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¿Eres cristiano que va de «bueno»? Con un “padrenuestro diario” tienes bastante

© Hasloo Group Production Studio/SHUTTERSTOCK

Juan Ávila Estrada - publicado el 01/03/14

“Ser bueno” es una meta muy pobre para un cristiano. Dios llama a algo más grande

Cuando hemos tenido la experiencia de pasar por una leve enfermedad, normalmente nos  incomoda ir al médico ante situaciones que no consideramos   graves; otras en cambio ameritan ir pronto al galeno por el peligro que acarrean para la propia vida. Con el aparecimiento de éstas últimas ellos recomiendan tratamientos que pueden llegar a ser agresivos y hasta extremos como el de la amputación o extirpación de un órgano. “A grandes males, grandes remedios”, reza el adagio popular.

Con esta analogía podemos pensar en el itinerario de la vida espiritual que llevamos: ¿cuál es ese camino que trasegamos o que quisiéramos llevar? ¿Qué tipo de relación llevamos con Dios que nos permita poder enfrentar la adversidad hasta sus últimas consecuencias? ¿Tenemos una vida espiritual superficial, engolosinada con actos inocuos de religiosidad o, por el contrario, tenemos una vida en Dios lo suficientemente seria y madura, profunda y arraigada que nos lleve a morir por Él?

Dependiendo de la respuesta que demos, así mismo van a ser los medios que utilicemos  para alcanzarlo. Si queremos una vida espiritual superficial y sin compromiso, un Padre Nuestro diario la puede sostener; el mínimo esfuerzo en ella nos asegurará una religiosidad que barnice la existencia pero que no sea capaz de “remodelar” toda la estructura interior. Quien, por el contrario, quiera una vida espiritual que haga de él una nueva creatura debe entender que no puede usar los mismos medios en su misma intensidad y forma.

Mateo 5-6-7 que nos trae el Sermón de la Montaña, como una especie de pieza literaria de gran valor, incluso para quienes no creen en Jesús (Ghandi amaba este Sermón y lo conocía perfectamente), nos presenta el manual de la perfección cristiana. En él, Jesús nos reta a ser capaces de pasar del mal al bien y del bien a la perfección.

Preguntémonos algo: ¿Dios nos quiere buenos? En palabras de Jesús, tomadas de este texto nos dice: “Si vosotros no sois mejores que los escribas y los fariseos no entraréis en el Reino de los cielos…” (Mt. 5,20). Según esto, la respuesta, para nuestro asombro es “NO”, Dios no nos quiere buenos, nos quiere perfectos, santos. “Sed perfectos como yo soy perfecto” (Mt. 5,48), “sed santos como el Señor nuestro Dios es Santo”.

Estas ideas las podemos dilucidar desde el análisis y la perfección a la que Jesús va a llevar  el Decálogo mosaico. ¿Cuál es el requisito mínimo para la bondad? Los mandamientos son ese mínimo a cumplir. Aquí toma algunos de esos mandamientos y nos lleva a entender que no es suficiente el sentir que nunca hemos levantado un arma para agredir o quitar la vida de otro humano. “A vosotros se os ha dicho: no matarás…pero yo os digo…” Con lo que el bien se limita a no ser asesino pero la perfección apunta a los sentimientos que afloran en el corazón de desprecio o de odio hacia otro, que es otra forma nueva de asesinato. “A vosotros se os ha enseñado: no cometerás adulterio…pero yo os digo: quien mira a una mujer casada y la desea en su corazón, YA ha sido adúltero con ella…” llevando el adulterio no solo a la acción misma sino también a la intención.

Cualquiera de mis lectores pueden estar pensado  como el común de personas: “Yo soy BUENO, no he matado, ni robado, ni cometido adulterio…” ¿pero podríamos decir que hemos alcanzado esa perfección a la que Jesús llama cuando no deja los mandamientos en una simple ley jurídica intransgredible,  sino que quiere conducirnos más allá de la letra para darle vida mediante el espíritu, revistiendo de carne algo que puede parecer sencillamente un andamiaje que sostenga la vida en sus mínimos requerimientos?

Cumplir los mandamientos  puede hacernos hombres “buenos” pero eso no nos hace perfectos. Recordemos al joven rico que se acerca a Jesús para preguntarle: “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para ganar la vida eterna?” (Mt. 19,17) Aquel joven, con honestidad, muestra a Jesús que ha sido un fiel cumplidor de los mandamientos por lo que el Señor  lo felicita, pero le hace un reto: “si quieres ser PERFECTO…”; ante esta propuesta  el joven decide marcharse cabizbajo.

Bondad y perfección no son  lo mismo, pues  bondad es sólo el inicio de ésta. El mínimo de la vida cristiana son los mandamientos, pero ellos solos no nos alcanzan la perfección, la cúspide cristiana es el Sermón del monte. No somos perfectos no solo por no ser malos, la perfección va más allá del bien, cuando no somos mezquinos cumpliendo solo la ley.

Una persona que quiera vivir su vida espiritual con el mínimo, sólo conseguirá un poco de tibieza, pero quien quiera grandes cosas necesita usar medios adecuados para ello. Para esto es importante saber tomar inclusive algunas medidas extremas como el “sacar el ojo o cortar la mano” que puede interpretarse como aquella obligación libre  de saber renunciar a todo lo que nos lastima la visión o la acción.  No  nos está permitido ver o hacer cualquier cosa. Es necesario saber elegir.

No estamos ante una camisa de fuerza sino ante la posibilidad de poder ejercitar adecuadamente nuestra libertad y plegarnos a ella acertadamente. La propuesta evangélica, entendámoslo, se levanta sobre una estructura humana de justicia y de bondad, pero ella busca  construir santos e irreprochables ante Dios por el amor. Obviamente no estamos solos ante esta tarea pues el Señor mismo nos ha dado las herramientas para este logro: vivir unidos a él, pues sin él nada podemos hacer (Jn 15,4) la oración, la vida sacramental, la vida comunitaria y la lectura asidua de la Palabra de Dios para conocerla y cumplirla. (Continuará…)

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