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La canonización más esperada de la historia

Jeffrey Bruno
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Las calles de Roma ya han quedado inundadas por un río de peregrinos

Este 27 de abril, fiesta de la Divina Misericordia, el Papa Francisco proclamará la santidad de dos grandes Papas que han marcado decisivamente la historia de la humanidad. Tras años de divisiones, esta canonización une, además, a las diferentes sensibilidades de la Iglesia, y muestra que la santidad une a todos los católicos
 
Este domingo tiene lugar la canonización más esperada de la Historia. Dos de los Papas más recordados y queridos por los fieles serán reconocidos por el Papa Francisco como santos, es decir, en presencia del amor de Dios para la eternidad.
 
Las calles de la Ciudad Eterna ya han quedado inundadas por ese río de peregrinos que, según el Ayuntamiento de Roma, será algo inferior al millón de personas. Entre los participantes en la celebración se encontrarán 19 Jefes de Estado (entre ellos, el rey Juan Carlos I), así como 24 Primeros Ministros (incluido el recién nombrado Manuel Valls) y 23 ministros de diferentes naciones.

Como la Plaza de San Pedro del Vaticano no puede acoger a todos estos peregrinos, se colocarán en varios lugares estratégicos de la Ciudad Eterna pantallas gigantes, en concreto, en la Plaza Navona, en el Coliseo y los Foros Imperiales.
 
Para evitar discriminaciones, el Papa no ha querido que en esta ocasión se distribuyan pases de entrada. Los primeros peregrinos que lleguen tendrán prioridad. Miles y miles de personas dormirán en el suelo.
 
La canonización será seguida en televisión, de manera directa e indirecta, por unos dos mil millones de personas, según cálculos del Centro Televisivo Vaticano (CTV), que emitirá el acto, en alta definición, a través de nueve satélites. Unas 500 salas de cine de unos 20 países trasmitirán gratuitamente, en 3D, la ceremonia, gracias a los saltos tecnológicos realizados por el CTV. También Aleteia la ofrecerá en directo, de 9,30 a 12,30h aproximadamente.
 
Ni progresistas, ni conservadores

Es la primera vez que dos Papas son proclamados santos en la misma celebración. De los 265 Papas de la Historia, antes que Angelo Roncalli y Karol Wojtyla, 80 ya han sido proclamados santos. El último Papa proclamado santo fue san Pío X, en 1954. Pero es que, además, estos dos Papas han hecho historia. Y los dos tenían personalidades muy diferentes.
 
Juan XXIII, hijo de una numerosa familia de aparceros, del norte de Italia, estudioso de la historia de la Iglesia, fue diplomático del Papa en Bulgaria y Turquía durante la Segunda Guerra Mundial, y salvó la vida de numerosos perseguidos, en particular judíos.

Con frecuencia, es considerado como una bandera del progresismo. Al convocar el Concilio Vaticano II (1962-1965), imprimió la renovación más grande que ha experimentado la Iglesia católica en los últimos años. Su acción en plena guerra fría, en particular su encíclica Pacem in terris, contribuyó decididamente a evitar la catástrofe nuclear.
 
Juan Pablo II, obrero, actor, poeta, filósofo de formación y por pasión, es a veces presentado como una bandera conservadora, en particular, por su contribución decisiva a la caída del comunismo en el este de Europa, por su incansable empeño a favor de la vida humana antes de su nacimiento, así como por su afirmación de Dios y de la identidad católica en un mundo secularizado.
 
Las dos etiquetas son simplistas e injustas. Juan XXIII era un hombre de esa profunda piedad popular que tanto ridiculizan los sectores progresistas, mientras que Juan Pablo II lideró batallas históricas del progresismo, como fueron la oposición a la pena de muerte, la condonación de la deuda externa de los países pobres, o la oposición a las intervenciones militares en Iraq.

 
Aquí reside la genialidad del Papa Francisco de elevarlos conjuntamente a la gloria de los altares. En pocas palabras, el Papa está lanzando tres mensajes muy claros a la Iglesia y al mundo.
 
La santidad no tiene prejuicios
 
En primer lugar, que la santidad no tiene color. Es posible seguir a Cristo y llegar a la comunión total con Él tras la muerte, independientemente de los orígenes, la historia, las sensibilidades. Los caminos de la santidad son potencialmente tan numerosos como las personas sobre la faz de la tierra.
 
