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​Confiésate: No te reprochará ni exigirá, sólo te preguntará ¿Me amas?

catholicireland.net

Carlos Padilla Esteban - publicado el 09/04/14

Recibimos la misericordia de Dios en nuestras vidas siempre y cuando seamos capaces de humillarnos con sencillez

Ojalá hayamos experimentado la misericordia muchas veces en la confesión. Es una gracia que nos levanta para volver a empezar.

Como decía el Papa Francisco: «La confesión no es una sesión de tortura ni una lavandería. Jesús, en el confesionario, no es un producto de limpieza en seco. La posibilidad de avergonzarse es una verdadera virtud cristiana, e incluso humana. Bendita vergüenza. Así es como llegamos a ser conscientes del mal realizado. ¿Y si mañana hago lo mismo? Ir de nuevo. Él siempre nos espera. El confesionario es el lugar donde Dios nos invita a experimentar su ternura».

La Cuaresma y la Semana Santa son una oportunidad para cambiar de vida, para pedir perdón y recomenzar un camino de santidad del que nos habíamos alejado por el pecado, al ceder a la tentación, al dejarnos seducir por aquello que nos atraía tanto.

Estamos en un tiempo especial de conversión en el que recibimos la misericordia de Dios en nuestras vidas siempre y cuando seamos capaces de humillarnos con sencillez, con mansedumbre, con vergüenza, con mucha paz ante Dios, porque Él siempre nos perdona.

Queremos pedirle a Dios que purifique nuestro corazón. Que nos quite el rencor, el odio, la envidia, la pereza, la desidia, el desprecio, la mentira, el deseo de venganza, la soberbia, el orgullo.

Tenemos dentro sentimientos que no son los de Cristo, no son muy puros. Sentimientos que nos alejan de Dios. Queremos que Cristo tome forma en nosotros. Queremos tener sus sentimientos.

¿Qué harían Cristo o María en este caso? Es la pregunta que nos tendríamos que hacer cada día, en cada momento. No lo hacemos y por eso el pecado nos aleja de Dios y debilita nuestros vínculos.

Pero la realidad es que no podemos dejar de pecar. Nuestra debilidad es muy real y tenemos que aceptarla. En realidad pecamos incluso cuando no hacemos nada, cuando omitimos el amor, cuando dejamos de dar alegrías y esperanza, cuando nos cerramos a nuestra carne y no nos abrimos a la misericordia. ¡Cuántos son nuestros pecados de omisión!

Cuando Jesús nos perdona a través de la confesión, no nos pide explicaciones, no busca que cambiemos inmediatamente de vida. Simplemente nos pregunta: « ¿Me amas?».

Hay preguntas que no se olvidan. Pedro guardó aquella pregunta grabada en su corazón para siempre. Pedro falló a Jesús cuando Él más lo necesitaba, en la oscuridad de aquella noche.

Jesús hubiera necesitado su mirada, su fidelidad, o simplemente su oración sufriente para tener más fuerzas. Hubiera querido verle al lado de su Madre, buscando respuestas y algo de esperanza.

No sabemos bien qué es lo que Jesús pudo esperar aquella noche. A lo mejor, así es el verdadero amor, no esperaba nada y, al mismo tiempo, lo esperaba todo.

Pero esa tristeza suya no estaba llena de amargura. Simplemente reflejaba un deseo incumplido, un sueño roto en medio de los gritos. Aquel que lo amaba tanto y estaba dispuesto a dar la vida por Él, permanecía con miedo oculto en la noche, negando conocer al Nazareno. ¡Qué duro! ¡Qué sinsentido!

Jesús lloraría igual que lloró Pedro. ¿A quién le dolió más ese cruce de miradas? Jesús le preguntaba con su mirada si le quería y lo sostenía con ternura en su vergüenza por haber caído. Pedro huyó oculto entre las sombras, lloró amargamente.

Jesús no quería reprocharle nada, sólo quería saber si le amaba. Y quería que Pedro supiera que Él sí le amaba. No fue posible el reencuentro aquella noche. Seguro que Pedro no estaba todavía preparado.

Tuvieron que esperar los dos y al final se vieron. De nuevo se encontraron. Junto al lago. En el hogar común donde ya no era necesario esconderse. Allí Pedro era Pedro y no temía la muerte. Allí, ante Jesús, podría reanudar el diálogo roto por el canto de un gallo. Jesús le pregunta tres veces a Pedro: « ¿Me amas?». Y al final Pedro estalla: «Señor, Tú lo sabes todo,

Tú sabes que te quiero».

Claro que lo sabía Jesús. Conocía su corazón de niño. Negó entonces en la noche por miedo, porque no quería morir. Ahora afirma seguro lo que ya no teme confesar. Ha crecido su fe. Ya no teme. Sabe que puede morir como el Maestro, porque está preparado, pero confía en la luz y en la vida. Cree y ama. Sin miedo, sin tener que ocultar nada.

Jesús nos pregunta lo mismo cada vez que nos confesamos y pedimos perdón. No quiere que nos quedemos anclados y embarullados en nuestros sentimientos de culpa. No quiere que estemos continuamente mirando el daño causado, sintiendo la culpa y el dolor, criticando sin misericordia lo que hicimos. No, Jesús nos pregunta con mucho cariño: « ¿Me amas?»

¿Qué podemos responder a esta pregunta? Que sí, que le amamos, que daríamos la vida por Él, que sin Él a nuestro lado la vida no tiene sentido, que si Él no nos llena nada podrá hacerlo. Sí, éste es el camino y por eso nos alegramos siempre de nuevo al escuchar su voz: « ¿Me amas?».

Tags:
confesionperdonsacramentos
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