calle, él tenía que venir a cenar y dormir en mi casa y al día siguiente íbamos al Cenáculo. Esa noche no apareció. Se había despedido por la mañana de sus amigos y había tirado las mantas. A las dos de la madrugada, cogimos a un grupo de pobres y nos fuimos a dar vueltas por los sitios donde Cristóbal acostumbraba dormir. Eso fue increíble. Los propios pobres ayudando a otros pobres a salir de la calle, aunque no lo lograron. Cristóbal todavía está en la calle, malviviendo y borracho supongo.
 
-¿Eso no te hace pensar que quizás la gente que vive en la calle no quiere salir de ella?
 
Sí, pero no es toda. Es muy fácil acostumbrarse a la incomodidad y al vivir en la calle. Tienes desayuno por la mañana, comida a las 12 y la cena en la tarde, te vas a duchar a un sitio y te dan ropa en otro. Hay gente en la calle que está cobrando al mes 800 euros y en vez de estar en un piso o una habitación, va a comedores, pues prefieren estar en la calle y malgastar el dinero en putas, alcohol, drogas y máquinas tragaperras. Luego hay otros, que llevan unos 2 o 3 años en la calle, todavía conservan bien la cabeza, y buscan la manera de encontrar trabajo. Ellos son los que al encontrarlo, rehacen su vida casi por completo.
 
A los que llevan más años, la calle los ha marcado y aunque encuentren trabajo, sería muy difícil que logren rehacer su vida. Si tú no tienes a alguien que te quiera más que los que están contigo en las ramblas todas las tardes, no tienes ningún motivo para querer salir de la calle. Necesitas ver que alguien te quiere igual o más que tus amigos de la calle y que viene y te dice: ‘Venga tío, vas a salir de la calle’, porque si no, tú vives en tu círculo, te acostumbras y ¿por qué te van a sacar si ya estás cómodo?
 
– ¿Qué momentos positivos rescatas de esta experiencia?
 
Hay varios, como cuando estuvimos con todos los pobres buscando a Cristóbal. También, una vez iba caminando a dormir al cajero y me encontré con unos amigos. Ellos iban de fiesta y a las seis de la mañana entraron al cajero y me dejaron un desayuno. A mí el desayuno me da igual, pero me di cuenta que agradece tanto un pobre cuando ve que alguien lo quiere, el amor que recibe es mucho más que el bocadillo que le puedas dar. Otra cosa que rescato es que tú hablabas con ellos y te trataban como un igual, te acompañan y te ayudan. Yo llegué a necesitar su compañía, llegué a mendigar su compañía a los mendigos.
 
– ¿Cuáles fueron los momentos más duros?
 
Hubo más de uno. Estaba con un matrimonio italiano sentado en las ramblas hablando y llegaron unas turistas comiendo unos vasos de frutas que venden en el Mercado de la Boquería. Cuando quedaron saciadas, lo botaron a la basura. El matrimonio italiano vio la fruta en la basura, cogieron el vaso que no había caído al revés y se lo comieron. Yo ahí me di cuenta que no es que pasaran hambre, en Barcelona nadie muere de hambre, pero nunca pueden comer lo que quieren y siempre comen lo que les dan. Lo que unos desprecian es lo que otros necesitan. Pensé después, si en vez de comprarse dos, comparten una y la otra se la dan a un pobre, la primera van a acabársela y la otra no va a ir a la basura.

 
La otra cosa que recuerdo me sacó el hambre. Fui a comer un bocadillo en Plaza Cataluña y ahí en la cola, un chico de 19 años que estaba viviendo en la calle, se puso a discutir con un mexicano que debe tener 21 años, él vino de México por trabajo y lo encontró, pero no puede pagarse la casa. Ellos empezaron a discutir porque en la noche, un amigo del mexicano había intentado abusar de este chico de 19 años. Con el tiempo me di cuenta que la calle es como la cárcel, aquí también abusan de los más débiles. No es que en la calle haya un montón de violaciones, es que a falta de mujeres, acaban practicando la homosexualidad entre ellos, es gente que de día es una cosa y de noche es otra. Eso me sacó el hambre, porque lo había tenido muy cerca y no me había dado cuenta.
 
– ¿Alguna vez te sentiste discriminado?
 
Peor que la discriminación es la indiferencia. Yo no lo sentí mucho porque estuve ocho días, cuando llevas cinco años en la calle y en esos cinco años, seis personas han parado a preguntarte cómo te llamas o de dónde vienes, es frustrante. Yo desprecio no noté, pero sí indiferencia, la gente cuando va por la calle piensa que los pobres están ahí porque se lo merecen, no siente ninguna responsabilidad por él y sigue caminando hacia dónde va. Luego cuando estás en su situación dices: ‘¿por qué estás pasando y no me estás haciendo caso? Soy un hermano tuyo’.
 
En proceso de cambio
 
– ¿Cómo pasas del ir de fiesta y escapar de casa a la vida que llevas ahora?
 
Fue un proceso. Durante un tiempo yo veía que la vida que llevaba no me hacía ningún bien, pero tampoco le daba vuelta. Toqué fondo y ahí me dije: ‘vale, ahora no puedes avanzar más, ahora solo puedes volver al origen’. Llevaba una vida desgracia, malvivida y triste. Una vida que desgraciadamente tantos jóvenes llevan hoy en día. Parece una gran vida, pero si la miras para adentro no hay nada. Es la solitud al cubo y la intentas llenar con la fiesta, los amigos, cosas que recubren, pero no llenan de verdad.
 
– ¿Cómo entra el catolicismo en este proceso de cambio?
 
Yo nací en una familia católica y me educaron en la fe católica. A pesar de llevar una vida muy alejada, siempre tuve un referente, lo que me enseñaron mis padres. Con el tiempo me di cuenta que cuando realmente he sido feliz en mi vida, es cuando he estado cerca de Dios. Cuando ya mi vida no tenía sentido y no había más, entonces me acerqué a la fe. Pero por las amistades con las que iba y por mi ambiente, no me daba cuenta y volvía a estar tal como antes y entonces es solo en el momento en que empiezas a alejarte, en el que te das cuenta y te preguntas: ‘coño, hace nada era feliz, ¿qué me está pasando?’. Mi vida ha sido eso, un ir y venir.
 
– ¿Encontraste en el catolicismo las respuestas que buscabas?
 
Sí, aunque me queda mucho por madurar. Cuando viví todo esto todavía era un crío. A los 13 años pasé a la adolescencia, mi infancia se acabó y fui teniendo todos esos altibajos. Ahora ya me he estabilizado y la vida de cristiano es lucha toda la vida y más hoy en día, que toda la sociedad te invita a que lleves una vida vacía, de excesos, y te dice que así serás feliz. A mí ya no me engañan, ya he vivido eso y sé que no me hace feliz, entonces ya sé por dónde tirar.
 
– Con respecto al futuro, ¿hay un nuevo proyecto en mente?
 
Si logro recuperar todo el dinero invertido en este libro y sacar un beneficio, voy a ir en el verano a Pakistán, donde está la comunidad de cristianos perseguidos más grande de Oriente Medio. Mi idea es ir a vivir con ellos por un mes, conocer sus vidas, sus historias, volver aquí a Barcelona y explicar a la gente sobre esta persecución que está ocurriendo. Tenemos mártires en el siglo XXI y el mundo está con los ojos cerrados. Así que si todo va bien y hay dinero, habrá viaje a Pakistán y un nuevo libro.
 
Artículo publicado originalmente por Forum Libertas
 

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