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¿Ya ni sientes sed?

David Alcubierre / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 22/03/14

La libertad tiene un precio y el cambio requiere esfuerzo, pero antes de nada… ¿los quieres?

Cuando ignoramos lo que es necesario cambiar, no avanzamos. Pensamos que todo está bien tal y como está. Pero en realidad no sabemos hacia dónde caminamos. Nos cansamos, tenemos sed, buscamos, soñamos.

Puede ser que veamos que hay tantas cosas por cambiar que no sepamos por dónde empezar. Y nunca empezamos. Soñamos el cielo sin levantar el vuelo. Nos cuesta el esfuerzo. Como decía Gabriel García Márquez: «He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada».

Queremos vivir ya en la cima, sin lucha, sin tener que sufrir la dureza y la sed del camino. No es así. Hay que aprender a disfrutar también del camino y de la sed. Pero nos asusta el esfuerzo y tener que cambiar. Por eso nos acostumbramos a la vida y cambiar nos parece una quimera, un esfuerzo ímprobo. La esclavitud nos resulta más cómoda que la libertad.

La mujer samaritana que sacaba agua del pozo era una mujer herida y esclava: «Él le dice: – Anda, llama a tu marido y vuelve. La mujer le contesta: – No tengo marido. Jesús le dice: – Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». Herida en el amor, en lo más profundo. Buscaba agua que calmara su sed. Vivía esclava de sí misma. Cinco maridos y un amante.

Tal vez vivía la vida que no había soñado, la que no había querido. Sobrevivía. Demasiados fracasos y sinsabores. Tal vez su dolor era hondo y ninguna agua podía calmarlo. Una mujer despreciada, rechazada, al borde del camino.

Jesús la mira con ojos nuevos, la reconoce sin haberla visto nunca antes. Ve su belleza interior, su alma pura, ve su verdad.

El pueblo de Israel también había sido un pueblo esclavo. Dios lo liberó, creyó en él, vio su verdad. Caminando por el desierto, sufre la sed y grita: « ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?». En la esclavitud no tenían libertad, pero no padecían necesidades, no tenían sed ni hambre. En la libertad del desierto padecen, sufren.

La mujer samaritana en su herida de amor tiene una sed eterna. Es esclava y tiene su pozo que calma la sed temporalmente. Pero la sed más honda continúa. A veces es más cómoda la esclavitud sin amor, que amar en la libertad.

Ser esclavos limita las posibilidades de optar en la vida pero da tranquilidad, quita la sed por un tiempo. No queremos ser esclavos, pero muchas veces lo somos, porque la libertad tiene sus riesgos y duele. No nos atrevemos a sufrir la sed del desierto.

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