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Papa Francisco: El matrimonio es una consagración

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Catequesis sobre el sacramento del matrimonio en la audiencia general del 2 de abril

Queridos hermanos y hermanas,
 
Hoy concluimos el ciclo de catequesis sobre los sacramentos hablando del matrimonio. Este sacramento nos conduce al corazón del diseño de Dios, que es un diseño de alianza, de comunión.
 
Al principio del libro del Génesis, el primer libro de la Biblia, que corona el relato de la creación, se dice: “Dios creó al hombre a su imagen: hombre y mujer los creó… por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne” (Gen 1,27; 2,24).
 
Imagen de Dios es la pareja matrimonial, el hombre y la mujer. Los dos. No sólo el hombre, no sólo la mujer, sino los dos. Esta es la imagen de Dios, el amor y la alianza de Dios en nosotros está allí, representados en la alianza entre el hombre y la mujer y esto es bello. ¡Es muy bello! Somos creados para amar, como reflejo de Dios y de su amor. Y en la unión conyugal el hombre y la mujer realizan esta vocación en el signo de la reciprocidad y de la comunión de vida plena y definitiva.
 
1.         Cuando un hombre y una mujer celebran el sacramento del matrimonio, Dios, por así decir, se “refleja” en ellos, les imprime sus propias características y el carácter indeleble de su amor. Un matrimonio es comunión del amor de Dios con nosotros, ¡es muy bello!
 
También Dios, de hecho, es comunión: las tres personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo viven desde siempre y para siempre en unidad perfecta. Y es justamente este el misterio del matrimonio: Dios hace de los dos Esposos una sola existencia, la Biblia dice una “única carne”, así de íntima es la unión del hombre y de la mujer y es precisamente este el misterio del matrimonio.     
 
El amor de Dios que se refleja en el matrimonio, en la pareja que decide libremente y unidos y por eso el hombre deja la casa de sus padres y se va a vivir con su mujer y se une tan fuertemente a ella que se convierte en una sola carne, no son dos, son uno.
 
2.         San Pablo, en la Carta a los Efesios, destaca que en los esposos cristianos se refleja el misterio que el Apóstol define como “grande”, es decir la relación instaurada por Cristo con la Iglesia, una relación exquisitamente nupcial (cfr Ef 5,21-33).
 
Esto significa que el matrimonio responde a una vocación específica y debe ser considerado como una consagración (cfr Gaudium et spes, 48; Familiaris consortio, 56). Es una consagración.  
 
El hombre y la mujer son consagrados por su amor. Los esposos, de hecho, en fuerza del sacramento, son investidos de una verdadera y propia misión, para que puedan hacer visible a partir de las cosas sencillas, ordinarias, el amor con el que Cristo ama a su Iglesia y continúa dando la vida por ella, en la fidelidad y en el servicio.
 
3.         Es verdaderamente un diseño estupendo el que subyace en el sacramento del matrimonio. Y se realiza en la sencillez y también en la fragilidad de la condición humana.     
 
Sabemos bien las dificultades y las pruebas que experimenta la vida de dos esposos… Lo importante es mantener… es verdad que en la vida matrimonial hay muchas dificultades, el trabajo, el dinero que no basta, los niños que tienen problemas… tantas dificultades y tantas veces el marido y la mujer se ponen nerviosos y pelean entre ellos, ¿o no?           
 
Pelean, siempre es así, siempre se pelea en el matrimonio. A veces ¡vuelan los platos!, ¿eh? Vosotros reís pero es la verdad. Nosotros no debemos entristecernos por esto, la condición humana es así. El secreto: que el amor es más grande que el momento de la pelea. Por eso aconsejo a los esposos, no terminéis el día sin pediros perdón.   
 
Para hacer la paz no hace falta llamar a las Naciones Unidas para hacer la paz basta a veces un sencillo gesto, una caricia. ‘Ciao, hasta mañana’. Y al día siguiente se vuelve a comenzar.         
 
Esta es la vida, llevarla adelante así, con la valentía de querer vivirla unidos. Esto es bello. Es algo bellísimo la vida matrimonial y debemos custodiarla siempre y a los hijos.

 
Algunas veces he dicho yo aquí que algo que ayuda mucho a la vida matrimonial son tres palabras, no sé si os acordáis. Tres palabras que se deben decir siempre, que deben estar en casa: ‘Permiso, gracias, perdona’. Son tres palabras mágicas.  
 
Permiso: para no ser invasores en la vida de los cónyuges, ‘¿qué te parece? Me permito…’.          
 
Gracias: agradecer al cónyuge, ‘gracias por lo que has hecho por mí, gracias’. La belleza de dar las gracias.            
 
Y luego, como todos nos equivocamos, la otra palabra que es difícil, pero hay que decirla: ‘perdona, perdona por favor’.            
 
Por tanto: permiso, gracias, perdona. Digámoslo todos juntos: permiso, gracias, perdona. Con estas tres palabras, con la oración del esposo por la esposa, y la esposa por el esposo y el hacer las paces siempre antes de que termine la jornada el matrimonio irá adelante. Las tres palabras mágicas, la oración y hacer la paz siempre. ¡que Dios os bendiga! Y rezad por mí. ¡Gracias!

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