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Si uno entendiera de verdad la palabra “Dios”, no dudaría de su existencia

© Miguel Virkkunen Carvalho
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El argumento ontológico de la existencia de Dios y los escolásticos

Divago muchas veces por los diversos argumentos que demuestranla existencia de Dios y siempre me detengo en el llamado argumento o “prueba” ontólogica. Aunque fue propulsado por San Anselmo, uno de los patriarcas del escolasticismo, no es uno favorito de los teólogos normativos. Vean, por ejemplo, la sección pertinente en la Enciclopedia Católica de 1908:

Argumento a priori u ontológico

Este argumento trata de deducir la existencia de Dios a partir de la idea de Él como el Infinito que está presente en la mente humana; pero, como ya se ha indicado, los filósofos teístas no están de acuerdo en cuanto a la validez lógica de esta deducción.

Según lo declarado por San Anselmo el argumento dice así: La idea de Dios como el Infinito significa el Ser más grande que pueda ser pensado, pero a menos que en esta idea se incluya la existencia real fuera de la mente, Dios no sería el mayor ser concebible, ya que un Ser que existe tanto en la mente como un objeto de pensamiento y fuera de la mente u objetivamente, sería mayor que un Ser que existe sólo en la mente; por lo tanto, Dios existe no sólo en la mente, sino fuera de ella.

Descartes establece el argumento de un modo levemente diferente, como sigue: lo que esté contenido en una idea clara y distinta de una cosa debe ser predicado de esa cosa; pero una idea clara y distinta de un ser absolutamente perfecto contiene la noción de la existencia real; por lo tanto, ya que tenemos la idea de un ser absolutamente perfecto, tal Ser debe existir realmente.

Para mencionar una tercera forma de declaración, Leibniz pondría así el argumento: Dios es al menos posible ya que el concepto de Él como el Infinito no implica ninguna contradicción, pero si Él es posible, Él tiene que existir, porque el concepto de Él implica la existencia. En la propia época de San Anselmo, este argumento fue objetado por Gaunilo, quien mantuvo como una reductio ad absurdum que si fuese válido se podría probar por medio de él la existencia real en algún lugar de una isla ideal que supera en riqueza y placeres las islas fabulosas de los Bienaventurados. Pero esta crítica, por más inteligente que pueda parecer, es claramente errónea, pues pasa por alto el hecho de que el argumento no está destinado a aplicarse a los ideales finitos, sino sólo a lo estrictamente infinito; y si se admite que contamos con una verdadera idea de lo infinito, y que esta idea no es contradictoria en sí misma, no parece posible encontrar cualquier falla en el argumento. La existencia real está sin duda incluida en cualquier concepto verdadero de lo infinito, y la persona que admite que tiene un concepto de un ser infinito no puede negar que lo concibe como realmente existente. Pero la dificultad es respecto a esta admisión preliminar, que en caso de objeción —como de hecho lo es por los agnósticos— requiere ser justificada recurriendo al argumento a posteriori, es decir, a la inferencia a modo de causalidad a partir de la contingencia a la propia existencia, y de allí en forma de deducción hasta el infinito. Por lo tanto la gran mayoría de los filósofos escolásticos han rechazado el argumento ontológico tal como fue propuesto por San Anselmo y Descartes, ni como fue propuesto por Leibniz escapa de las dificultades que se han mencionado.

Yo comprendo la preferencia de los escolásticos de recurrir a argumentos derivados de realidades observables. Estas encajan muy bien con el método empírico y de hecho, le sirven de fundamento. ¿Por qué? Porque los argumentos  a posteriori derivan del principio de inteligibilidad del universo, y de la distinción escencial entre el universo y su Creador. Esta distinción hace posible la investigación científica del universo como una realidad independiente y dotado de sus propios mecanismos y leyes.

Pero el argumento ontológico, dirían los escolásticos y muchos otros escépticos, existe solamente dentro de la cabeza de quien lo postula. Yo, no lo creo así. Pero primero déjame formularlo con mis propias palabras:

Si uno entendiera plenamente lo que el vocablo “Dios” significa, uno entendería sin vacilación que Dios tiene que existir.

Y es que la divinidad es un atributo absoluto y exclusivo: quien lo posee, lo posee completamente. Y en esa idea de “divinidad” la existencia es un atributo implícito o el concepto en sí sería meramente una abstracción, una posibilidad entre varias. Y el concepto de Dios no es este tipo de concepto.

Cabe preguntar de dónde procede tal idea de la Divinidad. Yo afirmo que no es innata y que aflora a nuestro ser conciente cuando se piensa ordenadamente en estas cosas y si bien es cierto que este proceso es el mismo a posteriori que los escolásticos prefieren, el argumento ontológico surge de este como del resultado de un teorema que, una vez las partes son aceptadas como ciertas, el resultado – el argumento ontológico – es aceptado como cierto y suficiente en base a las partes.

Dios existe y no puede no existir. Ese resultado es el punto de partida general para mi reflexión acerca de Dios. Los argumentos contrarios me divierten y entretienen por lo imaginativos y elaborados. Pero la realidad de la existencia de Dios los eclipsa a todos y forman el fundamento inconmovible de mi fe y cosmovisión, así como la fuente de mi servicio a Dios y al prójimo.

 

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