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Hay que reconocer lo mucho que Europa debe a los jesuitas

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Alfa y Omega - publicado el 06/03/14

Se cumplen doscientos años de la restauración de la Compañía de Jesús

Se cumplen doscientos años del restablecimiento de la Compañía de Jesús, después de su supresión, a finales del siglo XVIII. No es ésta mala fecha para hacer memoria «de lo mucho que Europa debe a los jesuitas», y recordar cómo, gracias a la Compañía, «la sociedad recobró muchas de sus dimensiones intelectuales y morales, abrió las puertas al conocimiento científico y salvaguardó valores morales». Escribe el Académico de la Historia don Luis Suárez Fernández

Cuando san Ignacio estableció la Compañía de Jesús, para dar complemento a la reforma católica española, fijaba para ella cuatro puntos: defensa de la persona humana, dar a la educación primacía sobre la instrucción, reconocer el valor de la ejercitación de los espíritus, y sobre todo, obediencia al Papa formulada como cuarto voto. Todo ello se oponía a la corriente que comenzaba a dominar entonces en Europa, absolutismo de Estado que exigía, como aún seguimos haciendo, sometimiento de todas las dimensiones de la sociedad, incluso la religiosa, a las dimensiones del poder. Cuando, en torno a 1740, ese absolutismo madura, convirtiéndose en despotismo ilustrado, la Compañía es juzgada como un peligro, no sólo por la obediencia al Papa, sino por el respeto profundo a la identidad de la persona humana.

Por eso, en las calumnias que contra ella se alentaron -papel social de los colegios, ritos chinos y malabares, misiones del Paraná-, descubrimos un punto importante: los jesuitas respetaban la identidad étnica y cultural de aquellos países a los que llevaban la Verdad de Cristo. Un indio bautizado no tiene por qué renunciar a las cualidades de la persona; al contrario, puede servirse de ella para progresar. Las misiones del Paraná, como a veces se nos dice, nada tenían que ver con la lucha de la esclavitud. Ya estaba prohibida en los virreinatos españoles. El conflicto venía del monopolio de los cueros de caballo. Y aquellos indios agricultores estaban dotados, además, de un sentido especial para la música. Fabricaron esos violines que aún llamamos Stradivarius. Los jesuitas estorbaban al imperialismo colonialista.

El proceso contra la Compañía se inició en Portugal con el Marqués de Pombal, y se contagió luego a España, donde Carlos III la prohibió, y también las otras monarquías católicas. El Papa defendió a la Compañía. Especialmente Clemente XIII, que en su monitorio de 1768 explicaba todos estos detalles que hacían indispensable la presencia de los jesuitas dentro de la europeidad. Pero, con ello, no consiguió otra cosa que endurecer la postura de los ministros de Carlos III, que exigieron que fuesen suprimidos en cuanto Congregación.

Disolución de la Compañía

Los enemigos de la Compañía, entre ellos muchos obispos, se negaron a reconocer la primacía del Papa en este asunto. Y el sucesor de Clemente que llevaba su mismo nombre, con número XIV, creyó ganar tiempo publicando el Breve Dominus ac Redemptor, que disolvía la Compañía. Un Breve no es una Bula; no se incorpora al Derecho Canónico. Prácticamente, se limitaba a legitimar las decisiones de los príncipes que prescindían de ella.

Los jesuitas expulsados hallaron acogida en Prusia y en Rusia, países no católicos, pero que valoraban su aportación intelectual. Curiosamente, el mismo día de la publicación del Breve, un muchacho llamado Chiaramonti entraba en el benedictismo. Estamos en 1773; faltaban poco más de 10 años para que, con la Revolución Francesa, se produjera el desplome del despotismo ilustrado. Chiaramonti iba a hacer una gran carrera dentro de la Iglesia. Siendo obispo de Ímola, hizo una definición que contrastaba con la actitud de los revolucionarios: en la Navidad de 1799, advirtió que un sistema democrático aceptable dentro de las decisiones de la sociedad necesita del orden moral si quiere sobrevivir. Y aquí estaba la clave.

Un protagonismo decisivo

Cuando los jacobinos, guiados por Bonaparte, creyeron haber acabado con el pontificado, los cardenales elevaron al solio pontificio a Chiaramonti, que tomó el nombre de Pío VII (1800-1823). Con él comenzaba la restauración de la Compañía de Jesús, que en nuestros días está alcanzando un punto más alto precisamente cuando un jesuita ocupa la sede de Pedro. Una de las primeras decisiones en su retorno a Roma fue precisamente restaurar la Compañía de Jesús, que iba a cobrar, desde este momento, un protagonismo decisivo en las nuevas naciones ultramarinas, en los reinos no católicos y, desde luego, en los católicos. Gracias a ella, la sociedad recobró muchas de sus dimensiones intelectuales y morales, abrió las puertas al conocimiento científico y salvaguardó valores morales.

La Segunda República española reincidiría en el error de expulsar a los jesuitas robando sus bienes, pero, ya en 1936, como una consecuencia de la Guerra Civil, pudo ser restablecida. Ellos ayudaron decisivamente a Franco a apartarse de las amenazas del nazismo, y contribuyeron, sobre todo, a la restauración de la enseñanza bajo este principio: lograr la formación de los alumnos. Al conmemorar el 200 aniversario de la restauración, debemos tener muy en cuenta todos estos méritos y no olvidar nunca lo mucho que Europa debe a los jesuitas.

Por Luis Suárez. Artículo publicado originalmente por Alfa y Omega 

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