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Ludovic ETIENNE / Flickr / CC
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La paz no viene determinada por las circunstancias externas, nuestros errores no cambian el estado de ánimo de Dios

La vida a veces consiste en anhelar el infinito y conformarnos con gotas, con pequeñas luces en la oscuridad. Desear el todo y darnos por contentos con un vaso de agua, con un destello de luz. Querer tocar el cielo y bastarnos con tocar los lazos que tienden a lo alto, lazos humanos, limitados, finitos.
 
Así es el corazón humano, que lo quiere todo, y se conforma con poco. Vive así malamente, sobrevive, se arrastra. Quiere la eternidad y absorbe los segundos como si valieran para toda la vida. Consume el tiempo, aunque nunca sea bastante. Siempre nos falta algo hasta que seamos plenos. Siempre el corazón permanece inquieto. Buscando. Deseando. Tendiendo a las alturas que nos hacen esperar más de lo alto.
 
Decía el Padre José Kentenich: «El éxito no está en nuestras manos, pero sí el esfuerzo por alcanzar los ideales. ¡Nada sin nosotros! Cumplamos nuestra parte y llevémosla a cabo de manera lúcida. Pero sin olvidar: sólo el Dios vivo puede operar en la educación lo fundamental, lo más grande, lo decisivo. Medimos la distancia entre el ideal y la realidad. El que soy saluda con tristeza al que debería ser. Esta experiencia nos hará crecer en nuestra vida de oración. El hecho de conocer los grandes ideales nos convierte en educadores orantes, hombres y mujeres de oración»[1].
 
Nada sin ti, nada sin nosotros. El amor de Dios gratuito, no en pago a nuestra entrega. Y nuestra entrega, como don a Dios, no como premisa para que Dios actúe. Dios y el hombre. Caminando juntos, trepando alturas, dando y recibiendo amor.
 
Pensar en todo lo que anhelamos nos da alas, nos eleva, nos permite soñar con lo imposible. Por eso nos alegra hoy escuchar la descripción que Lucas hace de la primera comunidad cristiana. ¡Qué lejos estamos del ideal!:
 
«Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Vivían unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón». Hechos 2, 42-47.
 
Escuchamos esta descripción y nos sentimos tan lejos… Vivían en común, hacían signos, se amaban, compartían los bienes, oraban juntos alabando a Dios con alegría, con todo el corazón.
 
Estamos a mucha distancia de lo que podemos llegar a ser. En nuestra Iglesia hay pecado y debilidad, aunque es verdad que también hay santos que brillan.
 
Como este domingo cuando la Iglesia nos muestra la luz de Juan Pablo II y Juan XXIII. Su luz nos recuerda hacia donde caminamos.
 
Decía Juan Pablo II al comenzar este milenio: «Día tras día recibiréis nuevo impulso, que os permitirá confortar a los que sufren y llevar la paz al mundo. Muchas son las personas heridas por la vida, excluidas del desarrollo económico, sin un techo, una familia o un trabajo; muchas se pierden tras falsas ilusiones o han abandonado toda esperanza. Contemplando la luz que resplandece sobre el rostro de Cristo resucitado, aprended a vivir como ‘hijos de la luz e hijos del día’ (1 Ts 5, 5), manifestando a todos que ‘el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad’ (Ef 5, 9)».
 
Dios es misericordioso y hace obras de arte con nuestro barro, con nuestra pequeñez. Esa verdad nos alegra. El ideal nos hace soñar. Somos débiles y Dios sigue confiando en nosotros. Nos necesita y nos colma de su gracia. Somos sus manos, sus pies, su voz. Camina a nuestro lado, levanta nuestro corazón para que no deje nunca de soñar con las alturas.

 
Hoy el Señor rompe las murallas que protegen y entra en la sala en la que están escondidos los discípulos: «Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: – Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: – Paz a vosotros».
 
Entra cuando no lo esperan. Él es capaz de llegar a mí aunque tenga las puertas cerradas. ¡Cuántas veces, como los discípulos, tenemos las puertas cerradas! Las atraviesa y nos da su paz. Llega a los discípulos y les da su paz. Es lo primero que hace. Están llenos de miedo y necesitan recibir esa paz que calme sus corazones.
 
