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Radio Vaticano - publicado el 16/04/14 - actualizado el 29/12/18

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Queridos hermanos y hermanas

A mitad de la Semana Santa, la liturgia nos presenta el relato de la traición de Judas, que se dirige a los jefes del Sanedrín para hacer negocio y entregarles a su Maestro. “Cuanto me dais si lo entrego”, Jesús desde ese momento tiene un precio, que Él elige con absoluta libertad. Lo dice claramente Él mismo: “Yo doy mi vida… Nadie me la quita: yo la doy por mi mismo. Tengo el poder de darla y el poder de recuperarla de nuevo” (Jn 10,17-18). Y así comienza el camino de la humillación y de la expoliación, recorre este camino de la humillación y de la expoliación hasta el final.

Jesús alcanza la completa humillación con la “muerte de cruz”. Se trata de la muerte peor, la reservada a los esclavos y a los delincuentes. Jesús era considerado un profeta, pero muere como un delincuente. Contemplando a Jesús en su pasión, encontramos la respuesta divina al misterio del mal, del dolor, de la muerte. Muchas veces sentimos horror por el mal y el dolor que nos rodea y nos preguntamos: “¿Por qué Dios lo permite?”. Es una profunda herida para nosotros ver el sufrimiento y la muerte, ¡especialmente la de los inocentes!. Cuando vemos sufrir a los niños, es una herida en el corazón, el misterio del mal, y Jesús toma todo este mal, todo este sufrimiento sobre si. Esta semana nos hará bien a todos nosotros besar el crucifijo, besar las llagas de Jesús, besar el crucifijo. El ha tomado sobre sí el sufrimiento humano, se ha “endosado” todo ese sufrimiento.

Nosotros esperamos que Dios en su omnipotencia derrote la injusticia, el mal, el pecado y el sufrimiento con una victoria triunfante. Dios nos muestra en cambio una victoria humilde que humanamente parece un fracaso. Podemos decir que Dios vence en el fracaso. El Hijo de Dios, de hecho, aparece en la cruz como un hombre derrotado: sufre, es traicionado, es insultado y finalmente muere. Pero Jesús permite que el mal se encarnice con Él para vencerlo. Su pasión no es un incidente; su muerte – esa muerte – estaba “escrita”. No tenemos explicación, es un misterio desconcertante, el misterio de la gran humildad de Dios: “Dios amó tanto al mundo que le entregó a su Hijo unigénito” (Jn 3,16).

Esta semana pensemos mucho en el dolor de Jesús y digámonos a nosotros mismos: esto es por mi, aunque yo hubiera sido la única persona en el mundo, él lo habría hecho, lo ha hecho por mi. Besemos al crucificado y digamos, por mi, gracias Jesús, por mi.

Cuando todo parece perdido, cuando ya no queda nadie porque golpearán “al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño” (Mt 26,31), entonces es cuando interviene Dios con el poder de la resurrección. La resurrección de Jesús no es el final feliz de un bonito cuento, no es el happy end de una película, sino la intervención de Dios Padre, es allí donde se funda la esperanza humana. En el momento en el que todo parece perdido, en el momento del dolor en el que tantas personas sienten como la necesidad de bajar de la cruz, es el momento más cercano a la resurrección. La noche se hace más oscura precisamente poco antes de que empiece la mañana, antes de que empiece la luz. En el momento más oscuro interviene Dios y resucita.

Jesús, que eligió pasar por este camino, nos invita a seguirlo en su mismo camino de humillación. Cuando en ciertos momentos de la vida no encontramos vía de escape a nuestras dificultades, cuando nos hundimos en la oscuridad más espesa, es el momento de nuestra humillación y expoliación total, la hora en que experimentamos que somos frágiles y pecadores. Y precisamente entonces, en ese momento, que no debemos enmascarar nuestro fracaso, sino abrirnos confiados a la esperanza en Dios, como hizo Jesús. Queridos hermanos y hermanas, esta Semana Santa nos hará bien coger el crucifijo en mano y besarlo muchas veces, y decir: gracias Jesús, gracias Señor. Así sea.

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