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América Latina: Aquí se decide el futuro de la Iglesia católica (I)

© ANDREAS SOLARO /AFP

Guzmán Carriquiry Lecour - publicado el 09/04/14

O cómo Benedicto XVI profetizó en Aparecida el pontificado de Francisco

Ha pasada casi desapercibida una muy significativa respuesta que el papa Benedicto XVI dio, en la rueda de prensa informal en el avión que lo llevaba a San Pablo y Aparecida, a un periodista que osaba considerar su pontificado muy marcado por un eurocentrismo y cierto descuido de América Latina. El Papa Benedicto XVI señalaba en esa ocasión que conocía y amaba mucho a América Latina  y concluía afirmando textualmente: “estoy convencido que aquí se decide, al menos en parte, y en una parte fundamental, el futuro de la Iglesia católica: esto para mí ha sido siempre evidente”.

En su primer viaje apostólico a nuestras tierras, no podía estar ausente de las reflexiones del papa Ratzinger que los latinoamericanos alcanzaban ya más de un 40% de los católicos del mundo entero y que este porcentaje estaba aún destinado a crecer en las próximas décadas. Incluso habría que sumar los 60 millones de hispanos que viven en Estados Unidos, en fuerte crecimiento migratorio y demográfico, a tal punto que en este mismo mes de marzo de 2014 por primera vez la población hispana supera a la población anglo en el estado de California, que hacia el 2025 los hispanos constituirán la mitad de los católicos estadounidenses y que hacia mediados de siglo los hispanos habrán superado ampliamente la cuarta parta de la población de ese gran país, convertido en un laboratorio cultural de imprevisibles consecuencias. 

No nos dejamos encandilar por las estadísticas, que no lo muestran todo, pero quien no tiene en cuenta el peso de los números o es distraído o es tonto.

Que el promedio de los bautizados católicos en América Latina esté por el 80% y llegue a superar el 90% en México y América Central nos está mostrando el muy profundo arraigo de la fe católica en nuestro sustrato cultural y en nuestra historia (no obstante que una parte importante de los pueblos latinoamericanos no haya contado, por más de un siglo, con la presencia del sacerdote, el cuidado pastoral y la reinformación catequética). Incluso, la prestigiosa agencia de estudios estadísticos “Latinobarómetro” releva que la Iglesia católica es aún la institución que goza del mayor consenso, credibilidad y confianza en nuestros pueblos. Por eso, tiene razón el episcopado latinoamericano cuando en la introducción del documento de Aparecida afirma que “el don de la tradición católica es un cimiento fundamental de identidad, unidad y originalidad de América Latina y el Caribe: una realidad histórico-cultural marcada por el Evangelio de Cristo, realidad en la que abunda el pecado  – descuido de Dios, conductas viciosas, opresión, violencias, ingratitudes y miserias – , pero donde sobreabunda la gracia de la victoria pascual” (n. 8). Tal “la originalidad histórico-cultural que llamamos América Latina”, se lee en el documento de Puebla, patria grande de hermanos unidos por profundos vínculos comunes, “cuya identidad se simboliza luminosamente en el rostro mestizo de Nuestra Señora de Guadalupe”.

Por eso también, mientras el papa Benedicto XVI preveía, desde una óptica predominantemente europea,  un presente y todavía más un futuro de “minorías creativas” en medio del desierto de la secularización y descristianización, en América Latina la Iglesia, no obstante todas sus deficiencias, sigue siendo pueblo de Dios entre los pueblos, no sólo en su autoconciencia teológica sino también en su consistencia histórica, social y cultural. No es por casualidad que el pontificado del papa Francisco privilegie esa imagen conciliar de la Iglesia como pueblo de Dios en camino, destaque el tesoro de la religiosidad popular – arraigo, reserva y potencial de la fe de nuestros pueblos – y urja a los Pastores a una compenetración de caridad, misericordia y anuncio respecto a los sufrimientos y esperanzas de los pueblos.


