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«Limosna espiritual», ¿qué es?

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Juan Ávila Estrada - publicado el 06/03/14

Algunos no necesitan nuestro dinero, pero sí una voz de aliento, una palabra sanadora  y alguien que sea capaz de corregirlos con amor

Ayunar, orar y compartir son tres actitudes purificantes y purificadoras que nos ayudan a ser mejores humanos y cristianos.

Las tres van unidas tan estrechamente que la una sin la otra no es posible: el que ayuna y no ora sólo está pasando hambre; el que ayuna y no comparte, sólo está ahorrando dinero; el que comparte y no ora sólo es un filántropo y para el que ora y no comparte, su oración es un diálogo egoísta con Dios.

El  emérito papa Benedicto XVI en su mensaje para la cuaresma 2012 propuso un texto de la carta a los Hebreos (10,24) donde, retomando las palabras del autor sagrado nos recordaba la necesidad de “fijarnos los unos en los otros”.

Pero además nos invita a pensar que esa mirada que se posa en el otro no es solo para ver  los momentos de carencia material sino también en lo que tiene que ver con el vacío espiritual y la posibilidad de perder la salvación.

A veces pensamos en solidaridad y recordamos a miles y miles de damnificados por las catástrofes naturales y a todos aquellos desposeídos que han sido objeto de violencia y desarraigo. Pocas veces pensamos en los otros, me refiero a aquellos que teniéndolo todo no tienen a Cristo en su corazón.

Probablemente pensamos que “ese no es mi problema” y que cada quien verá cómo se salva.

Pero es que hasta en este punto la Sagrada Escritura, que es Palabra de Dios, nos enseña la necesidad de orar y velar los unos por los otros.

¿Acaso no oramos en plural el Padre nuestro aun cuando lo estemos haciendo solos? Fíjense en esta oración enseñada por Jesús y descubrirán que cada petición está elaborada de tal forma que cuando pedimos lo hacemos no solo por  nosotros sino además por los otros.

Aquí no vale esgrimir la respuesta de Caín cuando fue inquirido por su hermano Abel: “¿Acaso soy yo guardián de mi hermano?”(Gn. 4,9). Ciertamente Dios nos dirá que “sí” lo somos.

En ocasiones el respeto humano o el temor nos llevan a hacer la “vista gorda” ante el pecado de los demás y pensamos: “cada quien haga con su vida lo que le dé la gana; yo no me meto con nadie para que nadie se meta conmigo”.

Esta indiferencia es la que debe ser desarraigada en este tiempo y para siempre, pues si bien es necesario respetar la individualidad y la privacidad del otro, también debemos saber que el hecho de que el Señor nos permita ver o conocer el pecado de los demás no es para que lo divulguemos o difamemos al otro sino que lo permitió para que hiciéramos algo por él, para que lo corrijamos, lo instruyamos y le ayudemos a encontrar el camino.

No nos dediquemos exclusivamente a organizar alcancías y llevar donativos para paliar los sufrimientos físicos de los demás (claro está, esto no se puede terminar).

Pensemos también cómo fijarnos en aquellos que no necesitan nuestro dinero pero sí necesitan una voz de aliento, una palabra sanadora  y alguien que sea capaz de corregirlos con amor.

Ya no es suficiente con suscitar solidaridad económica sino además solidaridad espiritual; la una debe andar acompañada de la otra: un pedazo de pan y una palmadita en la espalda; un pedazo de tierra para los desplazados y una llamada de atención al que obra el mal.

Predicar el nombre de Cristo a quienes no lo conocen no puede ser parte de un “hobbie” para los momentos de ocio sino una obligación moral de quien siente al otro como un semejante.

El dolor solidario por los que carecen debe extenderse hasta aquellos en el que el vacío del corazón hace que todo lo que se tiene sepa a nada precisamente porque nada de lo que hay es capaz de satisfacer las necesidades espirituales más apremiantes del corazón.

Tener sin ser es lo mismo que empaque sin contenido y cuerpo sin alma. Debemos tocarnos no solo el bolsillo sino también la conciencia y la voluntad para tender la mano a quienes más nos necesitan justamente porque teniendo todo pueden sentir que su vida no tiene sentido sólo porque no tienen ni conocen al Señor.

¿Alguna vez ha pensado en una comida exquisitamente preparada, con los ingredientes más seleccionados del campo pero que al probarla descubre que le falta sal?

Tiene todo pero le falta eso tan simple y tan barato que cambia completamente su sabor.

No hay solo damnificados materiales sino también los espirituales: aquellos que han sido devastados por tsunamis morales, por pecados de gran peso que no son capaces de levantar cabeza y sienten el peso de la vida como una enorme mole de concreto que cada día los aplasta más. 

“Fijémonos” en todos esos hermanos nuestros y miembros de nuestra familia a quienes les da miedo mirarse al espejo por la simple razón de encontrarse con su peor enemigo y verdugo.

Ellos necesitan encontrarse con alguien que no sea su policía pero sí su guardián, alguien que se preocupe por ellos y a quien le duela lo que les suceda; alguien que no solo se preocupe si comió sino además si está bien con Dios.

Mira “qué se puede hacer”. Mira a tu alrededor y descubrirás los rostros de quien espera por ti y por mí.

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