Aleteia

¿Qué es la mujer en la vida de un hombre?

© kris krüg
Comparte

Si un día hiciste sonreír a una mujer, ciertamente sabrás que la felicidad existe

En un primer momento, por algún motivo, los ojos se ven atraídos por las curvas, por el cabello, por los ojos, por la exuberancia de los rasgos que seducen y dejan al hombre en un estado de perplejidad, maravillado de tal forma que es capaz de perderse en las palabras y sentirse el más tonto entre los mortales.

El tiempo pasa, y para el hombre sabio, aquella hermosa muchacha que un día aceptó su amor gana paulatinamente nuevas e incuestionables cotas de admiración, algo que el hombre necio no es capaz de percibir, pues sus ojos están ciegos para lo que es más bello en la identidad de una mujer.

El hombre que tiene una mujer a su lado experimenta emociones que jamás experimentaría en compañía de otros hombres, mucho menos en la soledad.

Desde las manifestaciones químicas del cuerpo hasta la inexplicable sensación de un poder divino cuando aquella linda muchacha se vuelve mujer y le presenta la posibilidad de convertirse en padre.

Los hijos vienen, y el hombre continua inquieto y sin saber cómo ella consigue ser madre, tan atenta, tan dedicada a estos hijos, tan paciente, una paciencia que ningún hombre sobre la faz de la tierra sería capaz de tener.

La textura de esa piel joven se transforma con el tiempo, así como se transforma su capacidad de amar, de comprender, de entregarse.

El amor trasciende lo físico, pero mucho más que una posibilidad placentera de encuentros constantes con esta mujer, con el tiempo el hombre se volverá uno con ella, la perfecta extensión de su propio yo que sólo sería capaz de realizarse de forma tan perfecta como padre, co-creador de la vida humana, en una unión perfecta con ella, la mujer que lo hizo todo posible.

El hombre sabio percibe que, sin ella, él no sería nada, tal vez un eterno adolescente obcecado con el placer que no consigue convertirse en hombre a pesar de que los años le hagan envejecer.

El hombre sabio ve más allá de las curvas, mira a los ojos y no cree que fuera digno de ser elegido, de que se aceptara su petición de matrimonio, es un eterno apasionado.

El hombre sabio no comprende los comentarios de los necios que afirman en sus reuniones de amigos que el matrimonio es un fardo, que la mujer es un problema y que es difícil amar.

La mujer tiene el poder de desestabilizar y desestabiliza, tiene el poder de dar a luz e ilumina, ella no brilla sola, su mayor don es hacer brillar, hace brillar a los hijos por el simple don de ser mujer, hace brillar al hombre por el sencillo don de ser esposa.

La mujer brilla en todo lugar y para todo el mundo, el necio e inseguro tiene miedo del brillo de su mujer, quiere esconderla, mientras que el sabio se realiza en verla brillar para todo el mundo, pues es el brillo de su felicidad la mayor prueba de que este hombre no comete el crimen de privar al jardín del mundo de la belleza de esa rosa singular, única e irrepetible.

Los años pasan, y los eternos adolescentes acabarán frustrados por la obsesión estéril de que la chica conquistada no envejezca.

Los sabios, por otro lado, serán los más felices del mundo, se mirarán todos los días en el espejo sin creer que aquella preciosa perla que un día entró en su vida aún permanece a su lado a pesar de las limitaciones que insisten en multiplicarse en su propio cuerpo.

Los sabios sonríen porque son portadores de la constancia de un amor sublime, suman los años de matrimonio como un trofeo de inestimable valor, miran a los hijos maravillándose de cómo las facciones de ella se mezclan con las suyas en las vidas que sólo ella, esa chica por la que se apasionó, sería capaz de darle.

Queridísimo hombre, si un día hiciste sonreír a una mujer, ciertamente sabrás que la felicidad existe, pues si fuiste capaz de hacer abrirse a una rosa, brillar a una estrella y no esconderse el sol, nada te será imposible.

La mujer no es la portadora de tu felicidad, pero si consigues amarla te garantizo con todas las palabras que pudiera escribir que tu alegría llegará y no tardará, serás el hombre más feliz de tu vecindario, la adolescencia te dará lugar a la madurez y en tu vejez tu semblante estará sonriente y el mundo a tu alrededor estará constantemente iluminado.

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.