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Vivir en familia, ser amado, dar la vida sin perderla, ¿es posible?

Amanda Tipton Photography

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/04/14

Es posible vivir con miedos y con deseos a un mismo tiempo

A veces tenemos miedo de no hacer lo que Dios quiere que hagamos. Miedo de no ser fieles en la entrega. Miedo a vivir sin luz, en la oscuridad de la noche, acomodados y tranquilos. Miedo a no obedecer lo que nos pide, alegando excusas, pretendiendo no oírle.

A veces pienso que rezar por la paz puede convertirse en rezar para que nos dejen en paz, tranquilos y seguros. Es algo habitual, nos gusta la comodidad y vivir sin prisas.

A veces tenemos miedo de que los deseos no se hagan realidad. Pero, ¿cuáles son esos deseos tan hondos que hasta llegamos a desconocerlos? Nos miramos en lo profundo y buscamos. ¿Qué deseamos? ¿Qué anhela el corazón?

Una persona rezaba: « ¿Qué deseo? Darme. Amar con el corazón como Tú. Vivir contigo. Soñar siempre con las estrellas y creer. Caminar. Volver a empezar. Tocar a los demás y dejar que me toquen. Aprender a querer de verdad, con misericordia. Ser comprensiva. Ser creativa, adelantarme como Tú con el ciego. ¡Qué poco lo hago! Hacer de la renuncia fuente de amor. Del amor de verdad. Amar con pureza a todos». Es el deseo de plenitud, de paz eterna, de agua infinita, de luz que deslumbra, de paisaje que acoge, de abrazos, de descanso, de día sin ocaso, de vida eterna, de resurrección.

Sí, el deseo de dar la vida sin perderla. De lanzar la bola y recuperarla al instante. De dar el tiempo y nuestro esfuerzo y recibir el ciento por uno. Morir y volver a nacer en el mismo instante, sin pérdida ninguna, sin fracaso ni destrucción, sin olvido.

Deseamos a veces vivir sin desgastarnos pero dándolo todo. Completados, sin perder nada. Ser enterrados bajo una losa de piedra y volver a la vida, de repente, al escuchar una voz que nos ama. Vivir la eterna juventud y nunca padecer los límites, ni las frustraciones, ni la pérdida. Vivir sin torpezas, sin pecado, perfectos.

Tal vez son sueños imposibles muchos de ellos. Vivir en familia, acogidos, queridos, respetados, valorados, admirados, sostenidos, comprendidos. ¡Qué difícil no soñar con lo imposible! Tantos miedos, tantos sueños.

El corazón se desborda y no está tranquilo hasta que descansa en Dios y toca el cielo, hasta que escucha su voz en la noche, hasta que siente su amor y sus lágrimas, hasta que se sabe profundamente amado.

Callamos y volvemos a levantarnos cogiendo fuerzas, así es la vida. Como el ciego que recobra la vista y puede ver los colores. Como la mujer samaritana que encuentra un agua que calma la sed de infinito que tiene el alma y ya no vuelve a tener sed. Como Pedro que baja lleno de luz de ese encuentro en el Tabor y sueña con tres tiendas. Como Jesús que sale fortalecido de tantos días y noches en el desierto, tentado, victorioso.

Es verdad que sólo aprendemos de los errores, de las derrotas, de las caídas, de las ausencias, de las carencias. El ciego valora la luz que no veía. El sediento el agua que anhelaba. El muerto la vida perdida. Con las victorias podemos acostumbrarnos y no aprender nada de lo bueno que hicimos, no valorarlo, o darlo por evidente.

Nos da miedo que la vida se nos escape sin tomar las decisiones correctas, sin amar de verdad hasta el extremo. Pero miedo también a darnos más de la cuenta y perderlo todo. Miedo a ser nosotros mismos y sufrir el rechazo. Miedo a la vida que es confusa, injusta, imprevisible, dispersa.

Es posible vivir con miedos y con deseos a un mismo tiempo. Vivir ciegos tantas veces. Porque muchas veces no vemos a Jesús, no lo escuchamos, no lo encontramos. No lo vemos en los hombres heridos, no nos detenemos, no hay tiempo. No cogemos el barro, no curamos a nadie. Somos frágiles de nacimiento.

Es quizás que necesitamos ser curados. No sabemos cómo hacer para tocar el cielo con las manos torpes. Vemos muchas cegueras, heridos al borde del camino y no sabemos cómo devolverles la vida.

Dios se esconde en los hombres, en la vida. Dios se esconde en la tormenta, en la noche, detrás de ese pecado que nos bloquea, que nos rompe y separa, que nos aísla. El pecado construye una muralla infranqueable a nuestro alrededor. Para cubrir la vulnerabilidad del alma. Tenemos miedo a exponer la pureza del niño. Miedo a que la hieran, a que hagan daño. Mejor esconderse detrás de un muro, para evitar el dolor.

Es un tiempo especial el que tenemos por delante. Un tiempo de conversión, de vida, de vista, de luz, de esperanza. Un tiempo nuevo, para saciar la sed, para calmar el hambre, para verlo todo con ojos nuevos, para recobrar la vida perdida, para sanar en tantas enfermedades, para ver al que sufre y acercarnos, para tocar al que muere en soledad. Un tiempo de esperanza, un tiempo de cambio. 

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