De Benedicto a Francisco

¿Acaso la elección del primer Papa latinoamericano en la historia bimilenaria de la Iglesia no es también, de algún modo, un signo más de declino europeo? Después de los siglos de su expansión mundial hegemónica, Europa dejaba de ser el centro del mundo en la posguerra, cuando emergía el mundo bipolar. Cauce de la inculturación y propagación del Evangelio desde la primera expansión apostólica en el Mediterráneo, esa tradición católica de Europa, en tiempos de boom económico y de desarrollo de su sociedad del bienestar, tuvo papel protagónico en la preparación y realización del Concilio Ecuménico Vaticano II. Sin embargo, ya desde hace cierto tiempo Europa sufre un declino económico, político y cultural y, en la base de ello, ese misterio de inaudita descristianización que ha ido socavando lo que fue la gran “Respublica Christiana”, sumiéndola en grave desconcierto y desorientación. El papa Ratzinger fue extraordinaria personalidad, capaz de recapitular y expresar la gran tradición “clásica” y humanista de Europa e inseparablemente su gran tradición católica. Fue como uno de los últimos y el mejor de los europeos de nuestro tiempo, santo, sabio, maestro, don para la Iglesia universal. Pero ahora los vientos del Espíritu llevaban a saltar el Océano y a traer un Sucesor de Pedro del “Nuevo Mundo” americano.

La más impactante sorpresa de Dios es el concentrado muy rápido del pasaje de un tiempo eclesiástico tenso, dramático, oscuro en ciertas cuestiones – sufrido por ese hombre santo, sabio y lleno de humildad y mansedumbre que fue el papa Benedicto XVI-, con una Iglesia bajo asedio y virulentas críticas en lo que fue un “via crucis” de su pontificado, a la explosión de alegría, expectativas y esperanzas con el pontificado del papa Francisco. Resuenan, pues, especialmente las palabras exclamadas por Benedicto XVI en la hora de su renuncia: “No somos nosotros que conducimos la Iglesia; ni siquiera el Papa conduce la Iglesia. Es Dios quien la conduce”. El Espíritu de Dios sabe cómo y cuando suscitar un resurgimiento cristiano en las almas. Y a todos se pide que acojan esas sorpresas de Dios más allá de las propias seguridades materiales, eclesiásticas, espirituales e ideológicas.

Permítanme, sin embargo, afirmar que es obra del demonio – el príncipe de la mentira y la división – comparar obsesivamente e incluso contraponer ambos pontificados, sea para quedarse aferrados nostálgicamente al pontificado del papa Ratzinger y de allí tomar distancia crítica del actual pontificado, sea para exaltar al papa Bergoglio e denigrar al anterior pontificado, sin comprender esa historia ininterrumpida de amor que es la Iglesia, custodiada por los Sucesores de Pedro, tan unidos y tan diversos. Pero que sea bien claro que, por gracia de Dios, el actual Sucesor de Pedro, Vicario de Cristo y Pastor Universal, el único Papa reinante, a quien debemos devoción, fidelidad y obediencia, a quien tenemos que amar y seguir, es el papa Francisco.

Papa Francisco y sus circunstancias

Pues bien, sabemos por cierto que el Sucesor de Pedro no es elegido, in primis, por su proveniencia regional y por cálculos geopolíticos, sino por un discernimiento relativo a su persona, a sus dones y cualidades, que lo convierten en apto para ser el primordial custodio de la fe católica, del cuidado pastoral del pueblo de Dios y de la propagación del Evangelio hasta los confines del mundo entero. Sin embargo, Ortega y Gasset nos advertía hace tiempo que la persona es el “yo y sus circunstancias” y que éstas no resultan meramente adjetivas. El Papa Francisco es hijo de inmigrantes de la vieja Europa a las nuevas tierras americanas, joven argentino que crece y madura en tiempos de resurgimiento católico después de la fase “liberal” (del que el Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires en 1934 fue un signo elocuente) y de eclosión de un gran movimiento popular y nacional de su país, desde muy pronto lanzado a tareas de gobierno eclesiástico y de todos los discernimientos que implica en medio de una sociedad sacudida por todo tipo de turbulencias, pastor de una enorme metrópolis en la que se combinan problemas y retos del “Norte” y del “Sur”, la arraigada religiosidad popular con ímpetus de fuerte secularización, la idolatría del poder y el dinero con la exclusión y “descarte” en las Villas Miserias.


