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¿Qué puerta escoger entre tantas? La herida, la debilidad

Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/05/14

El costado abierto de Jesús es nuestra puerta, también mi herida es mi puerta

Hoy el Señor nos habla de la puerta. Es la puerta por la que se llega a Él. Es la puerta por la que llega Él a nuestro interior. Siempre me han gustado las puertas. Sobre todo las de madera, sencillas, que se pueden forzar fácilmente. Es el lugar por donde un muro se abre, se quiebra.

¿Cual es la puerta de mi corazón? ¿Está cerrada o abierta? ¿Qué guarda dentro? ¿Quién puede pasar? ¿Cómo la defiendo?

Señalaba Kierkegaard: «Por desgracia, la puerta de la felicidad no se abre hacia dentro; la puerta de la felicidad se abre hacia fuera», hacia los otros.

Todos tenemos una puerta, y muchos muros en nuestro interior. Hay una zona vulnerable por donde otros pueden pasar. Por donde Dios entra.

Es un misterio cómo algunas personas, con su presencia, con su silencio, con su mirada, con la complicidad de una historia en común, pasan dentro de nuestro corazón.

Hay personas que tienen ese don de entrar fácilmente, de tocar fibras de nuestro interior que normalmente están dormidas. Saben abrir nuestra puerta, con infinito respeto.

Y con ellas nos sentimos en intimidad fácilmente, podemos nombrar las cosas con libertad, sin querer quedar bien; podemos ser quienes somos sabiendo que somos amados. Es un trozo de cielo. Es un milagro. En esa persona, Dios se hace presente y amamos la vida.

Tantas veces nos defendemos, vivimos con una imagen, detrás de un muro. Pero anhelamos compenetrarnos, deseamos compartir nuestra vida. Todos tenemos esa sed.

Nos sentimos solos cuando vemos que las relaciones, incluso con los que vivimos, son superficiales. Caminamos con ese sueño de ser queridos en lo más hondo. Nuestras alegrías y nuestros dolores tienen que ver con ese deseo.

Hoy damos gracias a Dios por esas personas que en nuestra vida, tocan la puerta sagrada de nuestra alma y no dejan que se oxide. La puerta que muestra lo más vulnerable, nuestros sueños, nuestras heridas, nuestra pobreza y ese tesoro que llevamos en vasijas de barro que es nuestro nombre, el que Dios susurró cuando nos creó con inmenso amor. Nuestra desnudez, nuestro barro frágil con el que Dios hace la obra más bella.

Hay personas que nos conocen incluso más que nosotros mismos, que saben mirar en nuestro corazón y ven posibilidades que nosotros no vemos, que sacan lo mejor de nosotros cuando nosotros desconocíamos que teníamos esos dones.

Ellas son como el ángel Gabriel con María. Nos hablan del amor de Dios, nos dicen: «Alégrate, porque Dios se ha enamorado de ti, se ha fijado en ti, te quiere, confía en ti, cree en ti, te bendice, dice bien de ti».

Ese día, en Nazaret, Dios tocó la puerta de María, tocó la puerta de la humanidad, se agachó, se puso a nuestra altura, pidiendo permiso a una niña muy pura para pasar. Ella fue la puerta de la tierra para Dios igual que es la puerta del cielo para nosotros. Jesús entró por María.

Jesús tocó nuestra puerta. Se acercó. Entró por la puerta humilde de Belén. Se hizo niño pequeño, hombre pobre, se agachó para estar a mi altura, para acercarse a mí.

Entró por la puerta santa de Jerusalén, mientras vivió en esta tierra tocó puertas de hogares, de corazones, de amigos, de enfermos. Su vida fue tocar y abrir puertas. Unas se abrieron y otras no.

Llama a mi puerta cada día, para pasar dentro, donde está el altar de mi corazón, se hace pan y vino para que pueda tocarlo, para estar conmigo, para pasear por el jardín de mi alma. Llamando, tocando con infinito respeto, aguardando, esperando.

Hoy Él dice que es nuestra puerta. Es la puerta por la que debemos entrar. Esa puerta santa de su corazón. La puerta a veces oculta, esa puerta que no vemos y cuya llave la tenemos nosotros sin saberlo.


