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Dios no se ha ido: El retorno de la religión en la sociedad postmoderna

© Arun

Forum Libertas - publicado el 12/05/14

Ante el desafío de la postmodernidad, los católicos no podemos “permanecer callados y sonreír con ironía”

Ante el desafío de la postmodernidad no podemos “permanecer callados y sonreír con ironía”; al contrario, debemos mostrar que Cristo aún sigue entre nosotros, haciéndole presente en la calle, en el trabajo, en la sociedad y en la familia

El hombre postmoderno, aunque no sea consciente de ello, está buscando a Dios y es nuestro deber dárselo a conocer

Cuando alguien te regala un libro, fuera de las clásicas fechas consagradas en el calendario a este tipo de agasajos, no deja a uno de llamarle la atención. Con seguridad que no se trata de algo para salir del paso, sin ningún significado; ese gesto deja traslucir que hay una persona que desea darte a conocer una vivencia con la que ha vibrado, con la que se ha sentido identificada.

Pues bien, así, de esa forma tan inesperada, cayó en mis manos hace unos días ‘El retorno de la religión’, un opúsculo que recoge una conversación del filósofo Peter Sloterdijk con el cardenal Walter Kasper, divulgado por el semanario Die Zeit el 8 de febrero de 2007 y que en su día fue publicado por HRK ediciones. En dicha entrevista ambos personajes reconocen, aunque con planteamientos distintos, que las sociedades avanzadas están abocadas a ser "políglotas" en sentido religioso. Si el racionalismo de la modernidad intentó socavar las creencias religiosas, pudiera parecer que la reacción postmoderna trajese consigo un nuevo retorno de lo religioso. La cosa no es tan sencilla.

Para la gran mayoría de nuestros conciudadanos las convicciones firmes han desaparecido, aceptan este hecho con la mayor naturalidad del mundo. “Dios ha muerto, pero a nadie le importa un bledo”, que diría Gilles Lipovetsky. Bajo este supuesto, la búsqueda de la trascendencia que anida en todo ser humano sólo puede ser saciada a través de un sucedáneo de religión, en el mejor de los casos una religión a la carta presidida por la incoherencia en todo su conjunto; lo cual, en definitiva, es el mayor de los rechazos al Dios único y verdadero. Nos encontramos, pues, en nuestros días, ante un particular tipo de ateísmo que consiste en la proclama de la clásica “muerte de Dios” pero que no entroniza al hombre. Un ateísmo, a fin de cuentas, “antihumanista”.

Sabemos, no obstante, que el hombre, por mucho que se lo proponga, no puede subsistir en ese vacío light; si quiere sobrevivir no le queda otra vía que abrirse a la búsqueda del sentido, una búsqueda que paradójicamente esta época no puede dar. La postmodernidad es un hecho, un estilo de vida. El hombre postmoderno, aunque no sea consciente de ello, está buscando a Dios; es nuestro deber dárselo a conocer. El cristiano debe saber dar respuesta a esta búsqueda y evitar que el retorno a la religiosidad se canalice por caminos absurdos; “la Iglesia no puede callarse y ver a los hombres con poses de suficiencia y sonreír con ironía. Su misión es levantar la voz cuando ve que sus hijos juegan al corro con un revólver cargado”, decía Georges Bernanos.

Pero, antes de levantar la voz y ejercer el ministerio de la palabra, hay que tener consciencia de que esta generación postmoderna no perderá un segundo en refutar las diamantinas sentencias bíblicas o rebatir la Doctrina de la Iglesia; emprender ese trabajo supondría que se sigue tomando en serio a la Razón. El ‘homo sapiens’ ha sido definitivamente sustituido por el ‘homo sentimentalis’, el “pienso luego existo” por el “siento luego existo”. El hombre de hoy no tiene ya oídos para escuchar ni ojos para leer, no tiene tiempo; lo que exige son actitudes y vivencias. Por tanto, ahí nos tiene que tener a nosotros, los católicos, para dar testimonio y ejemplo de que Cristo vive en esta sociedad adormecida. Está claro que el testimonio, hoy más que nunca, será el instrumento apropiado para llevar a nuestros hermanos el mensaje de Cristo.


