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Respuestas para un ateo

Apetitu / Flickr / CC
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La evolución, la genética, el big bang,... descubrimientos que me han acercado más a Dios

Muy de vez en cuando algún lector – casi siempre ateo o increyente – traspasa mi fachada gruñona – algo que yo hago a modo de prueba – para proseguir alguna discusión.
 
El valiente atrevido más reciente se llama Gabo Kev Alvarez, quien ha dejado varios comentarios en otro post. ¿El premio por su osadía? Mi tiempo para contestarle con más detenimiento. ¿El costo de no considerar lo que digo en serio? Mi silencio. ¿El premio de consolación no importa qué? Mis oraciones por él y por su familia.
 
En su comentario más reciente, Gabo me dijo lo siguiente:
 
Primero mis disculpas por no responder.
Me podrías decir cuáles descubrimientos ponen a dios más cerca (perdóname, Dios)
Ya que desde que puedo recordar la evolución, el big bang, el proceso de la abiogénesis y la misma genética sólo prueban que somos animales en un universo enorme que sigue tapándose los oídos cuando escucha un trueno…..
Me pregunto cómo terminamos hablando de esto, si yo sólo te trataba de decir que los demonios (me refiero dentro de la historia de la biblia) no merecían ser castigados, ya que Dios ya sabía que se rebelarían y no hizo nada para evitarlo (puede hacerlo todo según el mito) y prefirió esperar que lo hagan para castigarlos…..
 
Todos tenemos una vida fuera de la computadora. No hay que pedir disculpas. Y si perdieras interés y no contestaras más, no habría problema. Yo no guardo rencor a personas por ello.
 
Los descubrimientos que me han puesto más “cerca de Dios” son esos mismos que mencionas: la evolución, el “big bang”, la abiogénesis y la misma genética. Déjame explicar brevemente.
 
Pensando en grande
 
El primer supuesto aquí – un supuesto “silente” – es que la aceptación de la preponderancia de la evidencia empírica respecto a estos procesos naturales excluye por obligación la actualidad de la existencia del Dios revelado en Jesucristo.
 
El segundo supuesto silente es el creer que el Dios de los teístas es el Dios de “las tapafaltas” (“the God of the gaps”) o la explicación folclórica formulada para explicar lo inexplicable, para luego mover la valla más allá cuando se formula una explicación,  explicación que no siempre se comprueba experimentalmente pero que al menos sirve al fin retórico de negar a Dios y confundir a aquellos que no están familiarizados con los métodos científicos, filosóficos y teológicos, ni con sus diferencias, ni con sus interacciones.
 
Dios es el Primer Móvil. Él es el origen de todo proceso natural y su sustentador constante. Los ateos niegan las causas segundas y contingentes mientras atacan la Primera e Incontingente. Eso es un absurdo lógico, pero como han sido discapacitados por nuestro sistema educacional y tal vez por sus propias decisiones epistemológicas –si es que conocen el concepto–, las explicaciones derivadas de la filosofía y la teología les resultan como un lenguaje extraño, tal vez extranjero, o a lo mejor de balbuceos.
 
Uno les explica una y otra vez pero su contestación es casi siempre contestar con su pregunta original. Es como que no oyen, que no entienden, que no ponderan lo que uno les dice, o no saben hacerlo. Esto me ha convencido de que el creyente educado y bien formado es un pensador de avanzada de un modo que el ateo, con toda y su devoción al empirismo, cree ser.
 
Sí, es verdad. Los creyentes asumimos un orden en el universo y después nos equipamos para descubrirlo y describirlo. “Dios, hiciste tremendo trabajo con el Big Bang. Sí, una obra de arte y de ingenio”. Eso es lo que decimos con humor irónico cuando nos arremangamos las batas blancas. Y lo hacemos y lo hemos hecho mejor que cualquier ateo.

Copérnico fue un clérigo; Galileo, un católico devoto a pesar de que tuvo que sufrir por manos de la Iglesia; Mendel, el descubridor de las leyes de la herencia, un sacerdote; y Georges Lemaître, el primer físico teórico que propuso la teoría de la Gran Explosión o el “Big Bang”, fue otro sacerdote toda su vida.
 
Anthony Flew abandonó su ateísmo de toda una vida y empezó a creer en la existencia de Dios precisamente por los últimos descubrimientos científicos que le demostraron que negar la existencia de Dios era ya insostenible.
 
Considera esto: el deshilamiento del ADN por la enzima llamada “helicasa”. La enzima abre el hélix de ADN como si fuese una cremallera a 10 mil revoluciones por minuto en el caso de algunas bacterias. Más rápido que la hélice de muchos aviones.
 
