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Encontrarse a Jesús en el camino: de la decepción al ardor

© Juan Pablo Olmo / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/05/14

Jesús va con nosotros, se acerca, se adapta a nuestro ritmo, escucha, acoge, así es siempre

El Evangelio de hoy nos habla de actos, de gestos, de palabras, de un camino, de esperanza, de algo de tristeza, de unos peregrinos. Todo comienza en el camino y todo está teñido de tristeza en un inicio.

En el camino de la vida hay muchos hombres que andan perdidos, sin rumbo. Como los dos peregrinos de Emaús: «Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido».

Decía Juan Pablo II, recientemente canonizado por el Papa Francisco: «La mayoría de los hombres no saben a dónde van, no saben cuál es su destino, no encuentran el porqué están aquí o el para qué están aquí, son como los discípulos de Emaús, dos caminantes desesperanzados».

Jesús se acerca a los discípulos para acompañarlos en su camino. «Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: – ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Jesús debía querer mucho a estos dos discípulos. Por eso corre a buscarlos cuando regresan a su aldea, a Emaús. No los olvida. Eso siempre me impresiona. Va a buscarlos, no deja que se alejen.

Sus nombres no nos importan mucho. Jesús los tendría inscritos en su corazón. Cleofás se llamaba uno de ellos. El otro no lo sabemos. Una teoría afirma que se trata de Lucas, el mismo que escribe el Evangelio. Habla de sí mismo en tercera persona.

Pero los nombres no importan. Lo que importa es el camino, el amor que les tenía, su preocupación de pastor que busca a la oveja que se aleja. Jesús temería perderlos.

Ellos regresan a su aldea. Han perdido la esperanza y ya no creen en aquel que les dio motivos para soñar. Son peregrinos de nombre, pero, en realidad, ya no peregrinan. Peregrino es el que tiene una meta por la que luchar, un sueño que alcanzar, un ideal que hacer vida. Ellos no lo tienen, no son peregrinos.

Son sólo caminantes cansados y tristes que vuelven a su hogar. Que regresan fracasados y no desean ya volar. Es verdad que habían soñado y hubo un tiempo en que fueron peregrinos al lado de Jesús. Porque por Él lo dejaron todo.

Pero ahora vuelven descorazonados, Jesús ha muerto. Ellos lo amaron mucho. Eso siempre me conmueve. Hablan de Él con un respeto sagrado, infinito. No ocultan su amargura ni su tristeza. Habían confiado, habían soñado, habían amado, habían deseado.

Pero ahora vuelven a su hogar. Regresan a casa vencidos. No van a Galilea. Es verdad que Galilea era el lugar de nacimiento de muchos de los discípulos, pero también era el lugar del primer amor. Allí conocieron a Jesús y habían vivido con Él. Habían compartido la vida en ese lago. Allí habían soñado y habían pescado juntos. Tantos amaneceres, tantos atardeceres.

Por eso, cuando Jesús les pide a los discípulos, cuando aparece resucitado, que vuelvan a Galilea, les pide que vuelvan al lugar sagrado, al lago de los sueños, al momento del primer amor cuando el cielo se abrió ante sus ojos. Les pide que vuelvan al origen, a rencontrase con el amor primero y a soñar.

Volver a Emaús, por su parte, tiene otro sentido. Los discípulos regresan a Emaús para olvidar, porque ya no tienen nada que hacer en Jerusalén. El resto de los discípulos los despedirían con tristeza. María rezaría por ellos y su nuevo camino.

Emaús tiene algo de olvido, de abandono, de nostalgia, de derrota, de soledad, de decepción. No han creído el anuncio de la resurrección. No se fían, no confían, no esperan.

Emaús es una aldea que evoca la ausencia de Cristo. Sí, porque Él allí no había estado. Allí no lo habían conocido. Cleofás y su compañero ya no creen, no sueñan, no buscan. Han perdido la esperanza. Han dejado de desear. Han abandonado el amor primero.


Tal vez pensaban volver a sus antiguos oficios. ¡Qué duro resulta volver a lo de siempre después del fracaso de una aventura! ¡Qué difícil iniciar un recorrido que no tiene vuelta atrás! ¡Qué duro reducir su vida a Emaús cuando habían soñado con el mundo como horizonte de todos sus proyectos! ¡Qué pensarían aquellos que un día los vieron partir llenos de alegría e iniciar un camino fascinante y ahora los ven volver llenos de tristeza!

Sí, los discípulos regresaban a Emaús. Y en ese camino iban hablando de sus cosas, compartiendo los últimos recuerdos, lamentando lo que pudo haber sido y no fue.

