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La Iglesia debería ser especialista en el hombre

Svenwerk
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Entrevista al arzobispo de León (México), nuevo miembro del Pontificio Consejo para la Cultura

El Papa Francisco nombró, recientemente, al arzobispo de León (México), monseñor Alfonso Cortés Contreras como miembro del Pontificio Consejo Para la Cultura, a cuyo frente se encuentra el cardenal Gianfranco Ravasi. 

Monseñor Cortés –quien está, también, al frente de la dimensión de Educación de la Conferencia del Episcopado Mexicano—accedió a sostener una entrevista con Aleteia en su casa de León, en el Estado mexicano de Guanajuato, lugar que ocupa el centro católico de México y donde fue la última visita de un Papa a México, la de Benedicto XVI en marzo de 2012.

Monseñor Cortés, ¿cuál piensa usted que es el sentido de su nombramiento?  En otras palabras, ¿piensa usted que se trata de una propuesta del Papa de una aportación a la cultura por parte de la Iglesia mexicana; de la Iglesia latinoamericana?

Me guío en lo que decía el Papa Juan Pablo II: una fe que no se hace cultura, no es ni acogida ni pensada ni vivida.  Donde noto un vacío desde la Iglesia es en una reflexión de antropología filosófica.  Esto es, que el ser humano no se desarrolla sin la cultura.  Su modo de vivir, de pensar, de amar son sus formas culturales. Si al ser humano se le deteriora la cultura, se deteriora él mismo.  Y hoy asistimos a la producción de una sociedad sin rumbo, sin sentido.  Quiero pensar que en ese lugar estaría nuestra aportación, porque sin cultura no habrá una sociedad fraterna.

Sin cultura no hay posibilidad de integrar el Evangelio…

El Evangelio, en efecto, no puede ir en el vacío.  El Evangelio va al hombre concreto.  Cuando nosotros decimos: la misión principal de la Iglesia es educar, estamos diciendo que el centro de nuestra acción es acompañar al ser humano concreto, ayudarlo con la luz de la fe a darle sentido y razón de su existencia.  El Evangelio, entonces no puede prescindir de la cultura del ser humano. 

¿La Iglesia es especialista en humanidad?

La Iglesia debería ser especialista en el hombre; darle al hombre una cultura profunda. Cambiaríamos mucho si formamos presbíteros pedagogos del pueblo de Dios.  El presbítero debería ser un hombre competente, que sepa entender los procesos culturales de su entorno. Hablar bien de Dios supone hablar bien del hombre.

¿Poco se está dando este proceso en los seminarios; me refiero a la relación que describe tan hermosamente Jean Leclercq, aquella que va del amor a las letras al deseo de Dios?

Estoy convencido de que hay que reformar cuando menos dos realidades de los presbíteros: la cultura y la educación, por una vía y, en paralelo, la espiritualidad.  Si reformamos la cultura y la educación de un sacerdote, lo humano va a florecer en él; se le van a quitar los complejos, el retraimiento ante la soledad, la infravaloración de sí mismo como ser humano…  Y por el otro lado, la espiritualidad.  Se trata de forjarnos con una espiritualidad madura, evangélica, profunda. De actitudes y no solamente de actos.  Una espiritualidad que va a recrear la idea del buen pastor.

¿Tanto como una reforma?

Estoy convencido de que se trata de una reforma, una reforma profundísima.

El sacerdote, tanto como el laico tenemos que recuperar un sitio importante en el debate público, en la vida de la sociedad, ¿no le parece?

Sí, pero se trata de un reflejo mayor.  La espina dorsal de los problemas por los que atravesamos –como Iglesia, como sociedad—es un problema de carácter cultural.  Si lo centramos al terreno propio de nuestra acción pastoral, nuestro gran reto es generar cultura cristiana.  Dicho de otra forma: yo veo que está ocurriendo una descristianización silenciosa.  No estamos generando cultura, aunque hayamos hecho muchos actos de culto.  Tenemos que hacer, de la misma forma y con la misma intensidad, actos de formación de cultura que actos de culto.

¿Por qué el Papa Francisco tiene esa capacidad de transmisión de la cultura cristiana incluso con los no creyentes?

Porque existe una sed de interpretarse.  Y se están interpretando en los signos y en los que esos signos conllevan.  La doctrina es importante, pero en el Papa Francisco, los signos son importantísimos.  El hecho de que su primer viaje fuera a Lampedusa, a la humanidad le dijo mucho más que la doctrina. 

Es también el signo de salir del clericalismo…

Sí, y siguiendo con los signos, en su exhortación “La Alegría del Evangelio”, el Papa no comienza diciendo: “A los señores cardenales, a los señores arzobispos y obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los fieles laicos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad…”, sino que comienza diciendo: “Me dirijo a la Iglesia…”.  No es que los sacerdotes o los obispos no tengamos un lugar específico en la Iglesia, pero creo que el Papa quiere darnos un mensaje: que nos entre en el corazón que somos pueblo de Dios; que seamos capaces de tomar decisiones pastorales junto con los laicos.  Eso nos cuesta mucho.  Pero tenemos que entender que existen grandes campos de la Iglesia que deben estar en manos de los laicos: la comunicación, la educación, la cultura, la salud…

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