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No calcules: el amor verdadero es gratis

OJCIEC Z CÓRKĄ

Caleb Jones/Unsplash | CC0

Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/04/14

Nos cuesta amar sin pedir nada a cambio, dejarnos amar por lo que somos y no por lo que hacemos o tenemos

Una de las cosas que más nos cuesta aceptar de corazón es la gratuidad. Nos cuesta entender que alguien pueda recibir algo por lo que no ha luchado, por lo que no se ha esforzado en absoluto.

Recibir un don como un regalo, sin mérito alguno, no como pago al bien realizado, parece injusto.

Nos cuesta entender que alguien nos dé lo que no merecemos, lo que no nos corresponde y que no espere nada a cambio como retribución.

En nuestras relaciones humanas no reina la gratuidad. Damos amor y esperamos recibir el amor correspondiente, servimos y buscamos que nos sirvan, damos la vida y esperamos el agradecimiento.

Nos cuesta dar sin esperar nada. Nos molesta dar y no recibir nada.


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Muchas veces, en nuestras relaciones de amistad y familiares, falta la gratuidad. Hacemos mucho, amamos mucho, pero también les exigimos mucho a las personas amadas.

Damos y pedimos. Llamamos y esperamos que nos abran. Cuidamos una relación y esperamos que el otro aporte. No entendemos bien del todo la gratuidad en la vida y la gratuidad de Dios.


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El otro día leía: «La gratuidad te desguaza el yo, sede de toda soberbia, autonomía y riqueza. El amor de Dios, al amarte gratuitamente, sin pedir nada a cambio, sin necesitar méritos precedentes, sin que ni siquiera tu buen comportamiento sirva de aval, llega a la raíz de tu propio yo. En ese terreno el yo humano pierde protagonismo, se le regala todo»[1].

El don que recibimos sin dar nada a cambio nos cuesta aceptarlo, porque nos sentimos en deuda. Por eso nos cuesta tanto aceptar la gratuidad de Dios.

Ante Él, que nos perdona y abraza, que nos lo da todo cada día, que nos ama sin condiciones, nos sentimos siempre pobres, en deuda.

Pensamos que tenemos que hacer muchas cosas para pagar todo el bien que nos hace. No entendemos que su amor nos desborde sin esperar nada de nosotros. Que Dios pueda amarnos en nuestra debilidad, en nuestro pecado, en nuestras heridas y fealdad.


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Por eso nos apartamos de Dios cuando pecamos, cuando experimentamos la debilidad y sentimos que nuestra vida no es digna de ser amada y aceptada.

No creemos en su divina misericordia y pensamos que ya no merecemos su amor. Porque nuestra vida no es inmaculada.

Tal vez lo que nos falta es creer y confiar realmente en Dios. En su misericordia, en su amor, en su bondad.


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Decía el padre José Kentenich: «La naturaleza comienza justamente a mostrar una cierta rigidez porque no sabemos arrojarnos con entrega filial en los brazos del Padre. La mayor enfermedad de nuestros educadores actuales es la falta de infancia espiritual. ¡Cómo sufre el hombre actual bajo el peso de sus debilidades, no sólo de sus pecados!»[2].

Los brazos del Padre son expresión de un amor gratuito.

Pero hablar de esos brazos puede resultar algo vacío de sentido cuando el corazón no ha vivido la gratuidad del amor, cuando en su vida no ha sido acogido y aceptado por brazos humanos, cuando todo lo que ha logrado ha sido fruto de su esfuerzo y todos los rechazos que ha vivido han sido consecuencia de su pecado.

Confiar en Dios y creer que es amor no es fácil cuando en la vida personal no lo hemos tocado. Nos parecerá una teoría y desconfiaremos de ese Dios al que no conocemos y por el que no nos sentimos amados.


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Creer en un Dios que me quiere por lo que soy y no por lo que hago es una gracia.

Un Dios que se alegra en mí porque soy débil y no a pesar de mis caídas. Una mirada así sobre nuestra vida nos sana, nos eleva, nos purifica.

Un amor que no está pidiendo correspondencia, pago por el bien dado. Un amor que nos lava, que nos eleva y nos sana. Un amor así es el de Dios. Es el amor que toma la iniciativa y sale a nuestro encuentro.

Necesitamos rostros concretos, amores humanos, que reflejen ese amor divino. Decía el Padre José Kentenich: «Nosotros, educadores, debemos reflejar de modo especial la faz de Dios«[3].

Reflejar la gratuidad en nuestra forma de amar. Así podrán conocer cómo ama Dios, cuando lo vean de forma limitada en nosotros.

Para eso, debemos tener el corazón arraigado en el corazón de Dios. Dios me quiere como soy. Caído o en pie de guerra. Herido o sin mancha. Débil o fuerte. Me quiere igual. Así es el amor gratuito de Dios.


[1] Chus Villarroel, O.P.,
Predicador de la gracia, Pedro Reyero, 73
[2] J. Kentenich,
Jornada pedagógica, 1950
[3] J. Kentenich,
Kentenich Reader, Tomo III

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