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Juan Pablo II estaba convencido que el amor es más fuerte que cualquier mal

ALESSIA GIULIANI/CPP

<span class="standardtextnolink"><a class="standardtext">ALESSIA GIULIANI/CPP</a></span><br /> <span class="standardtextnolink">Paula Olearnik of Poland embraces Pope John Paul II during a ceremony in St. Peter&#039;s Square at the Vatican in this April 1, 2004, file photo. The pontiff often urged Catholic youth to dedicate themselves to God.</span>

Jaime Septién - publicado el 25/04/14

Una conversación con el filósofo mexicano Rodrigo Guerra López/ 2 de 2 partes

En la segunda parte de esta entrevista con el filósofo mexicano Rodrigo Guerra López, abordamos los aspectos esenciales tanto del Magisterio de Juan Pablo II como de su contribución a la filosofía, especialmente al tema de la teología del cuerpo y al del amor humano y su responsabilidad intrínseca.

Guerra López es doctor en Filosofía por la Academia Internacional de Liechtenstein, director del Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV), miembro de la Pontificia Academia pro Vita y del Consejo Pontificio Justicia y Paz, profesor visitante de la Universidad Católica de Lublín. Autor de varios libros entre los que destaca: “Volver a la persona. El método filosófico de Karol Wojtyla” (Caparrós, Madrid 2001).



– ¿Cuáles son las enseñanzas más emblemáticas y perennes en el Magisterio de Juan Pablo II?

Juan Pablo II escribió mucho y es difícil que en un breve espacio se pueda siquiera señalar lo más importante. Sin embargo, me atrevo a decir que primero que nada él ha sido un testigo de la Divina Misericordia. En su libro Memoria e identidad observa cómo la visión de Santa Faustina Kowalska es precisamente una respuesta a las ideologías de la época. Lo que más necesita el ser humano no es un proyecto de redención política total sino descubrir que el principal atributo de Dios es precisamente su Misericordia.

Las raíces “históricas” de estas convicciones están en Lagiewniki, es decir, en el convento de sor Faustina en Cracovia. Sin embargo, la raíz antropológica es todavía más significativa. Juan Pablo II está convencido que el amor es más fuerte que cualquier mal. Por eso, el amor compasivo de Dios por nuestra humanidad herida, es lo que en cierto sentido responde de manera más incisiva a la inquietud profunda de la condición humana. No sólo cada hombre y mujer anhelan amor. En las situaciones límite de la vida, lo que más se anhela es ser abrazado y acogido por un Amor incondicional, capaz de curar todas las heridas, aunque la vida este aparentemente destruida. Esto es la Misericordia de Dios.

– En el ámbito de la filosofía ¿cuáles serían sus contribuciones más relevantes?

Creo que fundamentalmente son tres: una metodológica, otra antropológica y finalmente una de orden ético. Karol Wojtyla se esforzó por mostrar que la fenomenología contemporánea puede constituirse verdaderamente como una ontología. Esto que de repente puede sonar muy académico significa que la razón humana no está encerrada en su propio límite mental sino que es capaz de transitar del fenómeno al fundamento. Con ello, él recuperaba el realismo clásico pero lo reformulaba atendiendo a los debates contemporáneos y a las adquisiciones realistas que se pueden encontrar en autores como Husserl, Reinach, Scheler o von Hildebrand.

Utilizando este método fenomenológico-realista, Wojtyla investigó con sumo rigor lo más específico del ser humano, lo que él gustaba llamar “lo irreductible en el hombre”. Para ello, explora la acción como “ventana” que revela a la persona. Así, logró mostrar que la trascendencia y la integración de la persona en la acción se logra cuando esta escoge actuar conforme a la verdad. Argumentar rigurosamente esto es esencial no sólo para evitar caer en el relativismo sino para evitar también los rigorismos y fundamentalismos que de cuando en cuando reaparecen al momento de privilegiar las pasiones por encima de las razones.

Finalmente, Karol Wojtyla pasará a la historia por haber contribuido de manera decisiva a reargumentar los fundamentos de la ética. En un momento en que la ley natural en su formulación manualística no respondía a las objeciones del pensamiento contemporáneo, nuestro filósofo polaco nos muestra las bases de un auténtico ius-personalismo, basado en la rehabilitación de la razón práctica y en el reconocimiento objetivo de un imperativo moral primario: Hay que amar a la persona por sí misma y nunca usarla como mero medio.


– ¿Podría mencionarnos un ejemplo en dónde se apliquen estas contribuciones filosóficas dentro del Magisterio Pontificio?

Uno de los lugares privilegiados para verificar cómo el pensamiento de Wojtyla trascendió en la enseñanza de Juan Pablo II es todo su Magisterio sobre el amor humano. Para Juan Pablo II el amor conyugal como entrega completa del hombre a la mujer y viceversa, es posible gracias a dos factores: por una parte, enamorarse significa elevar la dinámica instintiva y pulsional de la vida sexual a través del descubrimiento fascinante del otro como persona, es decir, como historia única, irrepetible e insustituible.

El camino que se abre con el enamoramiento es el que educa y confiere belleza a la vida entre los novios y los esposos. Sólo así eventualmente son posibles el cuidado, el perdón y la ternura. Por otra parte, y esto es lo más importante, en el sacramento del matrimonio es Dios mismo quien hace “alianza” con los esposos.

El amor de Dios sostiene el frágil amor humano. El lenguaje del cuerpo entre los esposos se vuelve, entonces, continuación del lenguaje litúrgico: la fascinación y la alegría de mirar y de abrazar al otro es verdaderamente una dimensión de la vida conforme al sacramento, es decir, conforme a la inmersión misteriosa pero real de Jesús en los aspectos más íntimos del amor entre un hombre y una mujer.

Tags:
canonizacionJuan Pablo II
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