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​Dar felicidad

© Camdiluv / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 20/03/14

Hay gente que sólo con mirarla sale el sol, que sólo con mirarla ya palpita la vida

Hay personas que disfrutan cada instante. Se sienten en casa con facilidad en cualquier sitio. Todo lo valoran positivamente. Tienen una mirada ingenua y confiada sobre la vida.

Esas personas -algo escasas, todo hay que decirlo- hacen de la vida una cadena ininterrumpida de momentos de luz. Tal vez están tocadas por Dios de un modo especial. Existen, yo conozco algunas.

Una persona escribía: «Hay gente que sólo con mirarla sale el sol, que sólo con hablarla se calma la tempestad, hay gente de la que me fío tanto, que antes dudo de mí que de ellos. Hay gente que sólo con estar, que con solo abrir la boca, llega hasta todos los confines del alma. Hay gente que sé que, si pongo mi vida en sus manos, la va a proteger más que yo mismo. Hay gente que sólo con mirarla ya palpita la vida».

Sin embargo, hay otras que ven la oscuridad y se recrean en el temor. No avanzan, temen, retroceden. Juzgan con dureza, se encierran en su propia carne. Todo les parece poco. Viven con temor el futuro y se sienten mal con su pasado. No aceptan su presente y no ven luz en nada de lo que les rodea.

No escuchan la voz de Dios diciéndoles cuánto les quiere. Y siempre piensan que tendrían que ser más queridos de lo que son. Porque nada es bastante. Sí, también conozco a algunas de estas personas que le quitan el color a la vida y la vuelven algo gris y triste.

¿En qué grupo de personas estamos nosotros? A lo mejor en un grupo intermedio. Ni tan gris, ni con tanta luz.

Pero es verdad que sí es posible llenar con un poco más de luz nuestra vida y la de los otros. Es posible cambiar la mirada, mejorar, avanzar, Dios puede hacerlo. Es posible convertir la noche en amanecer, porque siempre hay esperanza. La respuesta está en nosotros, que podemos ver la vida de forma muy diferente.

Ya en la tierra comenzamos a vivir lo que será en el cielo. Aunque velado. Dios nos regala su presencia, su amor. Nos regala momentos de paz y de cielo. La promesa de Dios es que ya aquí, en medio de nuestra vida, camina con nosotros.

Aquí pregustamos torpemente lo que será plenitud en el cielo. Allí ya no habrá que bajar del monte. Los momentos de paz de nuestra vida serán eternos.

Ese paisaje que contemplamos, las conversaciones en las que descansamos, esos ratos de oración o de amistad en que respiramos, esos instantes en que sentimos que alguien nos amaba mucho y la vida tenía un sentido.

Esos momentos en que vimos a Dios en alguien. Esas personas que cuando las vemos hacen que nos olvidemos de todo lo malo, que nos liberan y nos ayudan a descansar.

Que nos miran a los ojos y frente a ellos, podemos ser quienes somos sin dudar que nos vayan a acoger. Que creen y confían y hacen de nuestros sueños sus sueños. Que les importan nuestras cosas, hasta las más tontas y pequeñas, sólo porque son nuestras.

Los que nos quitan obstáculos del camino y miran nuestro corazón hasta el fondo, comprendiéndonos. ¿Quién es así en nuestra vida? ¿Soy yo para alguien ese Tabor?

Todos tenemos momentos de vida en nuestra historia. Creo que es fundamental vivirlos a fondo, descalzarnos para pisarlos. Son trozos de cielo que nos ayudan a saber cómo será estar con Dios para siempre. Lo mismo pero eternamente.

Para eso estamos hechos, para el Hogar que no pasa. Todas nuestras experiencias de belleza y de bondad, de luz y de paz, de estar, de llegada, son en realidad momentos en que Dios, como ese día en la montaña, nos dice que nos quiere, que somos sus hijos predilectos.

Cada día nos espera, quiere estar con nosotros. Hasta que estemos siempre juntos. La luz que un día vi, queda dentro e iluminará los momentos de oscuridad. La paz que un día viví me dará fuerzas cuando todo se mueva. El amor que sentí me ayudará a creer cuando me sienta solo.

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