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​Un dibujo y una caja de besos

Shut
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Dios nos quiere con locura y se derrite con nuestros dibujos

El otro día unos niños me entregaron unos dibujos fantásticos. Algunos estaban hechos con mucha habilidad, otros eran un conjunto de garabatos con poco sentido. Arte abstracto quizás. Pero todos tenían algo en común. Estaban hechos con mucho cariño y esfuerzo. Con mucha concentración, como si hacer ese dibujo hubiera sido durante unos minutos la gran tarea de toda su vida.
 
Pensaba entonces: «Seguro que a Dios le encantan los dibujos mal hechos, llenos de borrones, imprecisos». Lo que sí sé es que ninguno de esos niños pensaba en su interior: «Van a rechazar mi dibujo por feo». No. Tal vez se compararon los más mayores con algún otro, pensando que su dibujo no era el mejor. Pero al final todos entregaron con orgullo su dibujo. Era el trabajo bien hecho, el fruto de mucho esfuerzo. Es cierto que no se trataba de una prueba de acceso a la Facultad de Bellas Artes. No tenían que hacer méritos para entrar.
 
Hace tiempo leía la historia de una niña que le entregó a su padre por Navidad una caja vacía. Al principio el padre estaba algo confuso e irritado. Entonces la niña le confesó orgullosa: «Ten cuidado al abrirla, está llena de todos los besos que he ido juntando en estos días. Los puedes guardar y la abres cuando necesites que te bese». El padre la guardó orgulloso y feliz y, cuando estaba algo desanimado, la abría y sacaba un beso que le daba apoyo y consuelo.
 
Los niños son así, libres y confiados. Ven más allá de la apariencia y dibujan el paraíso sobre el barro. Pintan la realidad que ellos ven y se sorprenden cuando nosotros no vemos en sus dibujos lo que ellos ven claramente.
 
Aman sin medida, porque no se han puesto límites todavía. Se alegran y se enfadan en una sucesión absurda de sensaciones. Dan todo lo que tienen, aunque no tengan nada. Se imaginan un mundo detrás de una caja vacía y ven selvas llenas de animales en un papel en blanco.
 
Por eso un dibujo hecho con ilusión es la mayor muestra de su amor. Una caja de besos el mejor regalo, el más valioso, porque no tiene tique regalo para cambiarlo si no nos gusta.
 
Así deberíamos comportarnos ante Dios, ante ese Dios que nos sale al encuentro en el camino y nos habla, y nos abraza, y nos sostiene. Ante ese Dios misericordioso que nos quiere con locura y se derrite con nuestros dibujos, tantas veces mal hechos.
 
Aunque no lo veamos está presente. Aunque no lo notemos nos abraza. Su promesa nos basta para seguir caminando.
 
Sí, ante ese Dios quisiéramos ser así de libres. Sin miedo al rechazo, felices de nuestros tachones y borrones. Porque nuestro dibujo no es perfecto. Por eso le entregamos nuestra vida llena de tachones, nuestra caja vacía llena de besos, nuestras sombras y caídas, nuestras tibieza y falta de amor en la vida. En definitiva, nuestra vida imperfecta

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