¡Jorge Mario Bergoglio y sus circunstancias!, también las de un latinoamericano, de raíces y horizontes en la Patria Grande que quisieron nuestros Libertadores, ya presente en sus potentes factores de unidad, de esa fraternidad ampliada de nuestros pueblos más allá de toda frontera, que va entretejiéndose con altos y bajos en el desarrollo e integración de América Latina de los últimos 50 años. Es el mismo Cardenal Bergoglio quien jugó un papel protagónico en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, hito fundamental en el camino por el cual la Providencia de Dios lo destinaba a la sede de Pedro. Viene de una Iglesia que manifiesta su signo y promesa de madurez en el acontecimiento y documento de Aparecida, llamada a asumir graves responsabilidades respecto de toda la catolicidad. Con el papa Francisco, América Latina da lo mejor de sí, restituyendo al centro de la Iglesia universal la tradición católica que ha recibido e inculturado en la vida de sus pueblos.

No es tampoco pura coincidencia que el Papa Francisco venga de una América Latina que ya no es más región atrasada, marginal, subdesarrollada, humillada, sino emergente en el concierto mundial, sostenida por diez años de significativo crecimiento económico, de reducción de la pobreza, de mayor integración política y económica, de diversificación de sus relaciones políticas y comerciales, de mayor protagonismo en los diversos ámbitos, instituciones y alianzas internacionales, aunque arrastre por cierto muy graves problemas irresueltos.

Cuando Samuel Huntington, académico y miembro del “thinck tank” de la administración norteamericana, escribió su famoso “Choque de civilizaciones” para discernir los nuevos paradigmas políticos en los nuevos escenarios emergentes después del derrumbe del “socialismo real”, elencó y describió algunas grandes civilizaciones, pero dejó a América Latina en la nebulosa. ¡Soberana ignorancia! Después, reflexionando sobre la identidad de los Estados Unidos en tiempos de globalización la vio amenazada por lo que calificó como “invasión” de los hispanos y su catolicismo sureño. Sin embargo, nosotros podemos afirmar que América Latina es extremo occidente mestizo, el vértice sureño de ese Occidente triangular, que tiene su cuna en Europa y su vértice más poderoso en los Estados Unidos. En efecto, América Latina recoge la herencia cultural europea y su tradición católica en condiciones de intenso, desigual e inacabado mestizaje, de génesis de nuevos pueblos, que arrastran laceraciones, dependencias y atrasos. Hoy América Latina es región emergente, singular mediación entre las áreas hiperdesarrolladas, en crisis, y los pueblos y naciones de periferias ya no marginales sino que están cambiando la geopolítica y la economía mundiales. Hay quien la ha clasificado como una promedial “clase media” entre las naciones, con capacidad de comunicación a 360 grados, sea con los países del Occidente desarrollado como con las regiones emergentes del Sur del mundo, incluyendo ante todo la China y también la India y el Sudeste asiático, el Medio Oriente y países del Africa.

Como latinoamericanos somos los primeros que estamos contentos, entusiasmados, incluso legítimamente orgullosos, de contar con el primer Sucesor de Pedro que proviene de nuestras tierras, pueblos e Iglesias en la historia bimilenaria de la Iglesia católica. Esto es importante, pero para nada suficiente. Tenemos que tener viva y profunda conciencia de que este hecho inédito, de gran magnitud e imprevisibles consecuencias para la catolicidad, para América Latina y el mundo entero, nos carga de nuevas exigencias y responsabilidades. La Providencia pone a la Iglesia, a los pueblos y naciones de América Latina en una situación singular. La Iglesia en América Latina, y en especial sus Pastores, no pueden no plantearse a fondo la significación de un Papa latinoamericano para su vida y misión, teniendo que asumir todas las exigencias que conlleva su centralidad emergente en la “multipolaridad” católica. Para ello, tiene, ¡nada menos!, que recapitular e incorporar a sí, en la mayor medida posible, toda la gran tradición católica en santidad, doctrina, cultura, caridad y misión, para dar un salto de cualidad en la conciencia y ministerio de sus Pastores, en la formación humana, cultural, espiritual, teológica y pastoral de sus sacerdotes, en la fidelidad carismática, profética y misionera de los consagrados, en el compromiso de los laicos católicos en todos los areópagos y periferias,  en el crecimiento cristiano de todos los bautizados. Ya papa Benedicto advertía, hablando en San Pablo, que se requiere “un salto de cualidad en la fe del pueblo”. Y, a la vez, el protagonismo de los pueblos y la construcción de las naciones, su identidad y proyección en América Latina, estarán cada vez más marcadas por todo lo que conlleva el impresionante “efecto Francisco”. Signo elocuente de ello ha sido la complacencia y vivo interés, así como las frecuentes referencias que se han hecho sobre el actual pontificado, en la reciente reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, que tuvo lugar en La Habana.     


