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La confesión, un sacramento de sanación del alma y el corazón

CONFESSION
Antoine Mekary | ALETEIA
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El Papa responde a preguntas frecuentes de quien se va a confesar

La confesión es un medio para experimentar la misericordia del Dios vivo que libera nuestro corazón de la pesada carga del pecado que nos oprime. Para preparar bien este sacramento es necesario hacer un examen de conciencia.

El papa Francisco responde:

1. ¿Para qué sirve el sacramento de la confesión?

El sacramento de la reconciliación es un sacramento de sanación. Cuando yo voy a confesarme, es para sanarme: sanarme el alma, sanarme el corazón por algo que hice que no está bien.

El icono bíblico que lo representa mejor, en su profundo vínculo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y de los cuerpos (Mc 2,1-12 / Mt 9,1-8; Lc 5,17-26).

2. La celebración del sacramento es un acto eclesial

En el tiempo, la celebración de este sacramento ha pasado de una forma pública –porque al inicio se hacía públicamente– a aquella personal, a aquella forma reservada de la confesión. Pero esto no debe hacer perder la matriz eclesial, que constituye el contexto vital.

En efecto, es la comunidad cristiana el lugar en el cual se hace presente el Espíritu, en el cual renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una sola cosa, en Cristo Jesús.

He aquí por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humildemente y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia.

3. ¿Por qué confesarse frente a un sacerdote?

En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa solamente a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que lo alienta y lo acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana.

Alguno puede decir: “Yo me confieso solamente con Dios”. Sí, tú puedes decir a Dios: “Perdóname”, y decirle tus pecados. Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote.

4. Esa vergüenza que nos hace sonrojar y nos aleja del sacramento

“Pero, padre, ¡me da vergüenza!”. También la vergüenza es buena, es ‘salud’ tener un poco de vergüenza. Porque cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un ‘sinvergüenza’.

La vergüenza también nos hace bien, nos hace más humildes. Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios, perdona.

5. La confesión también nos da un desahogo humano

También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decirle al sacerdote estas cosas, que pesan tanto en mi corazón: uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia y con el hermano.

Por eso, no tengan miedo de la confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse siente todas estas cosas –también la vergüenza– pero luego, cuando termina la confesión sale libre, grande, bello, perdonado, blanco, feliz. Y esto es lo hermoso de la confesión.

6. Una pregunta que es también para los que están ahora leyendo

Quisiera preguntarles, pero no respondan en voz alta ¿eh?, cada uno se responda en su corazón: ¿cuándo ha sido la última vez que te has confesado? Cada uno piense. ¿Dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga la cuenta, y cada uno se diga a sí mismo: ¿cuándo ha sido la última vez que yo me he confesado? Y si ha pasado mucho tiempo, ¡no pierdas ni un día más! Ve hacia delante, que el sacerdote será bueno.

Está Jesús, allí, ¿eh? Y Jesús es más bueno que los curas, y Jesús te recibe. Te recibe con tanto amor. Sé valiente, y adelante con la confesión.

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