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¿Cómo celebramos la semana santa?

James Butler

Juan Ávila Estrada - publicado el 12/04/14

​En pocos días, la Iglesia católica celebrará el acontecimiento que marcó la historia de los inicios de su evangelización: la crucifixión, muerte y resurrección del Señor.

La vida es una celebración. Todo en ella tienes visos de gozo y de fiesta; desde que nacemos hasta que morimos (de ahí que muchas culturas acompañen con danzas los rituales exequiales de sus difuntos). No hay acontecimiento alguno que no esté acompañado de comida y bebidas para todos los invitados exaltando con ello el acontecimiento que toca directamente el corazón. Aunque tales momentos van acompañados de ciertos rituales y logística propias, nunca debemos olvidar lo esencial para no acentuar la atención en lo accesorio.

Por eso, independientemente de lo que aparece, es importante conocer lo que se celebra. No hay celebración verdadera cuando no hay conocimiento del hecho celebrado.

En pocos días, la Iglesia católica celebrará el acontecimiento que marcó la historia de los inicios de su evangelización: la Pascua de Cristo, es decir, la Crucifixión, Muerte y Resurrección del Señor. Tales hechos los resumimos en una semana que solemos llamar Semana Santa y en la que hacemos un recorrido de los últimos acontecimientos vividos por Jesús antes de morir en la cruz y resucitar para nuestra salvación. Ciertamente es una temporada utilizada por muchos para descansar y pasear, pero quienes creemos en el Señor Jesús estamos llamados a unirnos a Él en la contemplación de su misterio redentor.

La razón por la que muchas veces no entendemos el carácter de una celebración cualquiera, se debe a que, o no conocemos al homenajeado o no hemos asimilado en nuestra conciencia emocional el motivo que nos reúne a celebrar. Es decir, a veces sabemos lo que se celebra, pero no siempre amamos lo celebrado. Me pongo a pensar en los que son invitados a una fiesta  y aman al agasajado y los que son invitados a su vez por los invitados y por no conocer al homenajeado solo están ahí sin celebrar de verdad.

Celebrar la Semana Santa no es simplemente amalgamarnos como una masa humana sin forma alguna donde las  personas  se encuentran accidentalmente para correr día tras día a unos ciertos ritos que no siempre son comprendidos por todos los presentes. Para celebrar la Semana Santa hay que entender la Semana Santa y para entenderla hay que amar a Jesús; solo de esa manera podremos unirnos a Él en un recorrido de amor durante los últimos días de su vida mortal en nuestra tierra.

Quien no logra entender este tipo de cosas se fija en lo accidental para descuidar lo esencial y se aferra a lo accesorio para olvidar lo importante. Muchas veces se considera que lo que cuenta es la cantidad de palmas que adornan el templo o que penden de las manos durante el domingo de Ramos y más aún que el agua bendita los moje cuando el sacerdote los bendiga de lo contrario dicha bendición no llega a él. Se cree que es “necesario” visitar siete monumentos el jueves Santo como en una especie de “paseo religioso” cuando lo que en verdad vale es velar en oración ante la presencia de Jesús Sacramentado recordando la noche de Getsemaní cuando nos animaba  a estar en vela y orar junto a él. Es importante permanecer en la propia comunidad parroquial orando en comunidad junto a Jesús.

Pensamos que lo necesario es hacer una representación teatral del viacrucis mostrando llagas sanguinolentas en un largo, largo camino de la cruz para que este pueda tener más valor salvador. Estamos convencidos que la ornamentación del templo y la calidad artística de los arreglos florales es lo que cuenta a la hora de celebrar los misterios de nuestra salvación. Peor aún si consideramos que  todo tiene su final en la sepultura de Cristo como cuando todos retornan a sus casas después de unas exequias a lamentarse de la muerte del inocente, cuando olvidan que es inconclusa una celebración de la Semana Santa en la que no participemos de la Vigilia de Pascua que es  cuando exaltamos y proclamamos que el Señor está vivo y que su presencia es una realidad en nuestras comunidades.

¿De qué sirve ornar sin celebrar o celebrar sin entender? ¿Por qué acentuar el sentido de nuestras celebraciones en lo meramente exterior, como el recorrido a hacer, las luces de las andas procesionales o la banda musical que lo va acompañar?

Las grandes celebraciones de la Semana Santa son sin duda alguna la Eucaristía de la Cena del Señor el Jueves Santo cuando recordamos la institución de la Eucaristía, la institución del mandamiento del amor y la institución del Sacerdocio católico; el Sábado Santo por la noche tenemos la monumental Vigilia Pascual (Llamada la madre de todas las celebraciones litúrgicas), esto sin incluir las celebraciones dominicales del domingo de Ramos y del domingo de Resurrección, que como es sabido, siempre cuentan como encuentros a los que nunca se debe faltar.

No pongamos el énfasis en la belleza del monumento, ni en el recorrido del viacrucis, ni la ornamentación del Santo Sepulcro ni en el Sermón de las siete palabras. Todos estos encuentros comunitarios hacen parte de la piedad popular y enriquecen la vida espiritual, pero lo verdaderamente celebrativo y a lo que bajo ninguna circunstancia deberíamos faltar es a lo antes mencionado.

Recordando la muerte celebramos el amor de Dios y celebrando la resurrección exaltamos la divinidad de Jesús. Que  nuestra Semana Santa sea Santa y que todo lo que de ella participamos nos traiga frutos de bendición y salvación. Si la entendemos la celebraremos y si la celebramos la gozamos.

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