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¿Cuando eligieron a Bergoglio? Como si hubiéramos ganado el mundial…

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Alver Metalli - Tierras de América - publicado el 05/03/14

Recuerdos del padre Fabián Báez, el sacerdote argentino que el Papa Francisco hizo subir al papamóvil

Lo más divertido, cuando lo cuenta, ¡es el miedo que tenía de que en Argentina no le creyeran! Por eso las imágenes de las cámaras que apuntaban al papamóvil lo inmortalizaron mientras saca el celular para tomar una foto. Ahora tiene el problema opuesto: la popularidad que le ha endosado aquel salto junto al Papa. “Después de Roma fui a Fátima; la gente me reconocía y me paraba: “¡Es el amigo del Papa… El que estaba en el papamóvil!” Muchos me daban cartas para que le entregara. No servía de nada decirles que no estaría de nuevo con él. Cuando llegué a Buenos Aires había un pelotón de periodistas apostado en el aeropuerto. Después, la presencia de la prensa durante la misa, aquí en la iglesia del Pilar. Pero la gente no me busca a mí, en el fondo busca algo del Papa, un puente que lleve hasta él”.

El padre Fabían Báez está por cambiar de parroquia. De la iglesia del Pilar, junto al cementerio de La Recoleta, a la de San Cayetano de Liniers, el santuario de Buenos Aires. Irá algunos días a confesar caravanas de peregrinos, que en realidad es lo que siempre ha hecho y lo que mejor sabe hacer. Y pensar que el examen de confesor no fue precisamente bueno. “No me había ido bien”, cuenta. Y se lo dijo a Bergoglio, que en ese entonces era obispo auxiliar de Buenos Aires. Lo bocharon porque absolvió al hipotético penitente sin profundizar “como es debido” en los pecados. “Bergoglio me dijo que él hubiera hecho lo mismo”. E hizo que le dieran la licencia de confesor. “Yo era poco más que un adolescente; fue muy comprensivo. Precisamente el rasgo de la misericordia, en el que tanto insiste”.

Lo que el padre Fabián deja escapar, y que probablemente no querría que se supiera, es que él a su vez confesó al futuro Papa. La mañana del 13 de marzo, sin duda el padre Báez no imaginaba lo que iba a ocurrir ese día. “A las tres de la tarde, hora argentina, bajé a la sacristía después de la fumata blanca para hacer sonar las campanas eléctricas. Y pensé: “cuando digan el nombre del elegido, volveré a tocarlas de nuevo. Una hora después escucho al cardenal Tauran que dice: Georgius Marius…  ¡me di cuenta inmediatamente que era él! Sentí una enorme emoción y caí de rodillas; me olvidé de las campanas y no bajé para hacerlas sonar. Corrí a Plaza de Mayo y ya estaba llena de gente, bocinas, banderas, como si hubiéramos ganado el mundial. Después volví a celebrar la misa en la iglesia del Pilar. Nunca hubo tanta gente, estaba repleta, hasta la sacristía donde nos encontramos en este momento estaba atestada de personas. La multitud llegaba más allá de los bordes de la plaza”.

El padre Fabián no vería más a su cardenal. “Le escribí una carta. Le agradecía por haber sido un padre para mí. También le dije que estaba contento por la Iglesia Universal pero que yo iba a extrañarlo. Una semana después me llegó una carta de su puño y letra. Decía que la elección había sido completamente imprevista, pero que a partir de ese momento “sintió una paz que no volvió a abondonarlo”. Le hice llegar saludos, me los devolvió a través de otros sacerdotes, pero no tuve más contacto con él”.

Hasta el día inolvidable del 8 de enero.

“El papamóvil pasa una primera vez. Él me reconoce y me dice: “¿Qué estás haciendo aquí?”. “Vine a verlo”, le contesté. Me impresionó su serenidad. Y el hecho de que el Papa no mira una multitud genérica sino a cada persona, hasta el punto de que en medio de todos me reconoció exactamente a mí. Me hizo pensar en Dios, que no mira a la humanidad, sino cada corazón, cada persona”.

El padre Fabián pensaba que todo terminaría allí. “El auto volvió a ponerse en movimiento y él siguió su recorrido. 5 minutos después retrocedió y se detuvo delante de mí, a pocos metros de distancia. Me mira y me dice: “Saltá la valla”. Yo salté, no sé cómo, pero salté. Por suerte nadie filmó la escena”, se ríe. “Corrí hacia el papamóvil y lo abracé. Él me preguntó: “¿Estás solo? Subí. Esta foto dará la vuelta al mundo”. Y vaya si tenía razón. No me daba cuenta de que todo el mundo me estaba viendo en directa. Él me dijo que le gustaba mucho ir en el papamóvil. Cruzó toda la Plaza San Pedro hasta volver a la fachada principal. Allí me hizo sentar entre los dignatarios y los embajadores. Fue un signo de su paternidad y también de su libertad. El Papa es un hombre libre, porque nosotros, que somos los últimos, estamos cerca de su corazón, y a un pobre sacerdote del fin del mundo él lo puso a su lado”. Pero todavía no había llegado el último acto de la jornada del padre Báez. “Cuando terminó la audiencia me preguntó: “¿Estás apurado? Si podés quedarte, después nos vemos”. Pude observar cómo el Papa saluda a cada enfermo. No sé cuántas personas, cientos. Dos horas saludándolas, una por una. Sale al encuentro de la gente para expresarle el amor de Dios, su ternura. También tiene que gobernar, un trabajo duro para reformar la curia, y eso es parte de la función del Papa. Pero cuando se encuentra con la multitud, es Jesús que pasa por la vida de las personas.

Artículo publicado originalmente por Tierras de América

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aniversariopapa francisco
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