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¿Yo soy sólo mi cuerpo?

© Pavel Ševela

Ciudad Nueva - publicado el 06/05/14 - actualizado el 06/02/19

Muchas veces adoptamos ideas sobre nuestro cuerpo que no nos pertenecen. Hay “otros” que eligen y piensan por nosotros

Comprender nuestro cuerpo en su totalidad nos permite encontrarnos con nosotros y con los demás.

El modelo de cuerpo que se tiene hoy no coincide con el modelo de cuerpo de hace 30 años. A partir de la década del ochenta se ha comenzado a elaborar una nueva mirada hacia el cuerpo, y éste  adquiere un lugar preponderante en la dimensión social.

El cuerpo expresa al hombre y lo vincula tanto con su mundo externo como interno

Nuestra corporeidad se expresa mediante tres áreas: la socio-afectiva (el sentir), la cognitiva o reflexiva (el pensar) y la motriz (el hacer). Estas áreas se manifiestan siempre como una unidad. No es posible separarlas.

De acuerdo con lo que queremos expresar acentuamos en forma más determinante un área que las otras, pero siempre están las tres interactuando. Los tres aspectos son desarrollados y madurados desde la gestación por factores filogenéticos, que son hereditarios (internos); y factores ontogenéticos, que son culturales (externos).

En las últimas décadas tanto la mujer como el hombre han ido generando y descubriendo espacios en sus emociones, pensamientos y acciones. El descubrimiento de estos espacios le permitió a la mujer no ser identificada únicamente con la maternidad o las tareas domésticas; y al varón, no ser asociado sólo con su profesionalidad. Este vínculo diferente les permitió a través del movimiento, conjuntamente con el sentimiento y el pensamiento, producir placer, un mayor conocimiento del cuerpo y el permiso para lucirlo.

En este contexto, y como una contracara de este vínculo, aparece la cultura del consumismo que fomenta la despersonalización de la idea corporal. Se ha creado una cultura física masificada de belleza. Se impone una idea artificial del cuerpo.

La corpolatría

Se trata de una idolatría por el cuerpo. Una concepción que tiende a promover todo por el cuerpo mismo y a sacrificar todo por él, incluso la propia salud. Existe una uniformidad en los gustos y hay recomendaciones sobre “cómo” y a “quién” hay que parecerse. Muchas veces adoptamos ideas sobre nuestro cuerpo que no nos pertenecen. Hay “otros” que eligen y piensan por nosotros.

La sobre estimulación de los sentidos producida por la publicidad y la fuerte influencia de algunos medios masivos de comunicación alimentan nuestras fantasías corporales y sociales que, inevitablemente, comparan nuestra vida corpórea con lo publicitado. Esta cultura consumista produce estereotipos y separaciones en nuestro sentir, pensar y hacer. El cuerpo se convierte es una especie de depósito de deseos que necesita ser satisfecho.

“La cultura hedonista busca el placer instintivo o servirse del otro, pero no va al encuentro del otro”, afirma el andrólogo Antonio Mancini. Estamos convirtiendo “el placer de vivir” en un “vivir para el placer”.

La trampa fascinante del mundo es producir ofertas seductoras imaginarias, llenas de esperanzas y promesas inalcanzables, con alegrías efímeras y pasajeras. Así se descartan las frustraciones, el dolor y los límites que la vida trae inevitablemente consigo.

En la antigüedad, los griegos resumían en una palabra este imaginario social: el “Ego”. Creer demasiado a nosotros mismos. Nos demuestra que siempre tenemos la razón y que los equivocados son los otros. En el ego comienzan todos los apegos: la dependencia, el consumismo, la adicción a una idea, al totalitarismo.

Cuando no existen modelos referenciales de reciprocidad, de principios, modelos en donde se cultive y se exprese la cultura del compartir, la cultura de la empatía, la sociedad comienza a producir ídolos. Y los ídolos son pequeños dioses de barro.

¿Cómo salir de la encrucijada y despertar el Yo interior? ¿Cuál es el hilo conductor de mi vida?

No sería posible responder estas preguntas sin pensar que nuestro cuerpo corresponde a dos naturalezas: la terrenal y la espiritual.

Chiara Lubich decía: “La necesidad fundamental de una persona es reconocer su propia identidad y su distinción, y no ser considerada un número o un objeto”. Cuando huimos de nosotros mismos nos desconectamos de nuestra naturaleza espiritual. Cuando nos desconectamos de la fuente del amor, de nuestra esencia, perdemos nuestra integridad, nuestra identidad, nuestra distinción.

Si puedo estar conmigo puedo vivir con otros. Es necesario un cambio en nuestro espacio corpóreo del sentir, del pensar y del hacer. Busquemos y recuperemos el espacio que está dentro nuestro. No existe nada afuera que no esté en nosotros. En nuestro mundo interno encontraremos ese espacio de “silencio”.

“La belleza está dentro de nosotros”, decía Sócrates. En nuestro reencuentro con nuestra esencia redescubriremos el significado de la reciprocidad, de la empatía, el saber ponerse en el lugar del otro y, fundamentalmente, descubrir la sabiduría corporal, que es el arte de saber llevar “la cabeza al corazón”.

Viviendo recíprocamente el compartir surgirá una comunicación diferente entre nuestras culturas corpóreas, entre el sentir, el pensar y el hacer.

Las diferentes culturas corpóreas no se sumarán para dar origen a una súper cultura, ni una anulará a la otra, sino que se integrarán de modo más profundo y descubriremos la belleza en común: la reciprocidad y la fraternidad.

Si en la vida de cada persona viven los valores humanos existen las raíces esenciales que poseemos. Seremos buenos hijos, buenos padres, buenos esposos. Y si vivimos la Regla de Oro Universal (“Hacer a los demás lo que nos gustaría que nos hicieran a nosotros”) entonces tendremos la calidad y la dignidad de ser también buenas personas más allá de nuestra profesión de fe.

“Un niño es educado si se le estimula el alma y el cuerpo”, decían los griegos en la antigüedad. En la contemporaneidad, los descendientes de aquellos sostienen que el secreto de la cocina mediterránea es “cultivar, cocinar y compartir”. Su descubrimiento refiere a que después de sembrar y preparar lo cultivado, lo más importante es compartir con otros lo que han elaborado con esfuerzo y amor.

* El autor es profesor de Educación Física y psicólogo social (mariogr3@gmail.com)
** El artículo completo puede leerse en http://bit.ly/Petfy6

Artículo publicado originalmente por Ciudad Nueva 

Tags:
afectividadcuerpopensamientosentimientos
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