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Las tentaciones de la Iglesia hoy (I): Un cristianismo sin conflicto

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SIC - publicado el 10/03/14

La Iglesia no crecerá realmente si no atraviesa por la prueba, como el Pueblo de Israel

Soñamos con una Iglesia libre, y sabemos que la mejor aliada de la libertad es la pobreza. Sabemos además que una y otra no se dan o se tienen simplemente, sino que se han de trabajar. Dispongámonos en la Cuaresma a trabajar la virtud en cuanto Iglesia, ya que estamos seguros de hallar al final del camino una nueva felicidad, un crecimiento en autenticidad, una “Iglesia virtuosa”, más verdadera, más de Cristo. Entremos con la Iglesia en la Cuaresma.

El camino cuaresmal es de crecimiento, porque es camino de prueba. Así avanzamos y crecemos los que intentamos mantenernos fieles al Dios de Jesucristo y así se purifica y perfecciona la Iglesia. Ella también es y ha de ser constantemente probada.

“Prueba” es toda experiencia que pone de manifiesto la verdad o la valía de una cosa. Siempre supone un sufrimiento, más o menos intenso, porque el sufrimiento “es el test revelador del ser humano”: el sufrimiento tiene la cualidad de poner al descubierto la realidad que la vida cotidiana normalmente mantiene oculta.

El sufrimiento tiene en la Biblia y en la vida cristiana una importancia capital. Cuando se da un hecho que nos hace sufrir, la Revelación nos dice que es legítimo preguntarnos si en él somos probados por Dios o si proviene del enemigo. En el primer caso, Dios desea que crezcamos, en el segundo, el enemigo busca que retrocedamos o caigamos. Entonces lo llamamos tentación.

Ya hace mucho tiempo que pensamos que la Iglesia hoy sufre una situación de exilio. Esto no es nada nuevo, ya que esa es la situación que le corresponde por naturaleza, pues su patria es el cielo. Pero aquí nos referimos a un exilio vital, histórico, preciso, en el que ella es particularmente probada.

Permítaseme evocar una vivencia personal. Hace unos veinte días, en las Jornadas de formación y espiritualidad, los presbíteros y diáconos de la diócesis pudimos escuchar unas reflexiones oportunas que nos ofreció Mn. Teodor Suau, sacerdote de la diócesis de Mallorca. El argumento central de su aportación era cómo actúa Dios en la historia, e incluía un punto esencial: el pueblo de Israel redescubrió a Dios, y su modo de actuar, en un momento tan trágico como fue el exilio en Babilonia.

Al escuchar esta exposición inmediatamente me vino a la memoria una experiencia que viví hace bastantes años. Atravesaba momentos ministerialmente complicados y resultó que en muy poco espacio de tiempo, apenas una semana (una “casualidad providente”) cayeron en mis manos tres libros coincidentes y luminosos: Exilio y ternura, de Eloi Leclerc, donde el autor narra el “fracaso” revelador de San Francisco de Asís en la guerra de las Cruzadas en Tierra Santa; El exilio y la gloria, de Thomas Merton, una historia escalofriante del sufrimiento de una monja contemplativa en las tierras gélidas del norte del Japón; y La espiritualidad del exilio, de A. Gelin, una breve síntesis de los grandes descubrimientos de Israel en el destierro babilónico. Parecía que escuchaba una única palabra, cargada de luz y de consuelo. Los mensajes que hallaba eran abundantes y abrían una nueva visión de uno mismo, del mundo, de Dios y de la Iglesia.

Pero, ante todo, aparecía una clara certeza ante mis ojos: cada uno y el Pueblo elegido, es decir, la Iglesia, no creceremos realmente si no atravesamos la prueba, y que por tanto el sufrimiento es un hecho inexorable en nuestro camino hacia la felicidad.

He aquí, por tanto, una primera tentación que asedia hoy a la Iglesia y que le impide crecer: fabricarse una cristianismo sin conflicto, sólo consolador, tranquilo, aburguesado, acomodaticio, es decir, una fe sin cruz.

† Agustí Cortés Soriano, obispo de Sant Feliu de Llobregat. Artículo publicado por SIC

Tags:
cristianos perseguidoscuaresmaiglesia
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