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Fecundos momentos de soledad

PH: JM MAZEROLLE/CIRIC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/03/14

Frente a decisiones importantes, cambios de rumbo o crisis, tendríamos que dejar que el Espíritu nos empujara al desierto

Jesús necesitaba irse al desierto para mirar su alma, para estar en soledad un tiempo, para dialogar en lo más profundo con el Padre: «En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo». Jesús inicia un largo camino buscándose a sí mismo, buscando a su Padre, buscando su camino, buscando su rostro.

Lleva preguntas y busca respuestas. Reza, calla, espera, anhela. Se adentra en lo más hondo de su alma. Sabe que es amado por su Padre. Lo ha escuchado en lo profundo. Busca ahora un camino y se adentra en la soledad del desierto. Para responder al fuego que había en su alma. Para preguntarse y preguntarle al Padre cuál era su misión, cómo llevarla a cabo, cómo empezar a caminar después de treinta años en Nazaret. Algo terminaba y algo comenzaba. Era un momento de grieta.

Jesús necesitó silencio y soledad para mirar hacia dentro. ¡Qué honda debía ser su alma! ¡Cuántas cosas se dirían los dos en intimidad! Jesús tuvo hambre. ¡Qué humano! También tendría miedo. Se sentiría solo y añoraría su familia. Tendría tantas preguntas sobre Él, y muchos sueños de partirse, de darse, de cumplir la voluntad del Padre, de hacer siempre lo que Él quisiera.

Fueron días de entrega, en los que Jesús oyó esa voz: «Tú eres mi hijo amado, mi predilecto». Aunque seguramente, en esos días, no siempre oyó al Padre. Como nosotros. Habría silencio y búsqueda. Hambre y sed.

El desierto es un momento fundamental en la vida de cualquier persona. También para Jesús. Él es Dios y necesitó retirarse a ponerse frente al Padre, frente a sí mismo y preguntarse: « ¿Quién soy? ¿Cuál es mi misión?». Pasó por lo mismo que nosotros y así nos muestra el camino.

Es verdad que muchas veces huimos hacia delante cuando tenemos preguntas o inquietudes en el interior. Cosas que bullen y que a veces no sabemos de dónde vienen. Seguimos y nos da miedo mirarnos, quedarnos a solas con nosotros mismos, en silencio, sin ruidos ni luces. Porque tenemos miedo al vacío, o porque quizás, tenemos miedo a lo que nos podemos encontrar. O creemos que no lo necesitamos.

De esos días de desierto, que quedaron en la intimidad de Jesús, vivió Él mucho tiempo. Encontró, en diálogo con el Padre, por dónde comenzar; descubrió la misión de mostrar el rostro de Dios a los hombres, con sus palabras, con sus hechos, en Él mismo.

Descubrió su vocación de peregrino, de Hijo de Dios, de pastor, de camino, de pan, de luz, de vida, de médico, de Salvador, de puerta. Es un momento de encuentro profundo con lo que Jesús es en lo más hondo. Un momento de soledad, de preguntas, de pequeñas luces, de sueños, de miedos, de esperanza, de incertidumbre. De mucha confianza, de entrega del futuro. De alegría por descubrir quién es.

¿Cuáles han sido, en nuestra vida, las experiencias de desierto? Momentos de soledad, de repliegue sobre nosotros mismos, tal vez de sequedad.

En algunos momentos, frente a decisiones importantes, cambios de rumbo o crisis, tendríamos que dejar que el Espíritu nos empujara al desierto para que Dios nos hablara al corazón. Es necesario el silencio para oír a Dios.

El desierto es inmenso, el horizonte no termina. Necesitamos esa mirada amplia para mirar en profundidad nuestra vida. El cielo amplio. Lleno de estrellas. La arena infinita. Sentirnos pequeños. Jesús nos enseña a recorrer su camino, sus estaciones y paradas, sus momentos de búsquedas y respuestas.

Tags:
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