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Ver esperanza, ver a Dios

Greg Peverill-Conti / Flickr / CC
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El amor de Jesús y la fe de niño del ciego hacen posible el milagro

Hoy el Evangelio nos habla de un ciego de nacimiento. Un ciego que nunca ha visto, no conoce los colores, no se ha detenido a contemplar la naturaleza, no distingue los rostros, no se ha sentido mirado, no ha podido mirar a nadie, no se ha alegrado contemplando un paisaje. No ha visto la vida como es. Se la imagina, la toca, la huele, la puede percibir por los sentidos, la sueña, pero no la ve.
 
Hay cosas que suceden «de repente» y lo cambian todo. El corazón tiene más vista que los ojos que se quedan en la apariencia. También Jesús vio a un ciego «de repente»: «En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento».
 
El ciego no vio a Jesús. Pero Jesús sí que vio a este ciego. Fue «de repente». No entraba este milagro en la agenda de Jesús. No estaba previsto ni pensado. Simplemente Jesús detuvo ante él sus pasos, su mirada.
 
La vida de este ciego cambió «de repente»: «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: – Ve a lavarte a la piscina de Siloé. Él fue, se lavó, y volvió con vista».
 
Había sido ciego toda su vida y, en un instante, comienza a ver. Jesús cambia sus planes ese día, porque tiene abiertos sus ojos y su alma ante la vida. Vio a un hombre ciego. Fue un imprevisto. El ciego no lo vio a Él, ni le pidió nada. Quizás no sabía que estaba ahí y no sabía quién era. Jesús se adelanta. No espera a que el ciego le pida, a que grite, a que le muestre su necesidad de ser curado.
 
Quizás ningún hombre supo ver el corazón de ese ciego, nadie había confiado en él. Jesús ve su amargura. Ve la oscuridad interior, su soledad. Sabe lo que le pesa, conoce su miedo y su angustia.
 
El ciego no ve a Jesús. Sólo oye unos pasos que se detienen. Saltaría su corazón. No es invisible para alguien. Alguien lo mira. Hasta ahora, él no ha visto pero los demás tampoco lo han mirado, porque son ciegos. Como nosotros a veces.
 
Jesús se acerca, se detiene. Lo vio y lo tocó con su saliva. Con sus manos. Jesús podía hacerlo de palabra, pero lo toca para que sienta la cercanía de alguien, para que sienta que para Él es lo más importante. Barro hecho con saliva.
 
Jesús le regala al ciego una mirada. Es el verdadero milagro. No que el ciego vea, sino que sea mirado como nunca antes. Alguien se detuvo junto a él y tocó la herida que otros ignoraban. La herida de no ser visto, de estar al margen, la herida de no pertenecer a nadie. La herida de sus ojos que no sabían ver con el corazón.
 
No conocería sus dones porque nadie le ha dado la oportunidad de entregarlos. No sabe de su capacidad de amar. Se ha cerrado. Se ha bloqueado. Mejor no esperar nada de nadie, mejor no pedir nada para no ser rechazado. Se construye el muro para no sufrir.
 
Pero ese día, de repente, la mano de Jesús lo sana. Sus dedos acarician sus ojos. Jesús crea desde el barro una criatura nueva. Un gesto, no hay palabras. Lo reconoce y lo ama sanando sus ojos. Sólo una orden: Que vaya a la piscina a lavarse. Y el milagro sucede. Un ciego ve. Una criatura nueva, un hombre nuevo. Es la hora decisiva de su vida, porque se siente amado.
 
Jesús toca su herida. Donde le duele, sus ojos. Toca su dolor. Con las manos que temblarían de compasión por ese hombre que no pide nada. Así es Jesús, toca nuestro dolor, acaricia nuestra herida. Para Él es sagrada.
 
Esa herida fue para el ciego la oportunidad de encontrarse con Jesús y ser salvado. Habría muchos ciegos en Israel. Muchos hombres que no podían ver. Sólo cura a un ciego de nacimiento. Sólo espera que su nueva vida esté llena de fe. Ahora podrá ver el mundo y la fe le ayudará a ver la vida y lo que tiene que hacer.

 
Todo cambia ese día en que Jesús pasa a su lado y se detiene, lo ama y se siente amado. Ese día en que su alma se despliega, y vuelve a creer, a confiar, a mirar con ojos de niño. Ese día en que entra la luz en sus ojos y en su alma. En que conoce al que es la luz.
 
Podría repetir en su corazón lo que hoy comenta San Pablo: «En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz». Efesios 5, 8-14.
 
El ciego que ahora ve deja de vivir en tinieblas, deja la oscuridad y la noche. Comienza a vivir en la luz. Es un hombre nuevo aunque algunos duden. Antes era ciego, ahora ve. Él lo confirma: «Soy yo. Y le preguntaban: – ¿Y cómo te han abierto los ojos? Él contestó: – Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Fui, me lavé, y empecé a ver. Le preguntaron: – ¿Dónde está Él? Contestó: – No sé».
 
Cree, ve, comienza a caminar y tiene que decir quién es, para que no duden, para que no dejen de creer en los milagros.
 
