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Una Iglesia pobre es una Iglesia más libre

Michael Fernandes

SIC - publicado el 25/02/14

Se intenta “utilizar” a la Iglesia cuando se cree que ésta tiene algún poder

Como decimos, la Constitución sobre La Iglesia en el mundo actual del Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes) marcó un estilo y un programa para la Iglesia en su relación con el mundo. La letra y el espíritu de este documento ya daban por supuesto el principio de que la Iglesia y el mundo no se identifican sin más, no se confunden de hecho. La Iglesia, de acuerdo con la otra gran Constitución del Concilio, Sobre la Iglesia (Lumen Gentium) es el Pueblo formado por los que creen en Jesucristo y son bautizados en su nombre. El mundo es el resto de la humanidad.

Con ello se daba por superado el llamado “régimen de cristiandad”, que se caracterizaba precisamente por la relevancia de la Iglesia, impregnando prácticamente toda la civilización y la cultura occidental: se suponía que uno era cristiano por el hecho de haber nacido en una cultura “cristiana”. Aun hoy, se dan casos de países que se consideran a sí mismos confesionales, con una confesión religiosa oficial, el protestantismo, como el Reino Unido o Dinamarca.

La distinción Iglesia – mundo y, correspondientemente, Iglesia – Estado o Iglesia – opción política (en sus diversos grados y maneras: proyectos sociales concretos, ideologías, partidos, etc.) ha venido siendo afirmada y defendida por la misma Iglesia.

Sin embargo, se dan dos corrientes de pensamiento contradictorias, que parecen ignorarlo. No pocas veces son sostenidas paradójicamente por las mismas personas. Una, la corriente laicista, que no soporta que la Iglesia diga una palabra sobre cuestiones sociales o culturales. Otra, la corriente que busca y reclama la intervención de la Iglesia para que ésta apoye una determinada causa u opción política. Suelen decir que así la Iglesia demostrará “que está con el pueblo”. Se puede explicar esta contradicción teniendo en cuenta que, en realidad, lo que desean es hacer triunfar su causa, que ellos identifican sin más con la causa del pueblo. En la medida, por tanto, en que la Iglesia les apoye aceptarán o “soportarán” su existencia.

Ante este hecho uno puede, haciendo acopio de generosidad y humildad, dejarse utilizar, si la causa es buena. Una postura que se vino dando tan frecuentemente en la Iglesia española a lo largo de todo el proceso de la transición política a la democracia. Pero resuenan en la propia conciencia un montón de preguntas, no fáciles de responder: ¿es realmente buena esa causa? O, al menos, ¿es tan buena, tan decisiva, como para merecer ese despojamiento de la Iglesia? ¿Tiene tanto peso, como para que todo cristiano, en nombre del mismo Evangelio, se sienta obligado a seguirla?

Evidentemente esta “utilización” de la Iglesia ocurre cuando se cree que la Iglesia tiene algún poder (influencia, capacidad, etc.). También resulta paradójico que quienes lo hacen, al mismo tiempo, no dejan de afirmar que la Iglesia va a menos porque pierde clientela…

En todo caso, persiste en nosotros la ilusión de una Iglesia realmente libre. Y viene a la memoria aquel impresionante testimonio de María Skobtsov, viviendo exiliada en Francia entre los compatriotas emigrantes más pobres:

”Nosotros que estamos proyectados en la emigración, estamos suspendidos entre el cielo y la tierra. Nuestra Iglesia, sin embargo, nunca ha sido tan libre. Libertad tan grande que da vértigo. Nuestra misión es mostrar que una Iglesia tan libre puede hacer milagros. Y si somos capaces de aportar a Rusia nuestro espíritu nuevo, libre, creador y audaz, habremos conseguido nuestro objetivo”.

Bendita pobreza que, con la Verdad, nos trae la libertad.

Monseñor Agustí Cortés Soriano, obispo de Sant Feliu de Llobregat. Artículo publicado originalmente por SIC 

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