Todos lo deseamos. En esta vida agitada y llena de incertidumbres queremos vivir con paz. A veces pretendemos que nos dejen en paz, para poder hacer lo que queremos, sin que nos molesten, sin que nadie perturbe nuestra tranquilidad algo egoísta.
 
Pero no es ésa la paz que trae el Señor. No es la paz individualista, egocéntrica, centrada en la satisfacción de los propios deseos. No es una paz mortecina, tibia, sin vida. No es la paz del Nirvana en la que cada uno busca su propio bienestar, su paz interior, lejos de los hombres.
 
Vivimos en una sociedad en la que se quiere proteger el bienestar de cada uno, la comodidad. Buscamos ese espacio dentro del cual nadie nos pueda molestar con peticiones y deseos.
 
Los discípulos, con las puertas cerradas, tenían esa paz tibia de la protección. Allí nadie incomodaba su descanso. Sin embargo, en lo profundo de su alma, tampoco tenían paz. Porque la paz no viene determinada por las circunstancias externas.
 
La paz surge y brota en lo profundo del corazón, allí donde éste se encuentre. En medio de la tormenta, abrumados por las preocupaciones, podemos vivir con paz. Porque la paz de Dios no la da el mundo.
 
Es una paz diferente. Es la paz que calma el corazón y lo hace colocar las cosas en su sitio. La paz verdadera, esa paz que nos hace poner la confianza no en nuestras fuerzas, sino en Dios. Entender que sólo cuando Él sujeta el timón de nuestra barca podemos navegar tranquilos. Aunque haya tormentas. Aunque el futuro sea incierto.
 
En segundo lugar, después de darles la paz, les regala su misericordia: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío Yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: – Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
 
Les entrega su misericordia, su amor inmenso. Los capacita para perdonar. Su vida podrá ser misericordia para todos los que no encuentran perdón a sus pecados. Ellos han recibido el perdón y por eso pueden ser misericordiosos.
 
El que se ha experimentado amado y perdonado por Dios, puede entonces perdonar a muchos. Es la gracia del perdón que todos buscamos.
 
Nos gustaría sabernos amados por Dios en todo momento. Aunque nos pesen los pecados. El otro día leía: «El humilde, sin quitar importancia a su pecado, se deja amar por Dios tal cual es, sabiendo que la curación y la salvación sólo provienen de Él. El pobre es el que no crea ninguna fachada de bondad o perfeccionismo ante Dios, sino que lo acoge en su casa humilde, tal cual es. Es un don precioso de Dios sentirse uno amado como pobre, como pecador, como necesitado. Cuando nos sentimos amados en todo lo que los hombres nos juzgan y critican, entonces nos enteramos de quién es Dios. Sólo el que siente la misericordia de Dios sobre sus pecados, es el que se puede sentir convertido»[2].
 
Aunque el dolor por no haber sido fieles nos haga sufrir, no importa, el perdón de Dios es más fuerte. La mirada de Dios sobre nuestra vida está llena de amor, de misericordia, hagamos lo que hagamos.

 
Nuestros errores, nuestras caídas, no cambian el estado de ánimo de Dios, no lo determinan. Dios no se enfada por nuestras torpezas y nos mira sin cariño. Siempre se conmueve ante nuestra pequeñez. Nuestra impotencia y debilidad lo desarman. Se alegra con nuestra petición de perdón. Conoce nuestro corazón, el color de nuestra alma y no duda, nos quiere para siempre.
 
Pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, su amor no cambia, permanece inmutable. Si supiéramos mirar siempre así a Dios viviríamos de otra manera, con más paz y sin miedo. No nos angustiaríamos cuando no somos capaces de estar a la altura, cuando fallamos, cuando caemos una y otra vez en los mismos pecados. Así es el amor de Dios, un amor que se desborda sin medida, un amor que nos envuelve con su misericordia.

 


[1] J. Kentenich,
Jornada pedagógica 1950
[2] Chus Villarroel, O.P.,
Predicador de la gracia, Pedro Reyero, 58
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