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Dios está pendiente de ti

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 02/05/14

Cuando vemos a los demás, y nos parecen mejores, siempre pensamos que Dios los querrá más... pero Él me mira a mí.

Nosotros vamos por la vida queriendo ser perfectos, queriendo cumplir expectativas de los demás. El Evangelio nos habla de un amor imposible, del amor hasta el extremo de la cruz, de unos brazos clavados abiertos, del amor ya sin límites de Jesús resucitado, del amor que sana la herida honda e inconfesable del corazón, que levanta, que hace volver a empezar.

La experiencia de la predilección de Jesús por Tomás seguramente fue la roca de su vida. A la que volvía cada vez que se sentía perdido, fracasado. Jesús lo amaba a él, tal como era.

Había estado con Jesús, habría recorrido con él los caminos, habían comido, reído y soñado juntos. Habían pescado y habían contemplado muchos atardeceres y amaneceres en Galilea. Muchas noches al raso mirando las estrellas. Muchas charlas de amigos. En la última cena Jesús les mostró su amor.

Pero Tomás, que amaba tanto a Jesús, todavía no lo conocía del todo. Tomás no conocía cómo era el corazón de Jesús. Ese corazón que se rompió en la cruz y del que manó la fuente que sacia la sed del mundo.

No sabía que no tenía que ganárselo, ni demostrar nada, que su amor era gratuidad, que lo recibía simplemente por ser quien era. Nunca se iba a alejar de él a causa de su pecado.

Jesús volvió por él, sólo por él. Para que Tomás sintiese que lo quería, que lo prefería, que se sometía a su petición. Creyó en él, no lo dio por perdido a la primera caída. Jesús creyó en Tomás más de lo que Tomás creyó en Jesús y en él mismo. Así es tantas veces Dios. Nos cuesta creerlo.

Cuando vemos a los demás, y nos parecen mejores, siempre pensamos que Dios los querrá más. Pero Él me mira a mí. Está pendiente de mí. Está deseando poderme decir cuánto me quiere, que vuelve por mí, que le encanta cómo soy. Aunque ahora dude y tenga envidia y no sea capaz de alegrarme por el bien de los demás, aunque mi herida de amor sangre, Él me quiere.

¿Cuál es mi herida de amor? En mi herida es donde Jesús me ama. En esa herida Jesús me reconoce.

Cuando tocamos la herida de los otros. Cuando alguien se abre a nosotros es un milagro. Y al tocar su herida, su dolor, el dolor de un desamor, de un fracaso, de una pérdida, de una enfermedad. Al tocar la herida de otro, siempre tocamos a Dios. Porque la herida es sagrada. Y tenemos que acercarnos de rodillas. Ahí podemos decir: «Señor mío y Dios mío».

El sentirnos amados en lo que somos es la experiencia más grande del hombre. Sabernos amados por los que nos conocen de verdad, con nuestros fallos, nuestras heridas, nuestras cruces. ¿Acaso eso no nos sana? Cuando alguien conoce nuestra debilidad y nos ama, incluso más, ¿no se libera algo en el alma? Así es como nos ama Dios. Y así estamos llamados a amar nosotros.

Hoy Jesús nos muestra ese amor. Nos dice que nos prefiere y nos elige. Se muestra humillado, herido, sin reservarse nada. En la Eucaristía, cuando el Cuerpo de Cristo es partido y alzado, podemos decir que es ése el momento de Tomás. Ahí está, delante de mí, ante mi propia herida, Cristo roto.

Lo miro. Cristo herido por mí. Por su amor a mí. Ante Él, nos arrodillamos. Lo reconocemos. Es Jesús, el que me ha amado siempre, el que camina conmigo. El que puede cambiarme. El que viene a mí, para que lo reciba.

Estamos llamados a adentrarnos en el corazón herido de Cristo. Queremos hacerlo entregándole nuestra propia herida. Aunque al hacerlo nos duela. El corazón clama, busca, espera.

El amor de Dios se desborda desde su herida y nos llama a habitar en lo más hondo, en lo más profundo de su ser. Allí podremos descansar. Allí podremos recobrar la vida. Allí, como dijo don César Franco, podemos escuchar el latido de Dios, la fuerza de Dios, el amor infinito de Dios por nosotros.

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