La estructura parece una nanomáquina y especulo que se mueve de un escalón a otro en la molécula del ADN mediante diferencias en potencial voltaico. Esa maquinita tiene un fin o meta y no hace otra cosa si no esa.
 
Dentro de sí guarda un propósito, un diseño único que forma la base de toda la vida en este planeta. El mero azar no logra no importa cuantos millardos de años pasen, a menos que haya una inclinación (“bias”) construida en la fibra misma de la materia, que la mueva a que se comporte así de acuerdo a circunstancias dadas.
 
¿Y qué me dices de pi (π)? ¿Cómo es que ese número está injertado en la fábrica misma del universo? Pudo haber sido más de 3,1415792…etc., o menos. Cambia el número en este universo y todo lo demás se “desconchunfla” como decimos los puertorriqueños.
 
¿Es el azar más completo la única explicación de todas las cosas? ¿Podrían 50 chimpancés amaestrados usando máquinas de escribir expandir a π a mil espacios decimales si les damos 13.4 billones de años para hacerlo – y le atrofiamos su evolución, para que continúen siendo chimpancés durante el experimento? ¿Cómo se explica esa precisión, esa baja tolerancia en las constantes fundamentales del universo si no existe ni diseño ni Diseñador?
 
No es que los creyentes seamos brutos. No lo somos y punto. Ni tampoco es que ideamos el concepto de Dios porque le tenemos miedo a la muerte o a la inmensidad del universo y a nuestra pequeñez relativa.
 
Hay muchos creyentes que son así pero muchos que no y yo estoy entre esos últimos. Yo no le tengo miedo a la muerte, pero sí al dolor, por eso es que yo digo que yo puedo ser un mártir de la fe, si y sólo si me matan rapidito…
 
Los creyentes pensamos en grande, los ateos piensan en chiquito. Los creyentes enfrentamos al universo en toda su plenitud y complejidad; los ateos creen hacerlo pero quedan cortos; los creyentes sabemos cuáles son los límites de la razón humana y del método experimental; los ateos aplastan lo primero y mal explican lo segundo mientras que se creen paladines de la razón y su éxito.
 
En fin, que fuimos los creyentes los que inventamos el método experimental porque de la fusión que hicimos en Roma de Atenas y Jerusalén nos permitió concebir de un universo ordenado, aparte del Creador, con leyes propias y descubribles. Por eso es que ese método no surgió ni en la India, China, o en la Arabia, sino en la Europa Judeocristiana.
 
Y no necesitamos lecciones acerca de ello de gente que no cree en Dios. Sería como aprender una sinfonía de Mozart o de Beethoven de maestros carentes de oído musical.
 
Y por eso digo “no gracias” a quienes quieren impartirme esas lecciones, ridiculizando a mi Dios y a mi fe repitiendo los mismos argumentos trillados de siempre y demostrando tener intención alguna de elevar su pensamiento a metas más altas.

La arbitrariedad de las discusiones

Te preguntas cómo acabamos en este tema si empezamos hablando de los ángeles y los demonios y preguntando por qué Dios no los perdona porque Dios mismo los hizo así.
 
La respuesta a eso es achacárselo a lo impredecible de las acciones humanas que empiezan por un lado y acaban por otro. No hay nada malo necesariamente en ello. De hecho, el mal nunca es necesario.
 
Traté de explicarte que Dios no los hizo así, porque Dios no los obligó a ser malos. Dios lo previó, pero no lo predeterminó, porque Dios los hizo libres de amarle o detestarle y ellos escogieron lo último. Es parte de las potencias con las que Dios dotó al universo visible e invisible: el poder de desarrollarse por cauces propios con todas sus consecuencias. Y por eso es que nos desviamos de tema, porque ambos temas están relacionados.
 
Finalmente, y partiendo desde la infinita y eterna inmensidad que es Dios, presumir que uno es más justo que Aquél que es la Justicia misma es un absurdo. Sabemos que Dios es bueno, que Él tiene una buena razón para permitir la maldad, y que los demonios nunca obtendrán perdón.
 
Los detalles de estas cosas, como de tantas otras, las sabremos con el tiempo, acabemos cerca de Dios (el cielo) o lejos de Él (el infierno) y tendremos la eternidad para ponderarlas.
 
¿Y eso de que los seres humanos somos animales? Un dato que ni al mismo santo Tomás de Aquino se le escapó. Somos animales, sí pero más que animales porque llevamos dentro de nosotros mismos la imagen y semejanza de Dios.
 
Que esto es completamente cierto lo prueban los mismos ateos, que mientras alegan que somos animales no soportan ser tratados como tales. ¿Por qué? Porque es injusto, porque tienen derechos, porque no son bestias. Ignoran el sujeto, pero gritan el predicado.
 

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