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​Fukushima tres años después y una ayuda de los católicos

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Des fruits et légumes en provenance de la préfecture de Fukushima en vente à la sortie d’une messe à Tokyo.

Aleteia Team - publicado el 11/03/14

“Ayudar a los agricultores de esta zona conocida antes del accidente nuclear como “el reino de las frutas” o “el huerto de Japón” nos ayuda a vivir nuestra fe”

Hoy, tres años después del terremoto del 11 de marzo de 2011, las cajas de frutas y legumbres que llevan escrito “Prefectura de Fukushima” se pudren en los almacenes o se venden a precios bajos por la fuerte sospecha de contaminación radioactiva. Una asociación católica trata encontrar una salida a la producción de frutas y hortalizas de esta región, luchando contra las discriminaciones invisibles de las que son víctimas los habitantes de la región que rodea la central nuclear accidentada.

Para Yaginuma Chikako, que se dedica a vender fresas y kakis a la salida de las misas en Tokyo, es “vital”. “Lo hago por mi país –afirma-. La prefectura de Fukushima era la que contaba con un mayor número de agricultores. Muchos de ellos lo han perdido todo”.

“Yo voy a ver renacer Fukushima, especialmente su vocación de nutrir el país”, añade precisando que su compromiso le ha llevado a “crecer en la fe”: “Todo es don de Dios, también las cosechas de las frutas, pero lo que soportamos en Fukushima es obra de los hombres y de las elecciones que han tomado”, dice.

En declaraciones recogidas por la agencia Eglises d’Asie, asegura: “Nosotros seguimos profundizando en lo que quiere decir dar gracias a Dios por el alimento que nos da, y comprendemos mejor las consecuencias de nuestras elecciones frente a este don divino. Ayudar a los agricultores de Fukushima nos ayuda a vivir nuestra fe de manera muy real”.

Yaginuma Chikako es la responsable de la ONG Revivir, un proyecto que ella puso en marcha en abril de 2012 para ayudar a los agricultores, jardineros y cultivadores de árboles principalmente de la región de Fukushima.

Residente en Nihonmatsu, una localidad situada a 70 kilómetros hacia el interior al oeste de la central nuclear accidentada de Fukushima Daiichi, constata que la producción agrícola y los mariscos procedentes de la prefectura de Fukushima no se venden o se venden muy mal en los mercados japoneses: los consumidores no se fían de estos productos, los creen contaminados por la radioactividad.

La consecuencia es que la población local, en un departamento ya profundamente afectado por el seísmo de marzo de 2011 y sus consecuencias, no logra salir del marasmo si económicamente se encuentra en desventaja o incluso estigmatizada.

“En los alrededores de Nihonmatsu, los agricultores sólo obtienen de su producción precios muy bajos –explica a la agencia Ucanews-. Antes [de la catástrofe] los melocotones, las fresas o los champiñones de Fukushima se cotizaban en los mercados de Tokyo. Hoy se pudren en cajas”.

Frente a esta situación, Yaginuma Chikako montó con la ayuda de Caritas Japón y de la diócesis de Tokyo una red para vender marisco, así como legumbres y frutas procedentes de explotaciones de la prefectura de Fukushima.

Cada fin de semana, los voluntarios toman la carretera desde Nihonmatsu y cargan sus vehículos de cajas de frutas y legumbres para venderlas a la salida de las misas dominicales en 35 parroquias de Tokyo y de sus alrededores. Con la llegada de la primavera, multiplicó su actividad.

Todas las cajas y paquetes llevan una certificación conforme a las normas en materia de contaminación radioactiva. El presidente de una empresa que fabrica contadores Geiger está en la oficina de la ONG y Yaginuma Chikako y sus ayudantes velan para asegurarse de que cada lote enviado lleve bien la etiqueta que indica el resultado de la dosimetría. Este siempre es muy inferior a los 100 bequerelios por kilogramo impuestos por la legislación.

Para Yaginuma, la paradoja es que “muchas personas rechazan comprar productos procedentes de Fukushima por temor a la contaminación radioactiva, pero esas mismas personas compran y consumen frutas y legumbres que contienen un elevado nivel de pesticidas y de productos químicos”.


Tres años después de la catástrofe, Suzuki Yoshiyuki vive todavía en una habitación temporal en Nihonmatsu. Cada semana, o casi, hace el viaje de ida y vuelta a Tokyo para vender frutas y legumbres. Y da testimonio del entusiasmo y la fuerza que le dan estos viajes, cuando los feligreses compran los productos y los encuentran “deliciosos”.

Tres años después del 11 de marzo de 2011, las heridas son todavía muy reales, aunque no todas son visibles. Algunas, como la reconstrucción de las infraestructuras, van adelante; la economía de la región recupera poco a poco la cabeza, pero son fuertes las aprensiones de la población de todo el país frente a una central accidentada cuyo proceso de desmantelamiento está muy lejos de ser controlado por el operador Tepco.

Ante los habitantes del archipiélago, los de Fukushima siguen estando como manchados por un estigma indeleble. A los que temen los efectos de la contaminación radioactiva se añaden los que creen que los habitantes de la región de Fukushima juegan al deporte de quejarse mientras se benefician de indemnizaciones, supuestamente sustanciosas, de Tepco.

Sin embargo, sobre el terreno, en la región afectada por el accidente nuclear, el desgarro del tejido social creado por los desplazamientos de población y el exilio de una parte de los habitantes hace estragos.

Sólo en la prefectura de Fukushima, las cifras oficiales indican que el post-terremoto ha causado tantas víctimas como el mismo terremoto y el tsunami que lo provocó: 1.603 personas murieron y 207 desaparecieron el 11 de marzo de 2011; a continuación y hasta el 19 de diciembre de 2013, 1.604 personas han muerto, principalmente personas de edad avanzada por cuidados insuficientes y desesperanza.

El exilio de las madres con sus hijos pequeños hacia zonas no susceptibles de haber sido afectadas por las radiaciones ha destrozado familias. Muchas parejas no han resistido y se han divorciado. Entre los jóvenes del campo, raros son los que no quieren salir para instalarse en la ciudad lejos del departamento y de la radioactividad que afecta a las tierras. En cambio los ancianos quieren volver allí donde han vivido toda su vida. Entre ambos, la generación de los 40-60 años se encuentra atenazada entre el deseo de acompañar a sus hijos y los deberes que deben a sus padres.

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