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Podemos acompañar, escuchar, alentar, dar luz, podemos animar, sujetar, sostener, contener tantos corazones que viven sin esperanza

Decía Paul Claudel hablando de los sacerdotes: «Ya con su mera presencia el sacerdote, en el cual el carácter sacerdotal relega a segundo plano lo humano, suscita una inquietud, moviliza todo lo que hay de defectuoso y humano en nosotros. Porque donde aparece Cristo, tiembla el polvo».
 
Me impresionan estas palabras. Jesús, como el sacerdote, se pone a la altura del hombre. Con su presencia remueve el alma y abre puertas, espacios, deja entrar la luz.
 
El sacerdote es otro Cristo que llega a los hombres y su presencia afecta a sus vidas. Como decía Don César Franco en mi ordenación sacerdotal: «Lo que ahora celebramos no sólo nos afecta a los que estamos aquí. Afecta a toda la humanidad, afecta al Cosmos.
 
Porque al recibir ahora el Espíritu Santo por la imposición de mis manos y por la oración de toda la Iglesia tú serás otro Cristo. Jesucristo vivo y resucitado continúa su misión, su presencia, su poder por su acción en ti.
 
Tú eres Cristo. Cristo pone su mirada en ti y te llama para que seas Él mismo. Realizando los mismos gestos salvadores de Cristo. Esto es el gran gozo que celebra hoy la Iglesia y que vale para todos los hombres y para el cosmos.
 
Por tu acción humilde y sencilla, confiada siempre en el poder de Jesucristo, por tu acción misteriosa, los hombres, el cosmos, vivirá y se conducirá hacia su fin último que es Jesucristo».
 
Por la acción del sacerdote, por esa presencia nueva de Cristo en sus gestos, en sus palabras, se manifiesta el amor de Dios.
 
Es verdad que esta actitud de Cristo es también un camino de vida para todos, no sólo para el sacerdote. Todos estamos llamados a iluminar con nuestra presencia y nuestras palabras.
 
Hay personas que, sólo con su presencia, dan luz, quitan la tristeza, iluminan el camino. A veces ni hace falta que hablen. Simplemente su vida, sus gestos, su cariño, son sanadores, salvan, dan esperanza.
 
Todos estamos llamados a iluminar el camino, a mostrar horizontes amplios. Muchas personas nos cuentan sus dolores y sus tristezas. Nosotros estamos llamados a acompañarlos en el camino con humildad, a recorrer muchos pasos a su lado, a escuchar con calma.
 
Estamos llamados a acoger sus miedos y preocupaciones. A mostrarles el sentido de sus vidas, como hace Jesús con nosotros.
 
Dios nos invita a descifrar caminos, a dar luz e iluminar así los pasos. No quiere que demos soluciones fáciles o busquemos respuestas ya hechas. Porque a veces no las hay. El camino tienen que recorrerlo ellos. No podemos hacerlo nosotros.
 
Pero sí podemos acompañar, escuchar, alentar, dar luz. Sí podemos animar, sujetar, sostener, contener tantos corazones que viven sin esperanza.
 
Jesús no fuerza, no irrumpe en sus vidas. Simplemente espera a que pregunten. Aguarda a la puerta y llama.
 
Decía el Padre José Kentenich: «Toda educación, tanto la del niño como la del adulto, presupone siempre esos dos afectos: respeto y amor. No sólo un cierto respeto, sino el máximo respeto»[4].
 
El amor va unido al respeto. El respeto despierta el amor. Jesús ama profundamente, con todo su corazón, pero con un infinito respeto.
 

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