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​La historia de Reine, la hija pródiga africana

© Anton_Ivanov/SHUTTERSTOCK
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Todo iba bien, hasta que de repente Reine desaparece. ¿Qué ha ocurrido? Se ha quedado embarazada

Ellos son Reine y su padre. Dos discípulos desanimados. Reine era la responsable del grupo de esplai de la parroquia. Una chica preciosa. Una vitalidad, una sonrisa, una fe… Todos los chicos del barrio estaban enamorados de ella.
 
Su padre se había inscrito a la catequesis para comenzar el catecumenado. Era el único que faltaba por bautizar de la familia, excepto el primer hijo de la primera mujer, que es musulmán. Ahora le tocaba a él.
 
Todo iba bien, hasta que de repente Reine desaparece. ¿Qué ha ocurrido? Silencio. ¿Qué ha pasado? Se ha quedado embarazada. Reine, mi Reine, pero, ¿quién?
 
Este es el problema. El problema de un pobre padre que ya no puede más. ¿Cómo podrá mantener a un nuevo miembro en la familia si ya no puede mantener a sus propios hijos?
 
Es necesario que el hombre que la ha dejado embarazada tome la responsabilidad. Pero Reine se hunde. Su padre no la quiere en casa hasta que no sepa el nombre del padre.
 
El joven que la ha dejado embarazada le pide que aborte, que él no quiere la criatura. Pero Reine sí la quiere. Reine, que aún es una niña, ya es una madre para todos los niños. ¿Cómo puede dejar que su propio hijo no nazca? Y ahora ha huido.
 
Sus hermanos más jóvenes me vienen a ver. Ellos saben que Reine me tenía mucha confianza. La echamos en falta. El más pequeñín aún tiene el rastro de las lágrimas en su cara llena de polvo. Pero yo no tengo noticias. La esperanza se empieza a perder hasta que una simple llamada: ¿Quién es?
 
Soy yo, mon Père. Y no hace falta que me diga que este «yo» es Reine. La he conocido enseguida. Gracias a Dios. ¿Dónde estás, hija mía? He huido a casa de unos tíos al sur. En mi casa no me quieren.
 
Pero tú sabes que eso es mentira, Reine. Sabes que sí te quieren, pero no pueden. Quieren, sencillamente, que el padre asuma sus responsabilidades. No. No me quieren. Y rompe a llorar.
 
Este año ya se va a perder el curso en la escuela. Un año de quedarse en casa. Un año de ir hacia atrás, en casa de un tío que es uno de los brujos del pueblo. Y como siempre, el intento de buscarle un esposo, seguramente un viejo polígamo, y comenzará para ella un infierno sobre la tierra.
 
Otra vez la falta de diálogo ha dado como resultado a dos personas desanimadas. Ella, desanimada en el sur, esperando tener a su hijo sin el apoyo de nadie. Su padre, desanimado en el norte, en Dapaong, sin noticias de su hija.
 
Ella no quiere volver. Tiene miedo. Y él no quiere telefonear. Demasiado orgullo. Pero la comunidad no se desanima y, como una lluvia suave, les vamos predicando la palabra de Dios.
 
Y una y otra vez le decimos al padre que tome ejemplo de la parábola del hijo pródigo. Y una y otra vez le decimos a Reine que piense en el dolor de María ante la pérdida de su hijo. Y así pasamos más de un año. Y yo ya creo que no habrá final feliz. Ella rehará su vida en el sur. Su padre, en Dapaong, y seguirán más o menos felices, pero con la herida en su corazón.
 
Kafala, permiso para entrar. Y el corazón me da un vuelco. Estoy en el despacho y vuelvo a oír: Kafala. Y grito: ¡Reine! ¡Has vuelto! ¿Has reconocido mi voz? ¡Ya lo creo! Y allí está. En pie. Preciosa como siempre. Con un pequeñín espabilado que me mira con sus dos ojos inmensos que le llenan la cara. Bienvenida. Muchas gracias, mon Père.
 
Cada vez que me llamabais, el corazón se me abría, y sabía que tenía que volver. Y ya se le humedecen los ojos. Pero yo no quiero que entristezca, y tampoco tengo ninguna necesidad de saber qué ha vivido. Lo que importa es que ha vuelto a casa.
 
Gracias a ti, Reine, porque nunca cerraste tu corazón a la esperanza y al amor de Dios. Y el resto… ya no hace falta explicarlo. Imaginaos la alegría de su padre. Ningún reproche. Ninguna crítica.
 
¿Y sus hermanos menores? Me parece que si junto a la definición de felicidad en el diccionario tuviese que haber una fotografía, sería la de sus hermanos cuando la vieron llegar a casa.
 
Y el sábado por la tarde, en el grupo del esplai, se volvieron a escuchar los cantos de Reine. Una Reine espléndida, con un niño atado a la espalda, rodeada de las risas de los niños, significando esa fuerza de esta África.
 
Un África que es mujer, joven, con criaturas y a menudo sin el apoyo del esposo. Pero un África que irá adelante. Y las palabras de Jesús que, una vez más, han devuelto la esperanza a dos discípulos desanimados, o por qué no, incluso a tres, si yo me cuento entre ellos.
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