Aleteia logoAleteia logoAleteia
domingo 05 diciembre |
San Sabas
Aleteia logo
Espiritualidad
separateurCreated with Sketch.

​¿Cómo se logra perdonar?

srgpicker / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 23/04/14

Es una gracia que tenemos que pedir, porque no sabemos cómo hacerlo

¡Cuánto nos cuesta pedir perdón! Sentimos que perdemos algo, que dejamos de tener influencia. Nos resulta duro reconocer nuestra responsabilidad y nuestra parte de culpa. Sentimos miedo al rechazo al mostrarnos frágiles.

Es todo lo contario. Pedir perdón nos hace crecer como personas, nos hace más grandes, más valiosos.

Tendríamos que pensar: ¿A quién y por qué cosas tendría que pedirle perdón? Seguro que sé de algunos a los que no les caigo bien, aquellos que evitan mi compañía, que se alejan cuando llego.

A lo mejor vivimos con personas a las que no les pedimos perdón y están heridos. Nos cuesta pedirle perdón a nuestro cónyuge. A veces lo hacemos sólo para salir del paso.

¡Qué sano aprender a pedir perdón! Aunque nos resulte humillante. En ese acto de generosidad y bondad estaremos siendo grandes, estaremos sembrando semillas de eternidad.

Al pedir perdón podemos además tener la gracia de ser perdonados. El perdón nos hace mucho bien, nos purifica, nos dignifica. Somos perdonados y podemos volver a comenzar.

Recibimos el perdón y Dios en el cielo hace una fiesta. Escuchamos de lo más alto: «Tú eres mi hijo amado, mi predilecto». Cuando aprendemos a pedir perdón a los hombres nos será más fácil pedirle perdón a Dios.

Hoy cuesta la confesión porque el hombre se ha acostumbrado en sus relaciones a no pedir perdón, a no reconocer el error y la culpa. Por eso es tan sano pedirle perdón a Dios por nuestras actitudes, actos y omisiones. Porque nos hace bien pedir perdón y recibir ese abrazo de Dios en el alma.

Pero es necesario al mismo tiempo purificar nuestra memoria, los recuerdos del alma. En ocasiones miramos nuestra historia y pensamos que no tenemos nada contra nadie, que estamos en paz con todos.

Lo cierto es que, a lo largo de nuestra vida, hemos sido ofendidos y heridos. Nuestra memoria está dañada. Basta con escarbar un poco en el pasado, y salen a la luz muchas heridas y rencores.

Hacemos silencio y nos preguntamos: ¿Quién me ha ofendido alguna vez? ¿Quién ha hablado mal de mí? ¿Quién me ha ninguneado y ha evitado estar conmigo? ¿A quién guardamos rencor en el alma? ¿Quién nos ofendió con palabras y gestos? ¿Quién no nos agradeció lo que hicimos?

Nuestra memoria guarda en el corazón todo lo sucedido. Lo guarda grabado a sangre y fuego. Por eso, cuando súbitamente dejamos aflorar lo que hay en lo más hondo, volvemos a sentir la frustración, el dolor, la ofensa, como si acabara de ocurrir hace tan sólo unos momentos.

Sí, tenemos enemigos y tienen un rostro concreto. A lo mejor ellos ignoran su condición. Tal vez ni saben que nos han hecho daño o piensan que ya lo hemos olvidado y perdonado. Pero la verdad es que nos duele el alma al sentirnos heridos y al saber que otros han sido heridos por nuestras palabras y obras.

Queremos pedirles a Dios y a María que entreguemos nuestra historia, nuestros dolores, nuestras pequeñas amarguras, nuestras heridas, y les pidamos que nos purifiquen el corazón. Sólo Ellos pueden sanar nuestras heridas y darnos paz. Nosotros no somos capaces.

Dios nos enseña a perdonar, pero no es tan fácil. Porque el corazón graba con fuego en la piel del alma. Parecen no borrarse las heridas, no desaparecer la sangre. El dolor continúa. No es tan sencillo.

El alma esté herida por ofensas y desprecios. ¡Cómo se graba la herida en lo más profundo del alma! ¡Qué difícil perdonar y olvidar! ¡Cómo es ese corazón nuestro que ama tanto y sufre tanto!

¿Es el orgullo el que nos impide pasar página? ¿Es el miedo a volver a ser heridos el que no nos deja olvidar del todo para protegernos y estar alertas? Necesitamos perdonar para volver a recorrer los caminos ya pisados. Es el desafío de aprender a dar perdón y ser misericordiosos. Es un misterio.


Un gesto de perdón por nuestra parte nos abre el corazón del que ha sido perdonado. Pero muchas veces no somos capaces de perdonar y olvidar. Si no lo hacemos, no podremos nunca llegar a movernos con libertad.

Tendremos miedo al dolor. Pensaremos en la herida y nos asustará que vuelva a abrirse. Pero, ¿cómo se perdona? Es una gracia que tenemos que pedir, porque no sabemos cómo hacerlo.

