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¿Es posible vivir sin creer en nada?

© Antonio Campos Ruiz
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Hacemos muchos «actos de fe» cotidianamente, sin darnos cuenta: por ejemplo, subir al ascensor

«La incredulidad es esencialmente contraria a la naturaleza del hombre» decía santo Tomás de Aquino1. Y cabe preguntarse entonces: ¿Es posible vivir sin fe?

Analicemos nuestra vida cotidiana para ver si es posible vivir sin creer en “algo” o en alguien.

Un acto tan simple y cotidiano como lo es subirse en un ascensor demanda “fe”, pues ¿sabemos exactamente cómo funciona el ascensor? ¿sabemos quién lo construyó? ¿sabemos si lo han revisado últimamente? La mayoría de las personas respondería negativamente a estas preguntas; sin embargo suben “inconscientemente” a uno de estos “aparatos” todos los días. Muchísimas cosas de nuestra vida cotidiana –sobre todo en ésta, nuestra era tecnológica– las aceptamos con una cierta confianza “ciega” en la ciencia, y tanto más cuando dicha confianza aparece suficientemente confirmada por la experiencia común.

En palabras de Jospeh Ratzinger: «vivimos en una red de no conocimientos, de los que sin embargo nos fiamos a causa de las experiencias generalmente positivas (de otros)»2. En pocas palabras, confiamos en otros y en sus conocimientos y participamos del saber de otros, que no es nuestro. Es por eso que confiamos en que al usar un celular éste no va a estallar, o que al subir a un avión éste va a volar en lugar de caer; no porque nosotros tengamos el conocimiento del “cómo” funciona, sino porque sabemos y confiamos en que hay alguien que sí sabe y que –basados en su conocimiento del “cómo”— llegamos nosotros a tener ese “aparato” en nuestras manos y podemos utilizarlo para llamar a una amigo.

Es inevitable: nadie puede saberlo todo ni dominar absolutamente con su propio saber aquello en lo que se basa nuestra vida. Es por eso que podemos afirmar que la fe – entendida como la confianza en el otro— es indispensable para nuestra vida cotidiana. Sin fe simplemente no nos moveríamos, no subiríamos al carro, no usaríamos el celular ni el computador. Sin esta confianza nada funcionaría, pues todos y cada uno tendríamos que comenzar “de cero”, desde el principio. En el sentido más profundo: la vida humana sería imposible si no hubiera confianza en el otro y en los otros, puesto que uno mismo no puede fiarse únicamente de la propia experiencia ni únicamente en sus propios conocimientos.

Pero visto desde otro ángulo, la fe denota en cierto sentido una “ignorancia” y conocer sería mejor. Existe entonces el deseo natural de pasar, en la medida en que nos es posible, de la ignorancia al saber, a un conocer justo y significativo, por lo menos en el campo de la ciencia. Sin embargo debemos aceptar que no podremos conocerlo todo y por tanto nos vemos obligados a participar de la común comprensión y dominio de este mundo, que aún siendo vasta no es total. En pocas palabras, en una sociedad sin confianza no se puede vivir. La confianza es la base de toda sociedad humana.

En la misma línea podemos entonces afirmar que no es necesario comprender cómo funciona la ley de la gravedad para creer en ella; la experimentamos diariamente, incluso sin darnos cuenta, como cuando caminamos o a través de un duro golpe ante una caída (y en ese último caso nos damos cuenta de que no podemos ignorarla, aunque no conozcamos ni comprendamos su explicación científica).

Esta “fe natural” –en palabras de Joseph Ratzinger— se compone de tres elementos fundamentales e innegables a tener en cuenta:

1. Se refiere siempre a alguien que “conoce”; es decir, presupone el conocimiento real de personas cualificadas y dignas de confianza que nos dicen que eso es así.

2. La confianza de “muchos” que basan el uso cotidiano de las cosas en la solidez del “saber” que hay dentro de ellas. Es decir, hay un orden y una “racionalidad” en las cosas, de la que no participo conscientemente pero que sé que existe.

3. Hay una cierta verificación personal de ese “saber de otros” mediante la experiencia de cada día.

Estos tres elementos hacen que nuestra confianza no sea irracional. Un buen ejemplo para ilustrar estos tres elementos aplicados a nuestra vida cotidiana es la electricidad: muchos de nosotros no podemos demostrar científicamente la existencia y las propiedades físicas de la electricidad, pero la lámpara encendida al lado de mi cama me dice que es real, que aunque yo no sea uno de aquellos que “conocen” cómo funciona exactamente la electricidad, no obro con una fe completamente irracional sino que mi “fe natural” en las propiedades físicas de la electricidad está basada en una experiencia, en una corroboración personal.

Todo lo anterior hace referencia, como ya hemos dicho, a una fe “natural”, de la cual muchos no son conscientes. Pero quien acepta libremente que esto es real, que hay que tener una cierta “fe natural” para vivir, puede aceptar entonces sin mayores dificultades que no es irracional creer en “algo”, o mejor aún, en “Alguien” que no está sujeto a estas leyes “naturales” si es que esta FE –llamémosla sobrenatural— posee los tres elementos enunciados anteriormente: Confianza en alguien digno de nuestra confianza, confianza en otros “muchos” que por su propia experiencia verifican que es así, y finalmente, en nuestra propia experiencia personal.

Este ulterior paso, mucho más difícil para quienes buscan comprobarlo todo mediante el método científico y para quienes creen que la realidad se limita a lo que puedo percibir por medio de los sentidos, requiere de un asentimiento humilde de la razón, que se sabe incapaz de conocerlo todo y por tanto acepta que existe una realidad “imperceptible” pero que es tanto o más real que lo que puedo percibir con los sentidos. Esa es la realidad sobrenatural, y para verla y conocerla es necesaria dicha fe sobrenatural.

Artículo publicado por Juan Fernando Sardi el Centro de Estudios Católicos – CEC
 

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