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Mi amigo ateo

© Iglesia en Valladolid
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Le he pedido a Jesús que toque ese corazón generoso, y a mí, que me ayude a ser testimonio

Participar en la Feria del libro es una experiencia singular. Cada año, una persona se detiene frente a mi puesto, observa mis libros con curiosidad, mira hacia arriba, lee el logo que dice: “Editores Católicos” y de pronto me dice: 

“Yo soy ateo”. 


 
Me mira a los ojos esperando una reacción. Tal vez imagina que saltaré hacia atrás, o me alejaré de él. Me lo dice como quien tiene varicela u otra enfermedad contagiosa.
No sabe que veo en él a Dios que habita en nosotros, pues "en él vivimos, nos movemos y existimos". Un Dios oculto que muchos no ven.


 
La verdad es que todos los años lo espero emocionado. Me encanta conversar con él, intercambiar  ideas.
Nunca trato de convencerlo. Esto le toca a Dios. Yo sólo lo escucho, sonrío y hablamos.


 
Este año me encontraba más enredado que nunca, cargando cajas, colocando libros en las estanterías… y de pronto apareció. 
 
Era un uruguayo. Se detuvo frente a mi stand, me miró a los ojos, como diciendo: “¿Crees en verdad estas cosas?” y me lanzó la frase que esperé un año entero: “Soy ateo”.

Fue un momento maravilloso. Le sonreí feliz por el encuentro. Y se sorprendió.

 
Le ofrecí un libro sobre la familia. “Es un libro familiar”, le dije y se lo llevó. Al rato regresó diciendo: “Me has engañado. Leí tu libro y habla de Dios”. La verdad, nunca quise que se sintiera incómodo, al contrario.
 
“Es que no puedo evitarlo”, me excusé. “Aunque quiera callarlo, siempre pienso en Dios. Y no puedo evitar mencionarlo”.

En ese momento iniciamos nuestra conversación.
 
“Eres mi amigo ateo”, le dije feliz. Me miró sin comprender. No podía imaginar que lo esperé durante un año. Y le expliqué.

Cada día, al iniciar la feria lo veía pasar y nos saludábamos a la distancia, con mucha cordialidad. Era una buena persona. De cuando en cuando lo buscaba para saludarlo. Y nos decíamos un par de palabras amables.


 
El ultimo día fui a su stand para obsequiarle un libro: “La Ternura de Jesús”.

“¿Por qué será que ustedes los creyentes, cada vez que se encuentran con un ateo desean convertirlo?”, me preguntó con ironía.


 
“Lo único que deseo es obsequiarte uno de mis libros”, le respondí, “para que lo lleves contigo, como un recuerdo… solamente eso,  un recuerdo”.

Tomó el libro como quien no quiere y a la vez, si quiere. Lo tomó y lo guardó en el bolsillo de su camisa, cerca del corazón. 



Le he pedido a Jesús que toque ese corazón generoso, del que me dijo: “Es sólo un músculo”. 

Y a mí, que me ayude a ser testimonio, mientras pasa otro año y nos volvemos a encontrar.

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