En segundo lugar, con esta canonización el Papa está mostrando cómo la santidad une a toda la Iglesia, por encima de las legítimas sensibilidades. La Iglesia católica ha atravesado décadas de profundas polémicas y desuniones; ahora el Papa, al presentar el modelo de vida de estos dos Papas, está reuniendo a toda la Iglesia en torno a lo esencial: el seguimiento de Jesús.
 
En tercer lugar, el Papa muestra lo que significa la santidad. Un santo no es aquel que ha hecho todo bien. Está claro que, como hombres de gobierno, tanto Roncalli como Wojtyla pudieron cometer errores, así como tuvieron enormes aciertos. Pero el santo no es el que hace todo bien, pues no sería un hombre, sino más bien un ángel. El santo es el que busca, más allá de sus propios límites, lo esencial: seguir a Cristo. Se trata de una concepción de la santidad que no tiene nada que ver con el puritanismo que, en ocasiones, se ha pegado como el polvo del siglo XIX en ambientes católicos.
 
Procesos de canonización normales en su anormalidad

Es significativo, en este sentido, el hecho de que los procesos de canonización de ambos Papas han sido rigurosos, pero se han saltado algunos de los pasos ordinarios, por voluntad tanto de Benedicto XVI como del Papa actual.

En el caso de Karol Wojtyla, su sucesor decidió no esperar los cinco años canónicos sucesivos a su muerte para abrir el proceso de canonización. Aquella decisión ha permitido celebrar con un quinquenio de anticipación la santidad del Papa y permitir que su testimonio cobre aún más actualidad.

En el caso de Juan XXIII, el Papa Francisco ha considerado que, para proclamar su santidad, no es necesario comprobar un nuevo milagro atribuido a su intercesión (ya se había reconocido uno que permitió su beatificación).

En ambos casos, las decisiones están avaladas por el primer elemento necesario a todo proceso de canonización: el reconocimiento de su santidad por parte del pueblo de Dios. Y en el caso de Juan XXIII y de Juan Pablo II, nos encontramos ante un auténtico plebiscito.
 
En el caso de Juan XXIII, basta subirse a un taxi, visitar una casa, o incluso comer en un restaurante en Italia, para darse cuenta de que, para millones de personas, el reconocimiento de su santidad no es más que una formalidad, pues él ya era santo en su corazón.

A su intercesión se han acogido miles y miles de personas en momentos de dificultad. Tras su muerte, muchos obispos propusieron su canonización por aclamación; sin embargo, Pablo VI prefirió prudentemente esperar a realizar un proceso canónico de canonización.
 
Lo mismo sucedió con Juan Pablo II. A su muerte, desde la Plaza de San Pedro se elevó un clamor popular con una petición: Santo subito (Santo ya). También su sucesor, Benedicto XVI, prefirió abrir un proceso canónico, que ha sido uno de los más complicados de la Historia, pues la figura de un Papa tan polifacético, en la era de la explosión de la comunicación, ha generado la mayor mole de testimonios y documentación.
 
Canonización e infalibilidad
 

Ahora bien, en cierto sentido se puede decir que nos encontramos ante

la decisión más importante del pontificado del Papa Francisco, pues la canonización implica, según la teología católica, la infalibilidad del Papa. La unión entre canonización y pronunciamiento definitivo del Papa no se remonta al Concilio Vaticano I (1869), sino que le precede varios siglos antes. De hecho, los teólogos introdujeron la diferencia entre santos y beatos por este motivo.
 
Desde la mitad del siglo XVII, la Iglesia ha optado por realizar dos actos separados de reconocimiento de la vida cristiana de sus bautizados: la beatificación, que permite el culto a nivel local, y la canonización, con la que el culto se extiende a toda la Iglesia universal.

Y como es obvio, el que el Papa reconozca oficial y públicamente el culto a una persona, implica su autoridad misma. Se considera, por tanto, un acto ligado íntimamente a su ministerio petrino, y por tanto infalible. En cierto sentido, es también la consecuencia de la rigurosidad que se impone a estos procesos, que son largos, muy detallados, y garantizados por milagros.
 
Artículo publicado originalmente por Alfa y Omega

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