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​La ciudad de los pozos: sacar agua exige profundizar

©Joan Sorolla / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 26/03/14

Una bellísima parábola contra la superficialidad

Había una vez una ciudad con pozos comunicados entre sí en la profundidad. Se trataba de una ciudad de pozos. Todos eran diferentes entre sí. Se acostumbraron a llenarse de cosas, bienes, ganancias. Se relacionaban con los demás de brocal a brocal, pero no profundizaban. Así se fueron secando en su interior, mientras en el exterior brillaban.

Un día, a uno se le ocurrió que una manera de aumentar su capacidad era crecer, pero no a lo ancho, sino hacia lo profundo. Hacerse más hondo en lugar de más ancho.

Pronto se dio cuenta que todo lo que tenía dentro de él le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo debía primero vaciarse de todo lo que tenía dentro. Al principio tuvo miedo al vacío, pero luego, cuando vio que no había otra posibilidad, así lo hizo.

Vacío de posesiones, el pozo empezó a volverse profundo, mientras los demás se apoderaban de las cosas de las que él se había desprendido. Un día, sorpresivamente, el pozo que crecía hacia dentro tuvo una sorpresa: muy adentro, muy en el fondo, encontró agua.

Nunca antes otro pozo había encontrado agua. La vida explotó en colores alrededor del pozo. El agua que sacaba hizo brotar las semillas. Crecieron las flores y el césped a su alrededor.

Todos le preguntaban cómo había conseguido el milagro. Él les dijo: «No es un milagro, hay que buscar en el interior, en lo más hondo». Algunos no quisieron imitarlo al saber que había que vaciarse.

Alguno preguntaba: « ¿Qué harás cuando se termine el agua?». Contestó: «No sé lo que pasará. Pero, por ahora, cuánto más agua saco, más agua hay». El pozo decidió vivir el presente y no temer el futuro con sus incertidumbres.

Pronto otro pozo, muy distante, hizo lo mismo. Y un día, casi por casualidad, los dos pozos se dieron cuenta de que el agua que habían encontrado en el fondo de sí mismos era la misma. Que el mismo río subterráneo que pasaba por uno inundaba la profundidad del otro. El agua los comunicaba por dentro, en lo más profundo. Así aprendieron una nueva forma de relacionarse.

Nosotros somos esos pozos. Muchas veces estamos llenos de cosas, tal vez demasiadas cosas, tal vez pocas pero suficientes para llenarnos hasta el brocal. No hay profundidad, ni tampoco hay agua. Tenemos sed y queremos que las cosas y los de afuera calmen la sed del alma.

No comprendemos que el agua verdadera, la que no se acaba nunca, se encuentra en lo más profundo del corazón. Vivimos hacia fuera, volcados sobre el mundo, moviéndonos en la superficie. Nos asusta el vacío de la soledad. Nos da miedo ahondar. ¿Y si no hay nada? ¿Y si no encontramos a Dios? ¿Y si el esfuerzo no merece la pena? Y evitamos mirar más hondo.

El riesgo parece excesivo. ¿Y si el agua se acaba? ¿Y si no nos gusta lo que encontramos? No queremos vaciarnos de tantas cosas que aparentemente nos llenan.

No podemos vivir sin el móvil, sin las redes sociales, sin las cosas tal como las hemos planificado. Nos parece impensable vivir en soledad, en ese silencio que pesa tanto.

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