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No lloren por mí: Justin Bieber

Richard Shotwell/Invision/AP
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¿Por qué nos sentimos tan bien cuando los famosos lo pasan mal? ¿No es uno de los peores pecados que existen, la envidia?

¿Por qué suceden cosas malas a la gente “guapa”? Y ¿por qué no les pasan más a menudo? En serio, ¿hay algo más satisfactorio que leer los escabrosos detalles de las crisis de las celebridades? Primero te sorprende que alguien tan rico pueda ser tan estúpido, o que alguien tan glamoroso se deje fotografiar de esta manera. O que la imagen pública de una estrella se rompa en mil pedazos, y tras la máscara logres ver la cara verdadera de un caso perdido que ha intercambiado su traje Armani por un traje de presidiario. ¡Oh! Cómo han caído los poderosos. Eso le enseñará a ser tan sofisticado, tan guapo, tan… arrogante.

Cuando leemos una historia así, al principio simplemente nos mueve la curiosidad, quizá incluso quedemos ligeramente impresionados. Podríamos sentir auténtico enfado por lo que este famoso ha hecho y dicho. Pero no sentimos pena de que lo hiciera, y no podemos dejar de leerlo. Mientras lo hacemos, una cálida sensación de satisfacción corre por nuestra alma. Cuanto más grande sea la atrocidad, mejor nos sentimos. Millones de estadounidenses que vieron huir a O.J. Simpson de la policía por las carreteras de California quedaron profundamente decepcionados cuando se entregó, en lugar de lanzarse gloriosamente por un precipicio al estilo “Thelma y Louise”, o hacer que la policía lo matara a balazos como en “Dos hombres y un destino”. Y saborearon su juicio día tras día, hasta que sintieron una sensación dulce y amarga con su absolución – sólo para satisfacer su sentido de justicia cuando fue enviado a prisión por robar sus propias marcas deportivas.

Más recientemente, hemos podido leer todos los detalles de problemas de alto standing:

Justin Bieber arrestado por correr, sin licencia, borracho y atiborrado de droga, en un barrio residencial.

Alec Baldwin hundiéndose nuevamente y acusando a un periodista que lo hostigaba de varios pecados que claman al cielo.

Miley Cyrus haciendo…varias cosas… en VH-1 Music Awars

Charlie Sheen “consiguiendo” (una extendida crisis psicótica) en Internet.

Lindsay Lohan deja la casa.

Viejos escándalos que han calentado los rescoldos de nuestros corazones de piedra incluyen la bronca de Mel Gibson contra policías judíos y rusos cazafortunas, el matrimonio de Woody Allen con una chica a la que crió como una hija, y las payasadas de borrachos y drogadictos de innumerables actores en las últimas décadas – detalladas en las revistas populares, los programas de chismes, o los llamativos libros que lo cuentan todo con títulos como Hollywood Babylon.

Claramente, el placer es mayor cuando podemos pensar en alguna razón legítima para que no nos gusten los famosos. Quizá, no nos gusta su política, o desaprobamos el contenido moral de las películas que ayudan a hacer. Quizá hayan creado  una moda espantosa que nuestros hijos han adoptado. (Uno de los autores de este artículo oyó que su madre reaccionó a la muerte de John Lennon diciendo, “Bien. Después de todos aquellos chicos a los que ayudó a engancharse a las drogas. Me alegro que esté muerto”).

Hay una palabra para el placer que sentimos en las desgracias de los demás, y sorprendentemente, es alemana: Schadenfreude. El lenguaje que nos dio la obra de Lutero, Hitler y Kafta se lleva el crédito de nombrarla, pero la dulce amargura que sentimos no tiene límite de tiempo y es universal. Milton nos dice que Satán se fijó en Adán y Eva en parte porque los envidiaba, y el Génesis establece claramente que Caín asesinó a Abel porque estaba celoso de que Dios pareciera más complacido con su hermano. Oímos historias de santos que han sido perseguidos incluso en conventos o monasterios por compañeros inferiores que envidiaban sus éxtasis. Si alguien que posee un don natural más grande que nosotros nos molesta (ver la película Amadeus), entonces, la persona que desborda de bendiciones es simplemente intolerable (ver anti semitismo y anticlericalismo mientras estás en ello).

No vamos a tratar de curar en una sola columna el pecado mortal que Tomás de Aquino llama el más mortal de todos, la envidia, ya que ni siquiera busca un placer ilícito, sino que simplemente espera disfrutar en el dolor ajeno. Pero nos gustaría ofrecer una semilla de antídoto para plantar en la mente del lector y hacer algunas reflexiones que ayudarán a resistir la tentación la próxima vez que alguien famoso haga algo infame. Es una cosa pequeña y fácil de pasar por alto, pero esperamos que ayudará:

Estas personas son seres humanos. Pecadores. Tontos, como todos nosotros. Lo que es más, son tontos que han logrado – a través del trabajo duro, desesperadamente aliados con la suerte – alcanzar una posición en la vida, donde se ven tentados sin descanso. Perseguidos por los periodistas. Dirigidos por los acosadores y sociópatas. (en Los Ángeles, hay ciertas reuniones de Alcohólicos Anónimos que los actores en recuperación frecuentan – y en donde rubias tontas y gigolós caza-estrellas juegan a ser alcohólicos, quizá para pescar a los ricos y famosos). Imagínate a ti mismo en su lugar: Imagínate que pudieras permitirte cualquier droga que quisieras y estuvieras rodeado de gente que supiera cómo entregártela en cuestión de minutos. Que pudieses entrar en una discoteca y cautivar a extraños atractivos con la certeza que puedes llevarte a casa a cualquiera cualquier noche. Que tienes acceso aparentemente ilimitado a dinero en efectivo, y enormes líneas de crédito. Si necesitas salir de una mala situación, puedes subirte a un avión privado y volar a cualquier lugar que quieras, con el dinero suficiente para permanecer allí hasta que las cosas se enfríen.

¿Cuántos de nosotros se comportan bien, limitados por una terrible falta de restricciones de este tipo? El sexo prematrimonial, las drogas recreativas, el uso irresponsable de un automóvil – ¿no son tales cosas el pan y la sal de la juventud en la América moderna? Nosotros mismos autores de estas líneas Cada uno de los presentes autores ha sido culpable de cada una de estas cosas, e incluso cosas peores. ¿Hay alguien cuya familia no tenga a alguien con una adicción o enfermedad mental? ¿Por qué es tan impactante que los ricos y famosos, cuando se someten a un escrutinio constante, tengan lo suyo también?

No es sorprendente, sino excitante, y sentimos que ya que hemos pagado para ver películas de esta gente, tenemos permiso para observar sus espirales de muerte también. No son más o menos reales para nosotros que Scooby Doo; son dibujos animados que vemos en la pantalla.
 
Pero, ¿realmente queremos ver a nuestra más talentosa gente trabajadora pulverizada y destruida? ¿Hace nuestras vidas más felices ver a Justin Bieber llorar?
 
La envidia es un pecado mortal, por lo que cuida tu corazón y cambia de canal. Y recuerda orar por esa persona que se siente tentada más ferozmente de lo que tú jamás estarás. Es un soldado en primera línea de guerra del bien y del mal. Cuando él está herido, nuestro instinto debe ser curarlo – no reírnos desde la comodidad de nuestros sofás.
 
Artículo publicado en la edición inglesa de Aleteia 

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