Decía el Papa Francisco: «En cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío».

Perdonar para volver a confiar, como dice el Padre José Kentenich: «Mantener la fe en lo bueno que hay en el ser humano. A pesar de las decepciones sufridas, a pesar de los errores, a pesar de las duras luchas. Que no haya nada que socave la fe en lo bueno del ser humano. Por experiencia sabemos que cuando alguien dice o da a entender: -No creo más en ti. Todo en él se bloquea».

Es verdad que el perdón de Dios nos sana, nos libera, nos levanta. Dios perdona siempre y olvida, cree en nosotros, en la bondad de nuestro corazón y no se deja confundir por nuestro pecado. Es un misterio, un don, una gracia que recibimos de rodillas. Su misericordia tiene que ayudarnos a ser misericordiosos con los que nos ofenden.

Pero, ¡cuánto nos cuesta perdonar! Guardamos las ofensas. Decimos que perdonamos y en seguida lo echamos en cara y no olvidamos. La herida sigue sangrando y no somos capaces de perdonar y olvidar como hace Dios.

Él sí que nos perdona y no lleva cuenta del mal, no guarda el rencor, no lo alimenta, simplemente lo olvida. Sabe que somos mucho más valiosos que la ofensa que cometimos. Somos sus hijos. Hechos a su imagen y semejanza. Dios nos perdona para que nosotros aprendamos a perdonar con un corazón alegre.

A veces, al perdonar, queremos que el que nos ofendió haga algo más, restituya, sane, cure la herida causada. Queremos actos que restablezcan la justicia y la paz. Queremos que nos dé algo a cambio de nuestro perdón y nuestro olvido.

Por eso, cuando esos actos no se dan, no perdonamos, porque nos parece injusto, porque nos sentimos de nuevo ofendidos. Otras veces simplemente queremos que el que nos ha ofendido cambie, mejore, no vuelva a cometer nunca el mismo pecado.

Queremos que no lo vuelva a hacer nunca más, que cambie de actitud para siempre. Queremos la conversión inmediata, sin dilación. La ofensa ha minado nuestra confianza y queremos que sus actos sanen la confianza perdida.

Pero el perdón nunca se puede dar de forma condicionada. Ayuda a sanar las heridas el hecho de pedir por el que nos ha ofendido e intentar ponernos en su lugar. O perdonamos o no perdonamos, pero no podemos perdonar con condiciones.

Cuando nos piden perdón, tenemos que ser generosos y ayudar a que el otro no se sienta mal. Se lo podemos poner fácil. No cebarnos, ser acogedores. En ese momento el que pide perdón está en inferioridad.

Por otro lado, esa cicatriz que ha dejado la ofensa en el corazón, cuando nos piden perdón, a veces se borra, pero a veces no. Permanece y forma parte de nuestra vida.

Nuestro corazón será un corazón con cicatrices, un corazón que ha amado y ha sufrido. Queremos acostumbrarnos a mostrársela a Dios como expresión de nuestra fragilidad. En definitiva, queremos aprender a perdonar como perdona Dios.

Y es que Jesús no le pidió al buen ladrón el arrepentimiento por sus malas obras. Al mismo tiempo el Padre de la parábola del hijo pródigo no le pide a éste que se arrepienta y cambie de actitud antes de hacerle una fiesta por su regreso.

Así es Dios. Así estamos llamados a ser nosotros. Aunque nos parezca imposible. Incluso injusto.

Pero, ¿cómo perdonaba María las ofensas? ¿Cómo perdonó Cristo a los que le mataban y lo miraban al pie de la cruz? El perdón es generoso, libera, engrandece al que lo da y sana al que lo recibe.

Tags:
almaperdon
Apoye Aleteia

Usted está leyendo este artículo gracias a la generosidad suya o de otros muchos lectores como usted que hacen posible este maravilloso proyecto de evangelización, que se llama Aleteia.  Le presentamos Aleteia en números para darle una idea.

  • 20 millones de lectores en todo el mundo leen Aletiea.org cada día.
  • Aleteia se publica a diario en siete idiomas: Inglés, Francés, Italiano, Español, Portugués, Polaco, y Esloveno
  • Cada mes, nuestros lectores leen más de 45 millones de páginas.
  • Casi 4 millones de personas siguen las páginas de Aleteia en las redes sociales.
  • 600 mil personas reciben diariamente nuestra newsletter.
  • Cada mes publicamos 2.450 artículos y unos 40 vídeos.
  • Todo este trabajo es realizado por 60 personas a tiempo completo y unos 400 colaboradores (escritores, periodistas, traductores, fotógrafos…).

Como usted puede imaginar, detrás de estos números se esconde un esfuerzo muy grande. Necesitamos su apoyo para seguir ofreciendo este servicio de evangelización para cada persona, sin importar el país en el que viven o el dinero que tienen. Ofrecer su contribución, por más pequeña que sea, lleva solo un minuto.

Oración del día
Hoy celebramos a...





Top 10
Ver más
Newsletter
Recibe gratis Aleteia.