La primera pregunta para plantearse 

Después de su primer viaje apostólico a San Pablo y Aparecida, S.S. Benedicto XVI viajó a México y Cuba. Fue un don para esos pueblos y una alegría para el Papa, pero también se sabe que implicó para él un duro sacrificio. Se ha dicho que entonces fue madurando la decisión de su futura renuncia. Sin duda, tuvo presente que no le resultaría posible un siguiente viaje a Río de Janeiro para afrontar la tremenda inversión física y espiritual que implicaría presidir la Jornada Mundial de la Juventud. ¡Cómo no comprenderlo y quererlo desde América Latina! Sin embargo, es cierto también que América Latina aparecía a los ojos de muchos de sus Prelados como algo descuidada. Hubo quien le señaló que entre los 65 Superiores de Dicasterios y organismos de la Curia Romana no había más que tres o cuatro latinoamericanos. Los últimos consistorios de aquel período habían visto la creación de muy pocos Cardenales latinoamericanos. El documento de Aparecida era prácticamente ignorado en la Curia Romana. Todo esto tiende ahora a cambiar. Son tres Cardenales latinoamericanos en el “grupo de los 8”, 5 latinoamericanos entre los 12 nuevos que acaban de ser creados, se incrementará la presencia de latinoamericanos en la Curia Romana…. Sin embargo, sería vano y absurdo plantear reivindicaciones latinoamericanistas a la luz de una lógica proporcional, que es lógica política, mundana. El papa Francisco es el primero que tiene conciencia de ser Pastor universal. Por eso mismo, después de su extraordinaria presencia en Río de Janeiro, parece que habrá que esperar a bien entrado el año 2016 para recibirlo nuevamente en nuestras tierras.

En la sencillez y cordialidad de su estilo petrino, en la “gramática de la simplicidad” con la que medita, predica y comparte la Palabra de Dios en sus homilías matutinas, en el desmantelamiento de todo montaje pomposo, de toda distancia hierática, de toda mundanidad espiritual incrustada por la inercia de hábitos y costumbres seculares, en la proximidad y familiaridad con su pueblo, advertimos como su ser latinoamericano se expresa cabalmente en su testimonio, en sus palabras, en su ministerio. Viniendo “casi del fin del mundo”, no es extraño que quede reforzada su libertad evangélica y su determinación más allá de cualquier condicionamiento “cortesano” para emprender todas las reformas necesarias que sirvan en el barrido del polvo que parecía ensuciar el rostro de la Iglesia, en especial en la Curia Romana, y para dar un testimonio de mayor transparencia y credibilidad.

Reforma del Papado, reforma de la Curia Romana, promoción de la colegialidad/sinodalidad y descentralización, transparencia y rigor en el manejo de las finanzas… Todo esto es muy importante. Sin embargo, hay cosas más importantes aún, prioritarias, que están sucediendo y que nos están interpelando a todos. La primera pregunta que hay que plantearse, personalmente y en comunidad,  que tienen que plantearse Pastores y fieles y que esperamos que lo estén planteando jefes de Estado, dirigentes políticos, empresarios y sindicalistas, hombres de la cultura y la comunicación social, es ésta: ¿qué nos está mostrando Dios, qué nos está diciendo Dios, qué nos está pidiendo Dios que cambiemos en nuestra vida por mediación del actual pontificado, a través de la presencia, la palabra y los gestos del papa Francisco? Si no nos planteamos a fondo esta pregunta, quedamos en la superficie y mas bien despistados. Podemos estar muy contentos, repito – y eso está muy bien -, pero no podemos no dejar de preguntarnos sobre las nuevas exigencias y responsabilidades que su pontificado trae consigo para la vida de cada cristiano, para la vida de comunidades, movimientos y asociaciones católicas, para la vida de nuestras Iglesias locales, para todo el pueblo de Dios que peregrina en América Latina y especialmente para sus Pastores.

¡Pobres de nosotros si, satisfechos, contentos, pero sin inquietud en el alma, seguimos viviendo como si, de hecho, nada hubiera ocurrido, sin cambiar nada, haciendo lo mismo de lo mismo, acostumbrados a ese “gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia – como decía el Cardenal Joseph Ratzinger en Guadalajara y repetían los Obispos latinoamericanos en Aparecida (n. 12) – en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”.

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