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​¿Pueden los padres ser culpables del odio entre sus hijos?

© Phineas H

Juan Ávila Estrada - publicado el 27/03/14

Algunos hijos pueden suscitar aversión de sus hermanos por la preferencia de su progenitor, como le pasó a José el menor de Jacob

La poca conciencia de ciertas actitudes en el momento de ejercer la paternidad ha hecho que se generen comportamientos agresivos y hasta instintivamente asesinos en muchos chicos que  se sienten  comparados o menos atendidos por sus padres frente a sus hermanos. Aquella rivalidad propia entre miembros de nuestra especie, la necesidad de acaparar la tención, de ser amados y alabados por otros, ha generado en muchos un deseo reprimido por ver desaparecer de la faz de la tierra a aquellos que sienten como contrincantes y hasta competidores por el afecto de los miembros de su familia.

Visto así, podemos entonces darnos cuenta que es en el seno mismo del hogar donde pueden cocerse los más abyectos sentimientos de rivalidad y de odio cuando en un afán inconsciente por parte de los progenitores, tienden a volcar su atención sobre alguno de los hijos en detrimento del cuidado de los otros con lo que se va generando un odio que puede llegar hasta la muerte.

Este tipo de sentimientos surge también cuando, ante la pérdida de alguno de los hijos, los padres olvidan a aquel o aquellos otros que siguen en casa, vivos y que quieren también sentirse amados del mismo modo del que se ha ido para siempre. Ningún ser humano acepta con facilidad rivalizar por el afecto de los demás, y en este grupo entran también los hijos de una misma casa.

Ante la pregunta equivocada que algunos suelen hacer: ¿cuál de tus hijos prefieres?, los padres suelen responder sin dudarlo: “a todos, pues todos son mis hijos”. Pero lo que puede responderse casi de modo mecánico, en la práctica de cada día puede descubrirse que no es tan cierto,  y los hijos no son tontos para no darse cuenta de ello. Algunas actitudes, manifestaciones afectivas selectivas, y hasta la atención que se vuelca sobre alguno y no sobre todos no pasa desapercibido por los jóvenes.

A esto se añade la experiencia del nacimiento de un nuevo hijo que despierta en el otro o los demás unos celos irrefrenables puesto que, sin son demasiado pequeños estos hermanos, les cuesta trabajo comprender que el bebé recién nacido requiere de cuidados extremos que no obligan tanto a quienes por la edad ya pueden valerse por sí mismos.

Ante esta situación lo importante es aprender a involucrar a los hermanos en el cuidado y atención del hermanito apenas se conozca la noticia de su gestación. Que ellos se sientan protagonistas, protectores, responsables de la nueva vida; que entiendan que en la familia la rivalidad por el afecto no tiene ninguna razón de ser sobre todo si los propios padres han comprendido este enorme problema que se les puede avecinar.

Enseñarles a los pequeños a acariciar el vientre de la madre, que les hablen a su hermanito desde el exterior para que vayan socializando con él, que ayuden a la madre en la tarea de los cuidados del bebé, que les enseñen a acariciarlo, a besarlo, a abrazarlo. De este modo el hermano deja de ser un rival para convertirse en una hermosa responsabilidad.

Ante la pérdida de uno de los hijos, los padres deben buscar ayuda para hacer adecuadamente el duelo y no descuidar a aquellos otros que sienten que están vivos y que necesitan del afecto de sus progenitores.

Es importante saber planear la economía del hogar para que cuando algo se le compre a uno de ellos, los demás también lo puedan tener. Aquí aplica el adagio popular: “o todos en la cama o todos en el suelo”.

Si bien es cierto que con algunos hijos puede existir más empatía por su carácter, también es verdad que esto no puede ser óbice para que los demás puedan sentir el amor y atención de papá y mamá.

Cuando en el hogar hay el suficiente diálogo, los hijos deben conocer las estrategias utilizadas por los padres para dotarlos poco a poco de lo que necesitan. Es menester que las responsabilidades del hogar sean repartidas, no de modo equitativo, sino de acuerdo a las capacidades de cada uno de ellos, pero entendiendo que al de más de edad se le exigirá más.

Al momento de castigar peleas entre hermanos no sólo se le aplica a quien la empezó sino también a quien la continuó. Para pelear se necesitan dos. Castigar a uno solo de ellos sólo llevará al otro a burlarse e incrementar el odio por parte de su hermano.

En fin, para ser padres que generen amor entre los miembros de su casa, es importante que el afecto y el cuidado sea repartido de manera equitativa. Con esto se evitarán sentimientos fratricidas entre los de su casa.

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amorfamilia
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