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¿Qué experiencias suelen coincidir en los casos de conversos?

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Entrevista al obispo Agustí Cortés, autor de «Creer: la fuerza del testimonio»

Uno de los frutos más preciados del Año de la Fe en la diócesis española de Sant Feliu ha sido la publicación del libro Creer: la fuerza del testimonio, de monseñor Agustí Cortés. Es la recopilación de los escritos que durante ese año dirigió semanalmente a sus diocesanos en la Hoja Dominical.
 
Como ayuda en el camino de la fe, el obispo ofrece toda una serie de historias de conversión, algunas muy poco convencionales, que permiten captar la grandeza de un Dios que se hace pequeño y cercano al hombre. Entre líneas, aunque bastante escondido, se insinúa también otro testimonio cautivador: es el propio obispo Agustí Cortés, que acaba de superar una grave enfermedad ofreciendo él también una elocuente experiencia de fe y esperanza.
 
 
Se piensa a veces que la conversión es cosa sólo de los que no creen…
 
Teóricamente estamos ya superando el régimen de cristiandad, en el que el ambiente y el contexto social acompañaban la fe como algo natural.
 
No quiero decir que esté mal, pero esto tiene también su contrapartida negativa. La gente vive y se entiende ella misma como creyente pero sin que eso implique un cambio de vida.
 
El contexto actual pide que todo creyente, sea de un modo paulatino o incluso inconsciente, o de una manera más repentina, tiene que pasar por esta experiencia de conversión.
 
En nuestra Iglesia de Occidente cada vez se dan más casos de cambios repentinos y llamativos. Y esto irá en aumento. Volvemos a la pureza y a la autenticidad de la fe del Nuevo Testamento.
 
Las historias de conversión que nos ofrece en su libro son de lo más variado… Desde san Justino y san Agustín, en los primeros siglos, hasta el taxista Paco Fernández, en el siglo XXI. ¿Qué criterio ha tenido en cuenta en la elección?
 
No sabría decir si la diversidad es mayor que los puntos en común. Existe mucha diversidad, pero también hay un núcleo que se va repitiendo, ya sea en personas muy cultivadas o personas más elementales.
 
En los casos de conversión, se acostumbran a repetir algunas constantes, a diferentes grados y niveles.
 
Por ejemplo, un creyente que se convierte siempre tropieza con un límite de su propia humanidad o de la humanidad entera.
 
Acostumbra a haber también un momento luminoso, cuando la verdad de Jesucristo aparece con todo su relieve, toca el corazón de la persona y llena de sentido la existencia.
 
Existe también la constante que aquel momento no permanece exactamente igual a lo largo de la existencia. Después siguen momentos de apaciguamiento, de profundización…
 
Otra constante es el encuentro con hermanos que piensan y viven lo mismo, y se vive el gozo de la incorporación a la comunidad.
 
También es habitual el momento de humildad agradecida por haber recibido, por pura gracia, esta vivencia de amor. Es una experiencia parecida a la de un enamoramiento…
 
También es frecuente la radicalidad del converso, que no se contenta con medianías, sino que quiere autenticidad.
 
¿Qué testimonios le han marcado más?
 
Para mí fue importante hace tiempo el reencuentro con la figura de Thomas Merton. Fue un testimonio luminoso en un momento determinado. También el descubrimiento de Tatiana Goritxeva, en el mundo de la Iglesia ortodoxa, supuso un importante impacto. Y hay otros. San Agustín, por ejemplo, ha sido un referente constante, que se consolidó cuando profundicé su conversión, recorriendo muy pausadamente Las confesiones. Unos y otros son prototipo de historias de un Dios muy cercano que toca el corazón de las personas.
 
Son personas que tienen una experiencia fuerte de conversión, pero que no son necesariamente santos…

 
Sí, claro, y en algunos casos hay momentos realmente oscuros posteriores a la conversión. No son héroes, son personas que tienen sus pasiones, necesidades, búsquedas… Todos tenemos nuestros pecados y nuestros desfallecimientos.
 
Pero el conjunto del convertido es un testigo incluso en lo que constituye un reto de la vida: superar nuestras debilidades. Y cómo la gracia de Dios nos ayuda a superarlas.
 
¿La conversión es una exigencia evangélica?
 
La conversión es absolutamente necesaria para pasar de un cristianismo burgués y light, a un cristianismo mucho más evangélico.
 
La conversión, que cada uno vive a su modo, es tomar conciencia de que hay un Jesús vivo que te llama, se interesa por ti, te ofrece su propio amor y tú te sientes comprometido a responder ajustadamente a la palabra de Jesús, aunque nunca estemos a la altura. Todo esto, poco a poco, o repentinamente. Esto es absolutamente necesario.
 
Aunque no será fácil que usted lo reconozca, el obispo Agustí Cortés es también, para muchos, un testigo elocuente de fe. ¿Le ha permitido la fe afrontar la enfermedad de otra manera?
 
Sí, sin lugar a dudas. Confieso que soy débil como cualquiera. Teóricamente, siempre he pensado que los momentos difíciles de la vida, contradictorios, permitidos por Dios, son momentos especialmente adecuados para profundizar y vivir con más autenticidad la fe.
 
La enfermedad, el encontrarte con tus límites, te obliga a abandonarte radicalmente en manos de Dios. «Que se haga tu voluntad.» Esto es muy fácil de decir pero en el momento de la verdad cuesta muchísimo de realizar.
 
A mí, personalmente, me ha ayudado mucho creer e intentar vivir con humildad. El despojamiento que te obliga a vivir la enfermedad me ha permitido crecer en libertad, en pobreza, en abandonamiento en Dios… Y esto nunca termina. Siempre pido a Dios estar a la altura de este reto. No lo consigo totalmente, pero voy haciendo camino.
 
 
Fragmento de una entrevista publicada en el semanario Cataluña Cristiana

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