Decía Albert Einstein: «Hay dos formas de vivir la vida. Una como si no hubiera milagros. Otra como si todo fuera un milagro». Algunos no creen que pueda haber milagros. Por eso dudan. Otros, sin embargo, somos capaces de creer que la vida está llena de milagros. Algunos sorprendentes como el de hoy. Otros más sencillos, ocultos, callados. Milagros de transformación interior. Milagros que el mundo no ve.
 
Hoy Jesús no pide nada, no pide fe, no pide que le suplique y se muestre humilde. El que ve es Él. El que se acerca es Él. Suele ser que Jesús pide del otro la humildad de mostrarse vulnerable; sólo así es posible sanar. Pero hoy cura, sencillamente por amor. Por compasión. No le mueve la ceguera externa, sino la del corazón. Quiere mostrarle a este hombre todo lo que el amor y la vida tienen para él.
 
Quiere que este hombre, que está fuera de la vida de los demás, forme parte de todos. Por eso le pide que vaya a la piscina, para integrarlo en la comunidad. Jesús cree en él antes de que el ciego crea en sí mismo.
 
Jesús toca esos ojos que hasta ahora no tenían ningún valor. Se acerca. Quiere regalarle la belleza del mar y de los montes, quiere que pueda ver el rostro de los que ama, un amanecer, un atardecer. Quiere que pueda ver todo lo que ha estado oyendo toda su vida.
 
Y no sólo eso, quiere que abra los ojos del alma a la esperanza y al amor. Quiere que saque todo lo que guarda en su interior. Quiere darle ese regalo de la belleza, y sobre todo el regalo de que alguien se preocupe por él.
 
Son dos milagros: el milagro del amor de Jesús y el milagro de la fe de niño del ciego. Nadie los ve y quedan escondidos para siempre en el corazón del ciego. Los pasos que se pararon. Las manos que lo tocaron con cariño y delicadeza. La mirada de Jesús que ve el deseo de un hombre que calla, que no grita, que está solo, que no tiene luz en su corazón ni en sus ojos. Jesús lo vio antes de que él lo viese y sacó el amor de su corazón.
 
A veces cuesta aceptar la verdad tal y como es: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? Él contestó: – Que es un profeta. Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: – ¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve? Sus padres contestaron: – Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse

».
 
A los fariseos les cuesta creer en Jesús y en sus milagros. Se sienten por encima del bien y del mal: «Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. ¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos? Les contestó: -Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos? Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: -Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene. Replicó él: – Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Le replicaron: – Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron».
 
La fe sencilla del ciego que ve conmueve el corazón de Jesús: «Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: – ¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: – ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: – Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. Él dijo: – Creo, Señor. Y se postró ante Él».
 
Jesús no se desentiende de él, se detiene. Se preocupa por él y le pregunta si cree en el hijo del hombre.
 
El ciego ya no es ciego y puede ver a Jesús. Ve sus ojos, sus manos. Antes sólo había oído sus pasos y sentido su caricia y escuchado su voz. Ahora lo mira con calma, no sólo con los ojos, sino con el corazón. Entonces sí cree. Se fía de Él. Cree en lo que hace y en lo que le dice.
 
Es muy bonita esta confianza de niño. No pregunta nada, no quiere saber más. Tal vez no entienda el lenguaje, pero se fía de Jesús. No necesita más. Ha sido curado, ahora ve y se postra ante Él.
 
El ciego no conocía el rostro de los hombres, no había visto nunca antes los paisajes, ni los bosques, ni los caminos, ni la luz del sol. Ahora lo ve todo y tiembla. Alguien ha cambiado su vida para siempre. Cree en ese poder que le sobrecoge. Cree en Él. Cree en su poder porque lo ha comprobado. El poder de Dios en su vida. Ese milagro que lo hace todo diferente.
 
El ciego que ve inicia un nuevo camino. Cambia y cree. No conocía a ese hombre. Tal vez no sabía cómo lo había curado: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo». Pero cree en aquel que le ha devuelto la vista, que le ha dado luz. Su vida cambió súbitamente.
 
Lo que muchos no veían, porque sólo veían que curaba en sábado, lo que muchos no sabían, él lo vio y lo supo. Vio el corazón de Jesús, vio su misericordia, su compasión. Vio a Dios escondido en un hombre frágil. Lo vio en sus manos y en su voz. Jesús le había abierto los ojos del alma, y su mirada era pura, limpia. Entonces creyó. Creyó porque había sido amado.
 
Entonces el ciego que ahora ve, se convierte en portador de la luz, en esperanza. El ciego que vuelve a ver se convierte en testigo de la luz. Así como nosotros, cuando somos salvados por Dios, somos testigos del amor de Dios, de su alegría y de su esperanza. Él va con nosotros. Ya no tememos y no podemos callar lo que hemos recibido. No podemos dejar de abrir los ojos y el corazón de tantos que viven sin esperanza cuando recuperamos la luz.
 
Recuperar la vista de los ojos posibilita abrir el corazón a la vida. Los ojos del ciego eran puros, su corazón se vuelve puro. En la fuente del corazón de Jesús, de su amor incondicional, recibimos el agua que calma la sed. De sus manos llenas de amor, de su mirada, recobra el corazón la vista pura y verdadera.

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