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​Somos únicos: no a los moldes

ARACELOTA / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/03/14

La masificación es un peligro constante incluso en el plano religioso

Quisiéramos ser fieles a nuestra propia vocación, a nuestra originalidad, pero nos resulta muy difícil. Fácilmente nos dejamos llevar, nos esclavizamos, nos masificamos. Permanecemos esclavos sin avanzar.

Quisiéramos educarnos para vivir en la libertad, con todos sus riesgos, con esa sed que busca el don de Dios, el don que sacia la necesidad para siempre. Cada uno tiene un agua distinta, que lo hace único. Nuestra tarea es descubrir lo más propio, lo más original y, como educadores, ayudar a sacar del fondo de los otros su agua.

Decía el Padre José Kentenich: « ¿Que significa educar? Servir la originalidad del prójimo. Educar hombres, formar almas. No hagan como el Prometeo de Goethe: – Heme aquí, modelando hombres a mi imagen y semejanza. No. No soy yo la meta de la educación. El ideal es: -Heme aquí, modelando hombres a tu imagen y semejanza»[1].

Queremos ser educados a imagen y semejanza de Dios a partir de lo que somos, de nuestra verdad. Queremos educar desde lo original y no aplicando moldes.

Porque, como dice el Padre Kentenich, «el enemigo mortal del respeto es el molde. No aplicar moldes en la educación. Porque donde hay moldes, muere la originalidad, se extingue la individualidad, perece el verdadero respeto»[2].

Somos únicos, tenemos una belleza original y propia, a veces escondida en lo más profundo del alma. Tenemos un agua pura en nuestro interior que pugna por salir. Somos amados profundamente por Dios en nuestra belleza, de forma original.

Comenta el Padre Kentenich: «Con cada hombre Dios quiere encarnar y realizar una idea suya. La tarea del educador será descubrir esa idea de Dios y colaborar para que se realice»[3].

Estamos llamados a encarnar la idea que Dios ha sembrado en lo profundo del alma. Quiere que seamos libres. Con sed y con hambre, cansados y sucios, pero libres.

Quiere que subamos la montaña escarpada de nuestra vocación. Siendo felices en la dureza del camino, descubriendo la belleza de la sed y de cada paso. Pero respetando la verdad de nuestra vida, siendo fieles a lo que somos.

¿Vivimos siempre en la verdad? A veces nos da miedo vivir en la verdad, aceptando como somos, respetando la voz que grita en el alma. Queremos ser verdaderos, fieles a lo más auténtico que Dios ha sembrado en el alma.

Ser esclavos nos lleva a asemejarnos a todos, pero no a Dios. Y entonces traicionamos lo más nuestro, lo más auténtico. Imitamos y no somos como tendríamos que ser. Nos dejamos llevar por las modas y seguimos a otros por el desierto.

Pero no buscamos el agua en nuestro interior. Miramos hacia fuera, pero nunca en el corazón. Decía el Padre Kentenich: «Un modelo de vida puede motivar, pero no se puede copiar. Ello significaría pasar por encima de la originalidad. Hoy estamos todos cansados y somos muy proclives a imitar los modelos que tenemos delante. Y si no ofrecemos resistencia a ello, si no exhortamos a la decisión por sí mismo y a la propia realización de lo decidido, podremos contar con tener un alto nivel hacia fuera, pero para nada una fuerza elemental, surgida, crecida con autenticidad»[4].

Preferimos seguir otros modelos antes que preguntarnos qué queremos hacer con nuestra vida, cómo queremos vivir. «Educarse a sí mismo significa, pues, no entregarse a la masa sino, estando en la masa, más bien tomar uno mismo las riendas en sus propias manos»[5].

Tomar las riendas de nuestra vida nos parece difícil. Es más fácil obedecer, seguir lo que nos mandan. Atarnos y volver cada día al mismo pozo, el pozo de los esclavos. Tenemos mucha carga sobre las espaldas y nos dejamos llevar. Tal vez son muchas las heridas del alma. Tenemos sed y hambre. Nos asusta ser libres y asumir riesgos, tomar decisiones, decir lo que pensamos.

Tiene riesgos ser demasiado originales en un mundo donde es más fácil masificar. Dice Gabriel García Márquez: «Trata de decir siempre lo que sientes y haz siempre lo que piensas en lo más profundo de tu corazón».

Ser políticamente correctos es lo más prudente, hacer lo que otros esperan de nosotros. Aceptar y callar. Soñar lo que muchos sueñan. Acostumbrarnos a lo que los demás hacen para no desentonar.

La masificación es un peligro constante. Nos masificamos también en el plano religioso. Hacemos las cosas por no quedar mal, por no llamar la atención, por parecer más santos, por estar a la altura, por responder a las expectativas. Los demás lo desean. Y nosotros lo hacemos. Nos falta originalidad. No buscamos nuestra propia agua, la que quita nuestra sed.

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