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Cómo la “Pacem in Terris” ayudó a cambiar el mundo

© US Department of State
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Inauguró una nueva era tras la crisis de los misiles de Cuba, cuando la humanidad estuvo al borde de la catástrofe

El 11 de abril de 1963, Jueves Santo, el Beato Juan XXIII firmaba una de las encíclicas más importantes del siglo XX, Pacem in terris. Sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Era la primera encíclica dirigida no sólo a los católicos, sino “a todos los hombres de buena voluntad”. Meses antes, el planeta había estado al borde del cataclismo, con la crisis de los misiles cubanos. Aquel episodio coincidió con la apertura del Concilio Vaticano II, una de cuyas prioridades era la búsqueda de nuevas formas de relación de la Iglesia con el mundo
 
Juan XXIII sabía que le quedaba poco tiempo de vida (moriría, de un cáncer, el 3 de junio). En diciembre de 1962, dio instrucciones a los redactores del borrador de su proyectada encíclica sobre la paz, inspirada en La Ciudad de Dios, de san Agustín, que el Nuncio Roncalli leyó durante la Segunda Guerra Mundial, en Estambul. Al Papa le interesaba también el tono. La encíclica no debía dar sólo argumentos, sino apelar también al corazón, y lanzar un mensaje de paz que todo el mundo comprendiera.
 
“El mundo al cual se dirigía Juan XXIII se encontraba en un profundo estado de desorden”, escribía Juan Pablo II, en el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz 2003, a los 40 años de la encíclica-. Tras dos guerras mundiales, se consolidaban “sistemas totalitarios demoledores”, y la Iglesia padecía “la mayor persecución que la Historia haya conocido jamás”. El mundo estaba dividido en dos bloques. “Sólo dos años antes de la Pacem in terris, en 1961, se erigió el muro de Berlín”, recordaba el Papa polaco. Y en octubre del año siguiente, la crisis de los misiles en Cuba llevó al mundo “al borde de una guerra nuclear”. Pese a todo, “el Papa Juan XXIII no estaba de acuerdo con los que creían imposible la paz” y “logró que este valor fundamental -con toda su exigente verdad- empezara a hacerse sentir en ambas partes de aquel muro y de todos los muros”.
 
El Papa Roncalli percibía signos alentadores en los tiempos, sobre todo una mayor concienciación sobre el respeto a los derechos humanos, incluida la libertad religiosa y de conciencia, la mayor presencia de la mujer en la sociedad, o los derechos de los trabajadores. Juan XXIII toma esta nueva sensibilidad como punto de partida, para lanzar el mensaje de que no hay derecho sin el correlato de un deber, o que “la paz no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en el interior de cada hombre, es decir, si primero no guarda cada uno en sí mismo el orden que Dios ha establecido”. Pero la gran novedad de esta encíclica sobre la paz y los derechos humanos es que plantea un lugar de encuentro con personas de otras religiones y con los no creyentes. Algunas afirmaciones resultaron entonces sorprendentes, como los elogios a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, o la propuesta de “una autoridad pública de alcance mundial”.
 
“La encíclica del Papa Juan ha sido y es una fuerte invitación a comprometerse en ese diálogo creativo entre la Iglesia y el mundo, entre los creyentes y los no creyentes, que el Concilio Vaticano II se propuso promover”, decía Benedicto XVI, en abril de 2012, en su Mensaje a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales. “Ofrece una visión profundamente cristiana del lugar que ocupa el hombre en el universo, confiada en que, obrando de este modo, propone un mensaje de esperanza a un mundo que tiene hambre de ella, un mensaje que puede resonar entre las personas de todas las creencias y de las que no tienen ninguna, ya que su verdad es accesible a todos”.

 
Juan XXIII fue el primer Papa que recibió a un Primado anglicano, sorprendió al invitar a Delegados de otras confesiones cristianas al Concilio y mantuvo cordiales relaciones con personalidades agnósticas. También abrió una nueva etapa de diálogo con el bloque soviético. La vía que él señalaba para el diálogo es la persona. Un acento característicos de la Pacem in terris es justamente la diferenciación entre el error y el «hombre que yerra», que «no queda por ello despojado» de su dignidad, ni «le faltan al hombre las ayudas de la divina Providencia» en la búsqueda del camino de la verdad.
 
Con la Pacem in terris, Juan XXIII habla al mundo entero, y consolida el rol de la Santa Sede como instancia moral mundialmente reconocida. Por primera y última vez, el New York Times publica íntegra una encíclica. El documento es incluso traducido al ruso, y elogiado en el diario oficialista soviético Pravda.
 
En Europa Occidental, la encíclica abre nuevas posibilidades en la colaboración de la democracia cristiana con las formaciones de izquierda, incluidas las comunistas; y en las relaciones Este-Oeste, sienta las bases para la Ostpolitik vaticana, no sin originar nuevos riesgos. Surgen tentativas de manipulación, con ofertas trampa de diálogo a la Iglesia en los países comunistas, que en realidad sólo pretenden domesticarla.
 
Pero el tiempo ha demostrado que ése no era el mayor obstáculo. Diez años después de la Pacem in terris, en 1973, el cardenal Maurice Roy, en su célebre carta a Pablo VI, alude a la dificultad de establecer un entendimiento con buena parte del mundo laico sobre la ley natural, dado que ésta es vista como anacrónica, “una reliquia de la filosofía griega”. Y sin esa base, se hace muy difícil compartir una misma visión sobre los derechos humanos.
 
La brecha se ha agrandado, con la proliferación de supuestos nuevos derechos, como el aborto, o la redefinición legal del matrimonio, que han relativizado el concepto del Derecho y de la moral. Uno de los grandes empeños de Benedicto XVI fue la recuperación de la ley natural como ámbito universal de encuentro, accesible a la razón humana, a creyentes y no creyentes. El reto sigue abierto.

Por Ricardo Benjumea, redactor jefe de Alfa y Omega

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