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​Ve a aquel lugar donde puedes volver a ser niño

Sebastian Freire / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 21/03/14

El discípulo se hace niño y padre, vive el hogar en Dios y es hogar para muchos

¡Qué importante es subir al monte para no olvidar lo que estamos llamados a vivir! Subir al monte nos ayuda a abrir los ojos, a descubrir los momentos de gozo de nuestra vida y nos permite ver con más claridad el ideal hacia el que caminamos y da sentido a nuestra vida.

Al monte podemos subir una y otra vez a llenar el corazón, aunque nuestro lugar permanente no es allí, sino en el valle. Pero allí, en lo alto, tomamos distancia desde la altura, miramos nuestras vidas con una nueva perspectiva y vemos lo que no está en orden, lo que se puede cambiar.

El monte es una estación de paso pero necesaria para seguir el camino. ¡Qué importante es poder hacer un alto en el camino subiendo al monte!

Hace unos días nos adentrábamos en el desierto al comenzar la Cuaresma. El domingo pasado subimos el monte para encontrarnos a solas con la luz de Dios y escuchar su voz.

En la cotidianidad del valle perdemos la visión correcta de las cosas y nos dejamos llevar por las preocupaciones de cada día. En el valle se nos taponan los oídos con los ruidos y la mirada no ve el ideal con claridad, ni su grandeza y dignidad. En ese ambiente no hay momentos para ver la luz de la gloria y atesorar la alegría de momentos de vida.

En el monte siempre está María, para hacernos ver lo que podemos llegar a ser, lo que aún nos falta por soñar, lo que Dios ha pensado para nosotros. La memoria es frágil y olvida lo vivido cuando no se detiene ni se aventura en el monte.

Todos tenemos experiencias de luz, de encuentros con Dios, en los que no queríamos irnos de su lado, en los que soñamos con ese hombre pleno que deseábamos ser. Momentos en los que comprendemos que Jesús necesita nuestra cercanía, nos quiere a su lado. Quiere que aprendamos a vivir y que estemos siempre junto a Él.

Al pensar en esa necesidad que Jesús tiene de nuestra amistad pensaba en un padre ya mayor que cada día cuando le visita su hijo le dice: «Lo único que quiero es que estés aquí, a mi lado. Eso me hace muy feliz. Sé que soy aburrido. Pero tu visita me alegra mucho. ¿Cuándo vuelves?».

Así es Jesús. Como con los discípulos. Quiere que estemos con Él. Le consuela nuestra presencia. Le alegra. Y nosotros muchas veces no estamos ahí, porque tenemos tantas cosas que hacer, porque estamos ocupados y preocupados con la vida. Él sólo necesita que estemos así, a su lado.

Pero es verdad que la vida trascurre en el valle y allí corremos el riesgo de mirar las cosas y acostumbrarnos a lo que vemos. La vida en el valle, con su rutina, puede hacernos perder la alegría de vivir y de soñar. Guerra, violencia, abusos, atentados.

Hace unos días recordábamos a las víctimas del atentado del once de marzo cuando se cumplen diez años. El temor a otro atentado vuelve al corazón del hombre. Pero el Señor nos pide que no tengamos miedo. Jesús nos lo repite. Hay una frase que dice: «No dudes en la oscuridad lo que Dios te dijo en la luz».

La Iglesia es el lugar de la confianza, el lugar en el que podemos soñar, en el que podemos ser otra vez como niños y no olvidarnos nunca de la luz. Somos los hijos amados del Padre. En los momentos de dolor tenemos que aprender a sacar del alma toda la luz que tenemos guardada.

Hay mucha miseria e injusticia a nuestro alrededor y nosotros podemos confortarlos. No sabemos en qué circunstancias puede manifestarse la luz de Dios. Está en nuestras manos. Podemos ser para otros ese monte en el que puedan descansar. Porque hoy muchos hombres sufren. 

Jesús camina con nosotros, está en nosotros, nos da su paz. Jesús viene a nuestra vida aunque no comprendamos y lo llena todo de alegría. Pero nos cuesta comprender.


Por eso es necesario tener un corazón de niño. Pero hoy, como dice el Padre Kentenich, esos corazones escasean: «Hoy existen muchos jóvenes que jamás fueron niños en su vida, niños en el más profundo sentido del término. Su necesidad de amparo jamás fue plenamente satisfecha. El alma busca instintivamente apoyo en alguien que sea firme como una roca y a la vez bondadoso y con capacidad de adaptación»[4].

Cuando estamos en casa, cuando no nos queremos ir a otro sitio, sale ese niño que llevamos dentro, lo más nuestro, lo más auténtico y único. Esa mirada de niño que no le tiene miedo a la vida, que confía, sueña y anhela lo imposible. Esa risa de niño que se alegra con la vida.

Como el niño sujeto a la mano de su padre. El discípulo se hace niño y padre. Vive el hogar en Dios y es hogar para muchos. Así somos nosotros, es nuestra misión. Vivimos con Jesús que nos muestra su corazón y nos enseña a nosotros a abrir nuestro corazón para que muchos, en nuestra herida, puedan descansar y saberse profundamente amados por Dios.

Para poder ser niños otra vez es necesario dejar lo que nos pesa y aventurarnos en un nuevo camino. Hay que fiarse siempre de Dios para iniciar un camino y confiar como niños.

Necesita Dios que se lo entreguemos todo para hacer de nosotros un pueblo de hijos. Así seremos bendición para otros. Necesita que confiemos como niños. Por eso queremos subir al monte igual que nos adentramos en el desierto, despojándonos de lo que nos pesa. Nos despojamos de nuestros miedos, de nuestras barreras, de las cadenas que nos bloquean.

Nos hacemos niños para abrirnos a la luz de la mirada de Dios. Jesús no se cansó nunca de dar luz, de dar hogar en vida mortal. Es nuestro modelo y sólo en Él podremos seguir amando, acogiendo, regalando paz. Jesús lo hizo. María lo hizo.

Es el amor que se olvida de sí mismo para pensar sólo en el otro. Es el amor de los padres por sus hijos, ese amor que les hace donarse sin esperar nada.

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