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Juan XXIII: Anécdotas de dos guerras mundiales

© Patriarcado de Venecia

Aleteia Team - publicado el 17/04/14

Conoce la divertida anécdota de la cena improvisada en la Nunciatura de París

La primera guerra mundial

Habiendo hecho ya el servicio militar siendo seminarista, es movilizado como sargento al estallar la guerra. Por su generosa actuación en San Ambrosio de Milán es ascen­dido a teniente. Finalmente es trasladado a Turín, al hospital de Porta Nuova y nombrado primer capellán. Bigotudo, dinámico, de franca sonrisa. Atendía a todos, a todos brindaba una palabra de alien­to. Se sentaba junto a la cama de los heridos, siempre con una palabra de esperanza para hacerlos sonreír. Organizó servicios de correos para los soldados enfer­mos. Consideraba vital para ellos recibir noticias de sus familias, soliendo decir esta frase:

-Una carta que llega de la familia surte a veces más efecto que dos semanas de tratamiento médico.

«Era, con mucho -dice un suboficial- el hombre más popular del hospital».

Tras la firma de la paz, regresó a Bérgamo para encargarse de la dirección espiritual de los clérigos, el Papa Pío XI le llamó a Roma en 1920 para encomendarle la preparación del año santo de 1925 y una exposición misionera antes de enviarle, en 1924, a Sofía como administrador apostólico.

Más tarde, siendo ya arzobispo de Areópolis y delegado apostólico en Turquía, el presidente Ataturk, creador de la Turquía moderna, quiso hacer una nación poderosa transformando la nación islámica en un Estado aconfesional. Ni escuelas católicas, ni conferencias, ni proselitismo reli­gioso. En cuando a la vestimenta, nada de sotanas ni de hábitos ni tocas ni ningún signo externo de religiosidad. Se formó un auténtico caos entre el clero y las mon­jas, protestaban y algunas hasta lloraban, impotentes ante la orden presidencial.

El delegado apostólico no se apuraba por nada. Es más, hasta a veces se reía del ridículo de algunos con su traje nuevo. ¡Y no digamos las monjas! Un día los reunió a todos, tratando de conven­cerles de que lo importante era el interior y no la facha­da, y de que el hábito no hace al monje, etc. Luego, para dar ejemplo el primero, mandó que compraran cuatro trajes, uno para él y los otros tres para cada uno de sus ayudantes. Vestidos de aquella manera, entre bromas y veras, surgió el problema entre los hombres: no sabían hacerse el nudo de la corbata. El buen arzobispo, riendo, comenzó a hacérselo a cada uno mientras repetía alborozado y divertido:

-Chicos, yo aprendí a hacer este nudo en el ejército.

Y se reía de buen grado al mismo tiempo que los ani­maba a todos con alguna palmadita en el flamante  traje.

La segunda guerra mundial

Estalló la segunda guerra mundial residiendo como delegado apostólico en Estambul. Hacía cuanto podía para ayudar y aliviar a todos, pero en especial a los ju­díos, perseguidos y muertos a miles. Para ello le servía de mucho la amistad que mantenía con el embajador alemán nazi Von Papen. Un día éste fue a visitar al arzobispo Roncalli para hacerle una extraña y peliaguda proposición: interceder con su prestigio, ante el papa Pío XII, a fin de que apoyara a las tropas de Hitler. Las razones que daba Von Papen era que luchaban contra el comunismo, enemigo asimismo de la Iglesia. La respuesta de Roncalli fue tajante y dura a pesar de la amistad con el embajador. Preguntó al poderoso Von Papen:

-¿Y qué le diré yo al papa cuando me pregunte por los horrores que están cometiendo ustedes con miles de pobres judíos?

Von Papen no contestó nada. Su amistad con el arzo­bispo no impidió que éste empleara toda su artillería dejando a un lado su fina diplomacia.

Posteriormente, el año 1935, fue designado delegado apostólico en Atenas donde vivió, para ventura del pueblo grie­go, su resistencia frente a Alemania e Italia en la Segunda Guerra Mundial, reclamando y obteniendo del Vaticano continuas ayudas en forma de medici­nas y alimentos.

Nuncio apostólico en París

Liberada Francia en agosto de 1944, Pío XII nombra a Roncalli nuncio apostólico en París, en un tiempo en que el Estado francés estaba dominado por los partidos de izquierda. Al poco tiempo de su llegada se le planteó un problema gravísimo: veinticuatro obispos católicos habían sido expedientados como traidores a Francia durante la Resistencia. Eran tachados de colaboracio­nistas con los nazis y amigos leales del mariscal Petain y de su gobierno de Vichy. La acusación era grave, pero con escasas pruebas. El presidente de Francia era Bidault. Como al nuncio Roncalli le parecían pocos los informes de culpabilidad de los obispos, pide a la Resistencia con serenidad los gruesos «dossiers» y un tiempo suficiente para hacer por su cuenta un detallado estudio de los mismos.

Seis meses de duro trabajo a conciencia por parte del nuncio. Al cabo de los mismos pide audiencia a Bidault y, poco a poco, con finísima habilidad, va descartando ante el presidente nombres y nombres de obispos con­denados. Al final, sólo expedientan a tres de ellos. “Los demás, decía con gracia, los coloco debajo del solideo y respondo de ellos”. Con su terquedad campesina, su exquisito tacto diplomático y su bondad con todos, lo había consegui­do. No en vano los franceses le llamaron con el tiempo “el conciliador”.

Corrió por todo París el siguiente suceso protagoni­zado por el nuncio: Había invitado a cenar en la nunciatura a varios per­sonajes importantes. Aturdido por tantos compromisos oficiales, se había olvidado por completo de la invita­ción cuando llegó el día. Ni cocinera ni cena aparecían por casa cuando empezaron a llegar los comensales: un rector de universidad, un empresario, algún obispo, etc. Cayó en la cuenta el nuncio del compromiso de la cena y, avergonzado, pidió humildemente excusas a los invitados, pero rápidamente reaccionó con entusiasmo ante el asombro de todos, diciéndoles: “Les tengo que confesar, empezó, que me he olvida­do por completo de la invitación. La cocinera ha mar­chado, no hay nadie que prepare la cena. Tendremos que prepararla nosotros. Así, si les parece, que cada cual prepare lo que sepa buenamente echando mano de lo que haya en la cocina. Al principio se quedaron los invitados atónitos y en silencio, después rompieron a reír, divertidos.

Y su excelencia, ¿qué preparará?, preguntó uno. “Yo ya lo tengo pensado; un plato de ‘polenta’ ita­liana que aprendí de mi madre. En Sotto il Monte lo lla­man ‘el plato del Señor’ porque no falta en ninguna casa por pobre que sea. Les gustará, ya verán. Ah, y otra cosa, diré a todo el mundo que jamás he visto ni veré a personajes tan importantes como ustedes comiendo mi ‘polenta’ vestidos de esmoquin”. Todos rieron de muy buena gana y comenzaron la tarea de la cena. Al día siguiente el París elegante y social contaba entre risas de simpatía la famosa cena de la ‘polenta’ en la residencia del señor nuncio.

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