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¿Comunión a los divorciados? La "propuesta" del cardenal Kasper

Mazur/UK Catholic

Julio de la Vega-Hazas - publicado el 25/02/14

Respondemos a un lector de Aleteia sobre las palabras del purpurado

"El asunto en cuestión es el siguiente: Estos días ha sido publicada la siguiente noticia que ya conocerás y de la que te mando enlace, http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=34083.
Me gustaría la comentarais en profundidad ya que otros lo están haciendo no sin suscitar cierto asombro. Por ejemplo, http://yorezoxelpapa.wordpress.com/2014/02/24/divorciados-el-papa-francisco-y-su-discurso-de-misericordia-infinita/

La propuesta del cardenal Kasper.

Como la cuestión –vamos a llamarla así- de la situación de los divorciados vueltos a casar vuelve a ser objeto de estudio, es de esperar que se digan al respecto todo tipo de cosas. Evidentemente, lo que proponga un cardenal tiene una relevancia especial, y por eso han surgido comentarios por todas partes. Tratándose de un asunto candente, no debe extrañar a nadie.

Lo primero que conviene tener en cuenta es que no estamos simplemente ante un tema pastoral. Es un tema moral, y por tanto doctrinal. Lo cual requiere, en primer lugar, tratarlo con serenidad, con la cabeza fría, sin dejarse llevar por argumentos sentimentales, que pueden llevar a cualquier parte (esto no lo digo por Kasper, sino por la mayoría de comentarios que se hacen sobre lo que ha dicho). Un asunto doctrinal requiere examinar las fuentes de la fe –del depósito revelado-, destacando lo que Jesucristo mismo enseñó, y cómo la ha entendido la Iglesia en sus veinte siglos de existencia. Requiere asimismo ver el bien del hombre, que puede o no coincidor con su apreciación o su satisfacción momentánea. Y requiere conectar el tema tratado con las demás verdades de fe.

Pero, antes que todo ello, lo que hay que ver es qué ha dicho el cardenal Walter Kasper. Y qué no ha dicho. Porque, en realidad, no hay propiamente una propuesta de Kasper. El Papa le pidió que planteara preguntas, no que formulara propuestas. Así lo hizo. No hay tal propuesta: lo que Kaspers dijo a los periodistas (su documento es solo un documento de trabajo, y no se ha hecho público) es que podía intentarse buscar una solución dentro de un marco que respetara las creencias de la Iglesia. De ahí que dijera que “la indisolubilidad de un matrimonio sacramental y la imposibilidad de un nuevo matrimonio, mientras la pareja anterior sigue con vida, no puede abandonarse o romperse con base en un llamamiento a la misericordia. Sobre todo porque la fe y la misericordia van de la mano”. Interpretar esto como que hay una posibilidad de admisión a los sacramentos cuando el segundo matrimonio es civil y no canónico es, con perdón, una majadería, en primer lugar porque no hay admisión posible a un segundo matrimonio canónico. Lo que dijo Kasper en realidad es que solo se plantea para quienes forman una familia y no se unen mediante una simple unión de hecho.

El cardenal se planteó la posible analogía con la práctica penitencial de los primeros siglos acerca de la apostasía. Había una práctica muy dura, por pensarse que haría falta un imposible segundo bautismo para volver al seno de la Iglesia, ya que se había renegado del primero. Y en este ambiente se desarrolló la idea de un análogo a un segundo bautismo no con el agua de la pila bautismal, sino con el de las lágrimas de penitencia, que reviviría la eficacia del bautismo ya recibido una vez.

En este contexto hay que situar las palabras de Kasper. Transcribo el útimo párrafo de la noticia como figura en Vatican Insider (la fuente más fiable de las que he leído): “¿Se podría recorrer esta vía en el futuro? Es la pegunta que se planteó el cardenal Kasper ante los cardenales del Consistorio. No se trataría de «gracia a buen precio», de misericordia «low cost». Pero, si existen casos de divorciados que se han vuelto a casar arrepentidos por el fracaso del primer matrimonio, si éstos han aclarado las obligaciones del primer matrimonio (que seguirá siendo, para la Iglesia, único e indisoluble), si queda completamente excluida la posibilidad de que puedan volver atrás, si no pueden abandonar sin nuevas culpas los compromisos asumidos con una nuevo matrimonio civil, si se esfuerzan por vivir de la mejor manera sus segundas nupcias a partir de la fe, si se comprometen a educar a los hijos en la fe, si tienen el deseo de los Sacramentos como fuente de fuerza en sus situaciones, ¿es posible negarles el sacramento de la penitencia y después el de la comunión sacramental?”.


