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Seminaristas: La formación del corazón como prioridad

Jeffrey Bruno
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El Papa pide profundizar la dimensión espiritual de los candidatos a sacerdote

Una de las principales preocupaciones del Papa Francisco en este inicio de su pontificado es la formación de los futuros sacerdotes. Lo ha manifestado por activa y por pasiva.
 
Para él, la renovación que necesita la Iglesia debe empezar por los pastores. Por ello insiste tanto en una formación integral de los candidatos al ministerio, que abarque todas las dimensiones humanas, poniendo sobre todo el acento en la «formación del corazón».
 
 Jesús debe ser el centro de la vida sacerdotal. Esta es la clave de una vocación marcada por una característica que no puede improvisarse: el servicio in nomine Iesu. Es decir, en el nombre mismo de Jesús.
 
«La fuerza de un sacerdote —ha afirmado Francisco— está en la relación con Jesucristo»: una relación viva, íntima, amorosa, que es la fuente auténtica de la misericordia.
 
«El sacerdote tiene que ser un enamorado de Jesús». Así de claro lo tiene el Padre Jesús Renau, director espiritual desde hace más de diez años en el Seminario Interdiocesano de Cataluña.
 
Este jesuita con una larga trayectoria de formación en la vida religiosa y sacerdotal cree que la dimensión espiritual es capital, decisiva, en la preparación para el ministerio.
 
«El apostolado tiene que estar empapado de Jesús y esto sólo es posible si ha existido una seria formación de corazón —explica Renau—. Se necesita un conocimiento interno de Jesucristo, para que conociéndole le amen, y amándole le sigan. La espiritualidad es fundamental. Aporta profundidad a la vida sacerdotal».
 
Desde Roma, Joan Esquerda Bifet, veterano formador de candidatos al sacerdocio de todo el mundo, cree también que el enamoramiento apasionado de Jesús es el punto determinante para formar a buenos y santos sacerdotes.
 
«La clave consiste en dejarse sorprender por su amor, tener tiempo cada día para Él, escuchar y estudiar su palabra viviente. Sólo un amor apasionado por Cristo hace posible la respuesta generosa a la vocación», dice.
 
El sacerdote tiene que ser un signo claro de Jesús Buen Pastor. Y esto pide autenticidad evangélica: «Podemos tener ideas más o menos claras, programas de acción bien planteados, estructuras nuevas… pero si no cambiamos el corazón de las personas, sería sólo centrarse en cambios de andamios o en ídolos, sin la construcción de piedras vivas».
 
Cuando hablamos del «corazón», aclara Esquerda Bifet, nos referimos a las convicciones más profundas, las motivaciones, la escala de valores, las actitudes…
 
Espiritualidad encarnada
 
En el ministro ordenado el cultivo de la espiritualidad debe llevar siempre al apostolado. «Es importantísimo que les preparemos para vivir una espiritualidad en medio de muchísimas ocupaciones —señala el Padre Renau—. Es un equilibrio difícil, pero necesario. Y la sociedad actual no ayuda mucho. Es necesario que aprendan a descansar y a afrontar las épocas de cansancio y desencanto como oportunidades para crecer en la fe».
 
Con más de 20 años de experiencia como formador en el Seminario Conciliar de Barcelona, Josep Serra apunta hacia un sacerdocio que, arraigado en la oración, sea más puente que isla, capaz de dar respuesta a los retos misioneros de los tiempos actuales.
 
«En la formación de los seminaristas es muy importante acompañarles en la salida de sí mismos, en el acudir a las periferias que tanto reivindica el Papa. Porque la misión principal del futuro sacerdote será disponer a la gente para el encuentro con Jesús», afirma.
 
«Uno de los retos del Seminario es abrir puertas y ventanas a la visión muchas veces parcial que tienen de la Iglesia los seminaristas —añade-. Intentamos ampliar el abanico, aunque sin favorecer la dispersión».

 
Compromiso, transparencia, humildad… son algunos de los valores que hay que ir trabajando en los candidatos. Y hoy también, con el nuevo Papa, otro elemento que no puede faltar es la alegría.
 
Para Serra, todos estos rasgos nacen de una vida de oración intensa y madura. Esta es una opinión unánime de todos los formadores: «La oración marca la diferencia. Es donde se encuentra el criterio de discernimiento. La dimensión espiritual tiene que ser el centro de la formación.»
 
También coinciden, sin embargo, en señalar la importancia del resto de dimensiones formativas: intelectual, humana y pastoral. «Todo tiene que estar bien conjugado —explica el formador del Seminario Conciliar de Barcelona—, todas las dimensiones están interrelacionadas.»
 
«El trabajo apostólico en los tiempos actuales supone un gran desgaste —advier- te Mn. Serra— y todos somos muy débiles. ¿Quién no tiene subidas y bajadas? En el Seminario uno de los objetivos es procurar que los futuros sacerdotes lleven una buena mochila, con lo necesario para no desfallecer en el camino y poder coger nuevas fuerzas y salir adelante cuando se presentan dificultades».
 
En esta mochila tiene que haber una buena base humana fundamentada en la verdad, sinceros para con Dios, para uno mismo y para los hermanos; un equilibrio afectivo; unos conocimientos intelectuales sólidos, que permitan dar razón de la esperanza; unas capacidades para la misión y el trabajo comunitario; y una profunda vivencia espiritual, de amor a Jesucristo, de oración, de hallar y sobre todo de escuchar. 

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