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La red virtual y el «prójimo»: no tan incompatibles

Santi Casanova - publicado el 05/03/14

La red ha traído a mi vida un buen número de personas que forman hoy un núcleo fraterno importante para mí y para mi familia

Es difícil crear comunidad si no hay encuentro físico. Así de rotundo. ¿Anula eso la cercanía en la red? De ninguna manera. ¿Convierte eso a la red en un lugar irreal y pernicioso? En absoluto. ¿Significa eso que miente quien dice que en la red uno se puede sentir cercano, querido, conocido, apoyado, sostenido, etc.? No, no significa eso. Es, sencillamente, constatar un principio innegociable de todos aquellos que, parafraseando al Papa Francisco, deseamos que las redes no sólo sean “calles digitales” sino un lugar de encuentro real y profundo con el prójimo.

Para muchos, la red constituye un mundo virtual alejado de la realidad; los perfiles son sólo eso, perfiles y todo lo que ahí se comparte es pura ficción. Un universo carnavalesco lleno de antifaces, caretas, peligrosos actores y consecuencias terribles para la persona. Mi experiencia no es esa. Yo descubro en la red el mundo real, o buena parte de él; constato cada día que de detrás de cada perfil hay nombres y apellidos, rostros, historias, batallas personales, dones y heridas. Un universo superpoblado de “prójimos” que expresan y comparten luces y sombras. Ambas visiones comparten un territorio común que hay que conocer y valorar, alejado del catastrofismo de unos, y de la cándida ingenuidad de otros. Al fin y al cabo, la red no es muy diferente de la cotidiana realidad con la que interactuamos todos los días.

La red ha traído a mi vida un buen número de personas que forman hoy un núcleo fraterno importante para mí y para mi familia. En ese núcleo hay personas a las que he apadrinado en su Confirmación, personas cuyos hijos son ahora ahijados de Bautizo, personas con las que colaboro en Radio María, personas que entran y salen y cenan y duermen en casa, personas cuyas vidas ya no me son ajenas, personas con las que me embarqué en el proyecto #iMisión, de evangelización en la red… Todas ellas conocidas a través de las redes sociales, que propiciaron el primer contacto, las primeras conversaciones, el primer conocimiento mutuo. Pero llegados a este punto puedo también afirmar algo más: me he encontrado físicamente con todas y cada una de ellas. Siempre he buscado y propiciado la “desvirtualización”. Antes o después, nos hemos visto sin intermediarios tecnológicos, nos hemos abrazado, nos hemos escuchado alrededor de una mesa…

Cada uno de nosotros somos lugares habitados, lugares con varias estancias donde vivimos diferentes momentos y adonde permitimos entrar a diferentes personas. Cuando nos asomamos en la red y empezamos a relacionarnos, abrimos de par en par muchas puertas y ventanas de este lugar, mi lugar. Por ahí entran personas a las que permitimos “habitarnos” pero a las que mantenemos en unos lugares muy concretos del hogar. No toda la casa está disponible. No todas las puertas están abiertas. Sin darnos cuenta, hay estancias que permanecen cerradas. Estancias a las que ya no se accede tan fácilmente, estancias donde uno se guarda, se protege y a las que uno vuelve cuando deja de departir en los salones y pasillos existenciales. Mantenerse ahí, a ese nivel, claro que es real y claro que puede ser bueno. Claro que abro puertas y claro que comparto parte de mi ser con nuevas personas. Pero nos engañaríamos si pensáramos que todo puede quedarse ahí.

Una comunidad se nutre de fraternidad o muere por inanición. No se trata de ser muy amigos, de tener los mismos intereses o de quedar juntos para rezar cada uno al otro lado de su pantalla. La fraternidad no es producto mágico, que aparece y desaparece, dominado por subidones afectivos o burbujas sentimentaloides. La fraternidad se construye, se conquista, se gana. Y para ello, para sabernos hermanos de verdad, con y por los que dejarse la vida, no llega con abrir unos cuantos ventanucos. Hay que propiciar encuentro e intimidad, hay que dejar paso a las estancias de las plantas superiores, a los lugares donde habito en zapatillas de casa.

Jesús es la prueba de que Dios fue pionero en la desvirtualización. Dios decidió salir, abrirse de par en par, sin reservas, darse en su totalidad, relacionarse sin límites con nosotros. Luego, Jesús no se conformó con tener un gran grupo de “followers”. Para llevar a cabo su misión necesitaba amigos, hermanos con los que compartir día y noche. Eligió a un grupo que caminaría junto a Él, que le vería llorar, que le decepcionaría, que no entendería nada, que verían y vivirían todo, que conocerían el tono de voz del Maestro, su manera de andar…

La desvirtualización forma parte del #iDecálogo para los misioneros en el sexto continente confeccionado por #iMisión. Y como muestra el #iCongreso, que se celebrará en Madrid del 4 al 6 de abril. Oportunidad privilegiada para que tantos conocidos en la red, abracemos a aquellos que trabajan a nuestro lado en la evangelización en la red. Será un fin de semana lleno de formación y emoción, de fraternidad, de risas, de abrazos, de miradas. La fuerza de la comunidad que salga de ahí, y de su misión, es, hoy, un misterio en manos de Dios. ¡Que por nosotros no quede!

Santiago Casanova
@scasanovam
Laico Escolapio

Tags:
comunidadimisionpapa franciscoredes sociales
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