Sin embargo, si queremos que nuestro compromiso de frutos no debemos olvidar que somos hijos de nuestro tiempo y que estamos afectados, en mayor o menor medida, de un ambiente mefítico en el cual el lenguaje contorsionado se presenta como la punta de lanza de este gran desembarco ideológico que nos puede apartar fácilmente de las huellas de Jesús. En concreto, reviste particular importancia depurar el significado caricaturizado del vocablo “amor”, sometido con tanta frecuencia a los vendavales de las emociones y de los sentimentalismos, mediante la renovación conceptual del término en nuestras mentes, porque, de lo contrario, estaremos testimoniando justo lo contrario de lo que pretendemos.

El amor como el dolor para el cristiano debe ser siempre un acto de la voluntad, no un golpe de emoción. Ello no significa ningún recelo hacia la afectividad, que siempre será deseable y en muchos casos paso obligado para la bondad de nuestros actos, sino que implica la presencia en nuestras actuaciones de un “sistema sancionador” -tal como señala Dietrich von Hildebrand- que discrimine aquellos sentimientos falsos y venenosos de los legítimos y verdaderos. La certeza no puede apoyarse únicamente en los sentimientos porque de ser así acabaría siendo mutable como ellos. Por tanto, prosiguiendo con el pensamiento del filósofo y teólogo católico alemán, para evitar la “hipertrofia del corazón” será necesario que tanto las obras como las palabras estén sujetas a la aprobación o rechazo de su libre centro espiritual: la voluntad.

Aclarado este importante matiz semántico, será más viable llevar a la práctica el mandamiento del amor, pues “con frecuencia -respondía el por entonces cardenal Joseph Ratzinger en su famosa entrevista a Peter Seewald- resulta muy difícil amar, amar a Dios y a nuestros hermanos los hombres, y hacerlo de modo que cumplamos plenamente Su palabra… Es evidente que existen personas bien poco simpáticas”. En definitiva, no podemos estar bajo la tiranía de nuestras emociones a la hora de amar. Resulta especialmente complicado amar a los que están más cerca de nosotros, a aquellos en los que con facilidad encontramos demasiados defectos. Jean Lafrance expresaba esta dificultad de la siguiente manera: “Si quieres amar a tu prójimo tendrás que superar dos pecados: el tuyo y el de tu hermano”.

Estas consideraciones resultan también fundamentales a la hora de practicar el amor con nosotros mismos, que no supone otra cosa más que en buscar nuestra salvación a través del amor a Cristo, para lo cual se requiere la contrición perfecta de todas nuestras ofensas y pecados. En este caso, el dolor de nuestros pecados tampoco implica que necesariamente debamos sentir un dolor “emocional”. Como el amor, el dolor es un acto que implica afectividad, pero requiere la validación de la voluntad, no un golpe de emoción. Tendremos contrición interior, si con toda sinceridad nos determinamos a evitar todo lo que pueda ofender a Dios.

Ante el desafío de la postmodernidad no podemos “permanecer callados y sonreír con ironía” pensando que la moral cristiana es impracticable y que no existe solución al mandamiento del amor. Al contrario, debemos mostrar que Cristo aún sigue entre nosotros, haciéndole presente en la calle, en el trabajo, en la sociedad y en la familia; liberándonos de complejos y vergüenzas. Son numerosos los “mendigos del sentido de la existencia” que pueden quedar desahuciados si lo que se ha dado en llamar “el retorno de la religión” en nuestra sociedad queda en una simple vuelta a la superstición o en el mejor de los casos a una pseudo-religiosidad emotiva. Para que ello no tenga lugar deberíamos ser conscientes del verdadero significado del amor de Dios, pues tendremos que amar como Cristo nos amó. Con el auxilio de la gracia y la guía de la Iglesia no hay duda que lo conseguiremos. Para Dios no hay nada imposible.

Artículo publicado originalmente por Forum Libertas 

Tags:
religiónsociedad

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