La puerta que tiene forma de herida. Esa puerta en la cual cabemos. Sí, la puerta de su llaga abierta. Esa puerta santa, sagrada, por la que nos adentramos en su misericordia infinita.

La puerta de su corazón se abre desde el amor, desde nuestro amor pobre, instintivo a veces, sobrenaturalizado en otros casos. Ese amor nuestro que a veces nos crea problemas, nos confunde, nos impide avanzar, nos entristece. Pero ese amor fuerte y noble que sigue siendo la fuerza que mueve nuestro corazón.

Adentrarnos en la puerta de su corazón es el camino para llegar hasta Él, para aprender a amar como nos amó Él. Desde nuestro amor nos acercamos a su amor que nos sana, nos levanta, nos libera.

Desde nuestra herida, desde la puerta santa de nuestro corazón, llegamos a la herida de Cristo, a su puerta santa.

Hoy hay muchas puertas en el mundo que se nos abren. Puertas no santas, puertas que nos alejan de Dios, puertas que nos apegan al mundo. Puertas que nos llevan a lugares que no nos dan la paz que anhelamos.

Decía el Papa Francisco al comenzar la Cuaresma: «¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza!».

Hay tanta gente que no tiene rumbo, que no sabe cuál es la puerta adecuada, que no tiene pastor y vive desorientada. Tantos que no saben tomar decisiones.

En la vida hay muchas puertas que se abren y puertas que se cierran. La sabiduría para aceptar las que se cierran, y saber por qué puerta abierta hay que entrar, es un don de Dios.

El Padre Kentenich hablaba de la ley de la puerta abierta a la hora de tomar decisiones en la vida. Decía que Dios nos abre puertas que nos muestran caminos.

Decía: «Pablo fue educado por Dios así como quiere educarme a mí y todos nosotros. Pablo preguntó siempre: – Buen Dios, ¿qué quieres Tú en realidad? Él no esperó hasta que viniera un ángel o hasta ascender al séptimo cielo. Él descubrió la voluntad de Dios a través de los acontecimientos. Cuando atravesaba una puertecilla, no se trataba en ningún caso de una puerta abierta de par en par. Si una puerta está bien abierta, es más fácil. Pero a menudo el buen Dios sólo abría una rendija y Pablo se colaba por ella. Pasaba a través de rendijas. Hasta que llegó feliz al cielo»[3].

Así es en la vida. Atravesamos rendijas. Entramos por ellas y vislumbramos horizontes. Buscamos las puertas que nos lleven al corazón de Cristo.

Hay puertas que se cierran y nos quedamos ante ellas esperando respuestas. Pero luego hay puertas que se abren, tal vez rendijas, y nos muestran pastos nuevos, caminos desconocidos. Es la puerta de Cristo, de la Iglesia.

Muchas veces vamos descarriados como ovejas sin pastor. Hoy escuchamos: «Sus heridas os han curado. Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas». 1 Pedro 2, 20b-25.

Esa imagen es impresionante. ¡Qué paradoja, que una herida cure! Su costado abierto es nuestra puerta. La puerta que se abrió para siempre, para todos.

No hay nadie que no esté invitado a pasar dentro. Es una puerta que no es de oro, es una herida siempre abierta. También mi herida es mi puerta.

Dios pasa siempre por mi debilidad dentro de mí. Me reconoce por ella, me ama por ella, se conmueve ante mí por ella, pasa dentro de mí por ella.

Le pedimos a Jesús que sea siempre nuestra puerta, que nos ayude a ser como Él, puerta para otros. La puerta no es importante, no se ve. Solo muestra un camino nuevo, sólo abre a los otros un nuevo horizonte.

Ojalá nos agachemos como Jesús, para que otros puedan pasar por nosotros, cuando su vida se cierre. Le entregamos a María la puerta de nuestro corazón, para que nunca se cierre.

La vida verdadera surge a través de la puerta. La puerta del Santuario que nos lleva a María. La puerta abierta de nuestro propio corazón en el que entra Dios. La puerta que nos adentra en Cristo.

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