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No puedo perdonar a mi padre… me abandonó

© Zurijeta/SHUTTERSTOCK

Juan Ávila Estrada - publicado el 12/05/14

Al odiar al padre, odiamos lo que somos, y esto sólo ahonda las heridas abiertas por su equivocación

Quienes hemos tenido la fortuna de contar con  un padre y una madre, aún en medio de los defectos propios de la condición humana, intuimos de alguna manera el dolor que genera el hecho de haberse criado sin la presencia de alguno de los dos. Hoy es muy común  encontrar hijos que tuvieron el infortunio de no levantarse junto a la figura paterna (el más común de los casos), bien porque se asustó ante la inminencia de la llegada de esa criatura que le tomó por sorpresa o porque sencillamente la relación con la madre  no fue la mejor y optó por huir para no tener que asumir la responsabilidad de una vida creciente.

Aquellos hijos que han contado sólo con el amor incondicional de la madre pero la dolorosa ausencia del padre no pueden negar el anhelo oculto de haber tenido un referente masculino en casa que les ayudara en aquellos momentos cruciales de la vida. Por fuertes y dedicadas que ellas hayan sido, la naturaleza humana está hecha de tal forma que el padre y la madre son necesarios para crecer adecuadamente sin vacíos afectivos que intentan ser llenados equivocadamente durante la adultez.

Peor aún resulta la experiencia cuando ante el abandono del padre, la madre llena de ira y frustración, descarga sobre los hijos el dolor que ha soportado durante años en el corazón. No se contenta con odiar a quien no supo asumir su rol progenitor sino tampoco el de marido; hace así extensiva su aversión inculcando a los hijos un odio que a los únicos que dañarán es a ellos mismos.

Es muy fácil creer que el mejor lugar para enfrentar una batalla en contra del cónyuge es el corazón de la progenie, pues se piensa que es la manera más efectiva de hacer daño a quien se ve como un inevitable enemigo. Gran equivocación. No hay peor lugar para una confrontación paterno-materna que el alma de los infantes pues se levantarán con una profunda herida  que sólo  la Gracia de Dios puede llegar a sanar.

¿Qué tan posible es entonces perdonar un padre que abandona a su hijo? ¿Cómo lograr sanar la profunda herida que deja su ausencia o abandono? ¿Cómo mencionar el nombre de aquel que ha sido el siempre ausente y su rostro se ha desdibujado o borrado de la memoria? No sólo es posible sino además deseable y necesario. Nuestra conformación fisiológica es celular y nuestro ADN es ancestral. Al odiar al padre, odiamos lo que somos y el odio a la propia sangre sólo ahonda las heridas abiertas por su equivocación. Odio no sana odio ni venganza cierra las heridas abiertas por el abandono. No queda de otra: o aprendemos a perdonar o sencillamente moriremos ahogados en el propio veneno de la amargura y  la desesperación.

Es importante reconocer que el futuro va delineado con trazos de presente y por ello el odio al padre ausente marca negativamente la manera como se va ajustando el devenir. No se puede construir existencia cuando la pluma del corazón destila veneno por los de la propia sangre. No es gratuito que el Señor Dios haya mandado: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen los días de tu vida” (Ex. 20,16). Éste es el único mandamiento que contiene una promesa por parte del Señor, lo que significa que la calidad y extensión de la vida  es directamente proporcional al amor y respeto a los padres. Esto implica incluso el perdón a quien ha abandonado el hogar.

Puede llegar a  pensarse  que ese perdón no lo merece, pero es menester recordar que el perdón nunca es producto del merecimiento sino un acto de gratuidad por el que se libera el corazón de toda venganza y deseo malo para poder vivir adecuadamente la vida. No hay que negar la aversión que puede llegar a tenerse por ese miembro ausente de la familia: esconderlo, pasarlo por alto, tratar de ocultarlo no trae ningún beneficio. Reconocer es aceptar que existe y ya ese es un buen inicio.

Cuando el perdón es represado o negado, las consecuencias se verán reflejadas en la propia familia que se construye. Ningún odio deja incólume a quien lo carga. Es necesario solicitar ayuda,  participar en grupos de oración, la oración personal, la confesión sincera delante de Dios, la terapia grupal y la meditación concienzuda de las causas que generan ese odio sopesando su carga con su origen. ¿Vale la pena odiar y correr el riesgo de transmitir todo esto a mi generación futura? No se perdona a un padre porque lo merezca sino porque es el hijo quien lo necesita.

Finalmente, juega un papel importante el padre o la madre presente: la manera como sea capaz de desligar su propio sentimiento de frustración  conyugal (el posible fracaso en la relación) a la necesidad natural de enseñar a los hijos  respetar profundamente a quien de una manera participativa los ha engendrado (aunque haya resultado un accidente para ellos, no lo es para Dios).

El perdón no busca dar la razón al agresor, a quien ha abandonado, descuidado, olvidado,  sino que posibilita el  encontrar razones para sí mismo y entender que si bien es posible que el otro no lo necesite cada uno sí lo necesita. 

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