Jesús amaba mucho a sus discípulos. Jesús también amaba mucho a Tomás, y por eso volvió por él y le dejó tocar sus heridas. Jesús amaba a estos dos discípulos de Emaús.

Siempre me impresiona. Los amaba tanto que inicia un camino sólo por ellos. Se pone a su lado. Camina al ritmo de sus pasos. Los acompaña. Los busca. No quiere perderlos. Pero no fuerza la vida, los respeta.

¡Cuánto respeto hay en sus pasos! No irrumpe y se manifiesta ante ellos como el resucitado. No les deja tocar sus heridas. No pronuncia sus nombres esperando que al oírlo lo reconozcan. No hace nada milagroso en ese camino. No, Jesús no presiona, no insiste.

Nos recuerdan las palabras del libro de la Apocalipsis: «He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo». Apocalipsis 3,20.

Jesús está a la puerta de sus vidas llamando. No presiona. Simplemente los cuida y acompaña. Es verdad. A Jesús le interesa nuestra vida. Jesús se pone a nuestra altura y escucha nuestras preocupaciones. Camina a nuestro lado porque nos quiere. Quiere estar con nosotros.

Es lo que hizo con los discípulos de Emaús. Es lo mismo que hace cada día en nuestro camino. Hace suyas nuestras palabras y desahogos: «Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: – ¿Eres Tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días? El les preguntó:- ¿Qué? Ellos le contestaron: – Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que Él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a Él no lo vieron».

Le cuentan su historia llena de detalles y tristeza. Habían soñado mucho. Habían esperado tanto. Ahora nada es real. No creen en las mujeres. Porque nadie ha visto a Cristo todavía. No creen en la resurrección.

A Cleofás y al otro discípulo no le interesaba el nombre de su acompañante, tampoco su procedencia ni su destino, no tienen curiosidad por saber quién era. Sólo quieren hablar de su preocupación, de su tristeza, de sus miedos. Jesús abre sus corazones y ellos cuentan.

Jesús entonces toma la palabra y les abre nuevos caminos de vida: «Entonces Jesús les dijo: – ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura

». 

Jesús, con su presencia, con sus palabras, remueve el corazón de los discípulos.
Y se queda a cenar con ellos: «Ya cerca de la aldea donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: – Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció. Ellos comentaron: – ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

En el camino de Emaús son dos los que van caminando, hablando, son dos los que tienen ardor en el corazón, los dos los que ven a Jesús y lo reconocen, los dos le dicen que se quede con ellos. Se ayudan. Cuando uno dudaba, el otro daba un paso.

Se apoyaron en el miedo, en el fracaso, en el dolor, en la decepción. Se desahogaron, se animaron, compartieron la ausencia, compartieron luego la alegría de la presencia y el camino de vuelta felices. Podrían recordar juntos todo lo vivido junto a Jesús.

Creo que el camino de Emaús es posible porque van juntos. Quizás uno solo no hubiese preguntado, no hubiese dicho quédate, no hubiese pasado nada. El uno al otro se ayudaron. ¿Con quién vamos nosotros, con quién caminamos en la Iglesia?

Jesús parte su pan con ellos, parte su vida en Emaús. La última cena. La cena de Jesús vivo en su hogar. El momento de luz en sus corazones. Comprenden. Se abren sus ojos. Se rasga el velo. Se saben amados profundamente.

Al descubrir quién es Jesús, comienzan un nuevo camino: «Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: – Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan». Lucas 24, 13-35.

Al partir el pan comprenden que Jesús está vivo. Se unen al Señor para siempre. Y entonces salen a anunciar. La tarde ya ha caído, no importa. Han recibido todo el amor de Dios en un momento. Jesús desaparece, ellos se convierten en peregrinos.

Ahora sí les mueve el deseo, el amor, el fuego. Ahora empiezan a soñar porque el amor de Jesús se ha quedado en sus corazones y arden. Se miran conmovidos, llenos de luz.

Se ha roto el velo. Jesús está vivo. No pueden permanecer en Emaús, ya no tiene sentido su vida en esa pequeña aldea. Tenían razón las mujeres. Su ausencia aparente era presencia real.

Lo bonito es que Jesús va con nosotros, lo veamos o no. Los discípulos sólo lo reconocen al final, pero Jesús está siempre con ellos. Por eso pueden caminar. Por eso podemos caminar, Jesús va con nosotros, se acerca, se adapta a nuestro ritmo, escucha, acoge. Así es siempre.

Cada día volvemos a Emaús, para que allí arda nuestro corazón. Allí nos hacemos peregrinos.

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