Se puede hacer algún comentario sobre esto. A tal efecto la comparacion, que el cardenal mismo hace, con la situación de los lapsi de los primeros siglos –los que a causa de las persecuciones habían cedido y renegado de su fe- resulta bastante esclarecedora. Y es que, tanto para aquel asunto como para éste, por sorprendente que parezca, el principal problema no es el sacramento de la Eucaristía: es el de la Penitencia. Si éste se administra, no hay problema alguno para recibir al señor en la Eucaristía. No es infrecuente encontrar una mentalidad según la cual lo que es necesario para recibir la Penitencia es el reconocimiento sincero y humilde de los pecados cometidos. Es un error. En realidad, lo esencial en este sacramento no es propiamente la confesión, sino la contrición. La confesión es necesaria, pero como consecuencia de la contrición; una confesión sin contrición no sirve, en términos teológicos podemos decir que no es materia válida para el sacramento. Y la mayor prueba de autenticidad de la contrición no es un sentimiento de pesar, sino el propósito de enmienda. No puede ser una contrición sincera la que dijera –o pensara- “he pecado, y pienso volver a pecar”, ni siquiera si la frase se revistiera tomando la forma de “he pecado, y me temo que no tengo más remedio que volver a pecar”.

Y aquí vuelve a tener relevancia la comparación con el problema de los lapsi. Hay algo, en las fuentes antiguas, de lo que apenas se hace mención, no porque careciera de importancia, sino porque se veía como indiscutible, había unanimidad: esa vuelta a la Iglesia requería el firme propósito de no volver a renegar munca más de la fe, aunque ello costara la vida (lo que ocurrió en alguna ocasión). Hoy en día esto cuesta entenderlo a bastante gente. En el fondo, lo que no se entiende es que la moral cristiana no se limite a exhortar a una conducta heroica, sino que la pueda exigir en ocasiones. Precisamente por ello Juan Pablo II quiso incluir un capítulo sobre el martirio en la encíclica Veritatis splendor. Para la inmensa mayoría de los católicos no es un riesgo próximo, pero no era esa la cuestión, sino el dejar constancia de que a veces lo que viene moralmente exigido puede llegar hasta a costar la vida.

Por eso, me parece que las palabras de Kasper acaban por resultar una magnífica introducción al nº 84 de la exhortación apostólica Familiaris Consortio, de Juan Pablo II. Hay casos, efectivamente, en que no hay marcha atrás, hay una familia de la que cuidar, hay un deseo sincero de rehacer la vida espiritual… Y se podría recibir el sacramento de la Penitencia, que abre la puerta al de la Eucaristía, pero solo “si están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la insisolubilidad del matrimonio”; o sea, a “abstenerse de los actos propios de los esposos” (las citas son del mencionado documento y número).

¿Pero no podría encontrarse una solución, digamos, menos exigente? Lo cierto es que no hay mucho espacio para ello. El mismo cardenal Kasper descarta la posibilidad de “divorcios católicos” disfrazados, como sucede en las Iglesias Ortodoxas, o logrados mediante una ampliación de las sentencias de nulidad (nulidad, no anulación. La diferencia es que anular es dejar sin vigor algo que lo tenía, y declarar nulidad es constatar que había un vicio en el momento de contraer que lo hacía inválido desde el principio. Y lo que dijo fue nulidad: traducir por anulación es un  error). Lo que sucede es que, sin tanta notoriedad como ahora, Juan Pablo II ya se había hecho todas estas preguntas. Buscó un acercamiento hacia las personas en esa situación, y llegó hasta donde podía llegar. Creo que se están levantando unas expectativas que a la postre van a acabar siendo decepciones.

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